jueves, 29 de octubre de 2026

Las tres palabras más extrañas

Wisława Szymborska

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

(Versión de Abel A. Murcia)

domingo, 25 de octubre de 2026

Noche inquieta


Lo mejor era dejarse llevar por lo que son las costumbres, es la manera de no tener que preocuparse ni agobiarse… Así, el vaso de leche con café descafeinado que llama al sueño, la pastilla última que ayude un poco más a Morfeo, el agua, revisar la puerta de la calle -para qué  servirá tanto blindaje si la cerradura es pésima-,  apagar la tele, el libro, que no se olvide el libro. Última visita al baño. La crema para la cara, siempre olvida ponérsela a pesar de tenerla sobre el lavabo con el riesgo de que acabe en el suelo -con lo que valen estos productos-.

Llegada al dormitorio, el despertador, el camisón, las zapatillas a los pies de la cama para los levantares nocturnos y ya está. Por fin el cobijo de las sabanas de franela que impiden que la cama se enfríe en este invierno desangelado.

El sueño que llega, se arremolina a la entrada de la habitación y se adueña de ella.

De repente, a las tres de la mañana, algo la ha despertado. No han sido las ganas de ir al baño -ya por desgracia cada vez más frecuentes-. No, hay un rumor que no identifica. Un sonido de pasos, una respiración demasiado cercana. Imagina que es el gato -que ya no tiene- que vuelve a hacerle reproches desde el más allá y una sonrisa tonta distrae su preocupación.

Pero no, en la casa hay alguien más, lo presiente primero y se hace evidente después. Alguien que se mueve con pasos cautelosos, que respira con un gemido casi lastimero.

Se asusta y mucho. Respira profundo e intenta calmarse. Duda si será su hijo que se ha presentado sin avisar y no quiere despertarla. Rápidamente recuerda -con terror- que está de viaje y que es inviable. De la vecina de enfrente, que tiene su llave, descarta la posible intromisión -qué iba a hacer Antonie en su casa a estas horas de la noche-.

Su corazón se dispara a un ritmo vertiginoso. Se queda inmóvil, paralizada. Cualquier movimiento le revelaría a la persona que está en la casa que ella también lo está.

Actúa con rapidez y sin percatarse casi, ha cogido el móvil que cada noche deposita sobre la mesita. Lo desbloquea como una autómata metiéndolo bajo las sabanas para evitar cualquier atisbo de luz.

Su pensamiento -siempre tan indomable- alcanza una velocidad aterradora; se ve maniatada, golpeada… y,  haciendo un esfuerzo, se niega a vaticinar otras cosas peores. Lo primero esconderse, pero dónde hacerlo sin que se oiga nada, con la puerta del dormitorio completamente abierta como a ella le gusta dormir.

Se desliza centímetro a centímetro hacia el lado de la cama más alejado de la puerta. Resbala hasta el suelo. Basta con que el intruso llegue allí y vea las sábanas desechas para que comprenda su proximidad.

Medio envuelta en la sábana se sumerge debajo del lecho. Necesita tiempo, para calmarse, para  llamar a la policía. Sigue escuchando ruidos, luces que parpadean, se mueven, pisadas silenciosamente firmes  –al menos le parecen solitarias-, muebles que se desplazan ligeramente… algún gruñido, un tropiezo.

Desde la profundidad de su escondite marca el 112, pero, ahora, cómo hablar sin que se le oiga. Todas las películas americanas han aparecido en su mente… ¿Sabrán quién llama solo por el número? Al mismo tiempo se pregunta qué puede haber de valor para ofrecer en una negociación… Si en su casa no hay nada, ni joyas ni cubiertos de plata ni abrigos de pieles ni más de cincuenta euros en su bolso… ¿Quién? ¿Por qué?

Oye el rumor de pisadas por el pasillo que se van acercando hacia su posición. El teléfono en su oreja con el volumen al mínimo emite una señal lejana. ¿No habrá nadie que pueda socorrerla? Llamar a alguna amiga le parece inútil.

Una voz de una chica joven responde a su mensaje, pero ella está paralizada, percibe al intruso que está ya en la puerta del dormitorio… Con la escasa luz que entra por las rendijas de las persianas descubre desde su escondite la figura a contraluz de Antonio, un antiguo conocido que lleva acosándola, con mensajes de wasaps –que hasta ahora le habían parecido inofensivos-, los últimos meses.

