domingo, 1 de noviembre de 2026

LA HISTORIA DEL BURRO LLAMADO CULO

Dibujo de Nico Montoro

Un granjero que tenía un burro llamado CULO lo llevó a participar en una carrera de burros  y la ganó.

El granjero estaba tan contento que hizo participar a su animal en otra carrera, y volvió a ganar, entonces el periódico local publicó una noticia que decía: 

EL CULO DEL GRANJERO A LA CABEZA 

Al obispo le molestó tanto el titular, que le ordenó al granjero no volviera a las carreras. Al día siguiente el periódico publicó: 

EL OBISPO FRENA EL CULO DEL GRANJERO 

Esta noticia enfadó aun más al obispo y le ordenó al granjero deshacerse del burro. El granjero decidió regalárselo a una monja de un convento cercano, el periódico se enteró y publicó lo siguiente: 

UNA MONJA TIENE EL MEJOR CULO DE LA CIUDAD

El obispo casi se muere al leer la noticia y le informó a la monja que debía deshacerse del burro, esta lo vende por 100.000 pesos. Cuando se enteran en el periódico, publican: 

UNA MONJA VENDE SU CULO POR 100.000 PESOS

Ya fue demasiado para el obispo, por lo que le ordenó a la monja que volviera a comprar el burro y lo dejara en libertad en mitad de cualquier prado, al día siguiente los titulares publicaron: 

UNA MONJA ANUNCIA QUE SU CULO ES SALVAJE Y LIBRE

Al obispo le dio un infarto, se murió y fue enterrado al día siguiente. 

MORALEJA: Preocuparse por la opinión pública puede provocar  mucho dolor y miseria, incluso acortarte la vida. Así que deja de preocuparte por el culo de los demás y  ocúpate únicamente del tuyo.

Encontrado en:

https