Contiene un sollozo mezcla en parte de horror y a la vez de alivio y con determinación, aparta la cama como puede y sale sin soltar el móvil, a la vez que exclama con voz neutra pero enérgica:

«¡Antonio, cómo se te ocurre aparecer a estas horas, y romper la puerta de mi casa! ¿Cómo has sabido que vivo en la calle Marqués de Falces número 8, 3C? No ves que me has dado un susto de muerte».

sábado, 24 de octubre de 2026

La Leyenda del Vuelo de la Abubilla

 

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Cuenta la leyenda que, antes de que el tiempo aprendiera a contar los años y antes de que los hombres dieran nombre a las estrellas, el mundo de los vivos y el de los muertos no estaban separados por una distancia, sino por un velo de silencio.

Los vivos caminaban bajo el sol, cultivaban la tierra y amaban. Los muertos habitaban un reino invisible hecho de memoria, donde cada recuerdo brillaba como una lámpara suspendida en la oscuridad. Y aunque ambos mundos se anhelaban, ninguno podía alcanzar al otro, porque las palabras se perdían al cruzar el velo.

Entonces la Gran Madre del Cielo, viendo el dolor de quienes lloraban a sus ausentes, llamó a todas las aves y les preguntó quién sería capaz de viajar entre ambos reinos sin perderse.

El águila era demasiado orgullosa y buscaba las alturas. El cuervo era demasiado curioso y se quedaba escuchando los secretos de los muertos. La golondrina amaba demasiado la primavera para abandonar los jardines de los vivos.

Solo una pequeña ave permaneció en silencio.

Era la abubilla.

Llevaba sobre la cabeza una corona de plumas color fuego, semejante a los rayos del sol al amanecer. No era la más fuerte ni la más veloz, pero poseía un corazón capaz de escuchar aquello que no tenía voz.

La Gran Madre le entregó entonces una misión sagrada.

—Serás el ave del umbral. Tu vuelo será certero. Tus alas conocerán los senderos ocultos entre la vida y la muerte. Llevarás consuelo a los que esperan y esperanza a los que lloran.

Desde aquel día, la abubilla aprendió los caminos invisibles. Al amanecer volaba entre los campos de los vivos; al atardecer descendía a los jardines de los ancestros, donde los muertos descansaban junto a ríos de luz.

Allí recogía sus mensajes.

No transportaba palabras, pues las palabras son demasiado pesadas para cruzar ciertos límites. Transportaba señales.

Una flor que brotaba fuera de estación.

Un sueño inesperadamente luminoso.

La sensación de una mano ausente posándose un instante sobre el hombro.

El aroma de un perfume conocido que regresaba con el viento.

Así hablaban los muertos a través de ella.

Con el paso de los siglos, los hombres comenzaron a notar que cuando una abubilla aparecía cerca de una casa afligida, algo bueno ocurría poco después: un hijo regresaba de tierras lejanas, una enfermedad cedía, una decisión encontraba claridad, un corazón herido recuperaba su paz.

Por eso se decía que la abubilla no traía la buena fortuna, sino que la anunciaba.

Era la mensajera de un bien que ya estaba en camino.

Pero la leyenda cuenta algo más profundo: se dice que cada vez que una persona abandona este mundo, su último suspiro se transforma en una diminuta chispa dorada, y que las abubillas recogen esas chispas con el pico para llevarlas más allá del velo, para que así ningún alma llegue sola a la tierra de los ancestros.

Y cuando alguien, entre los vivos, recuerda con amor a quien ha partido, una de esas chispas vuelve a encenderse.

Entonces una abubilla emprende el viaje contrario. Cruza los senderos secretos. Desciende entre los olivos, los campos y las montañas. Y se posa cerca de aquel que recuerda. No para hablar. No para ser vista necesariamente. Sino para abrir durante un instante el umbral con su vuelo. Y la abubilla se convierte en confidente, en compañera, en esperanza…

En ese breve momento, dicen los sabios, los vivos y los muertos vuelven a encontrarse en el lugar donde nunca estuvieron separados: el corazón.

Por eso, en muchas tierras antiguas, cuando una abubilla aparece sola al amanecer, nadie la ahuyenta. Se guarda silencio. Se inclina la cabeza. Y se escucha. Porque quizá no sea simplemente un ave. Quizá sea una viajera entre dos mundos. Quizá traiga una noticia bendita desde lugares donde la muerte no es un final, sino una puerta.

Y quizá, en el leve abrir de su corona dorada, resplandezca todavía el recuerdo de aquel primer amanecer…

 

Una leyenda creada por Lucía Abellán Cabrera.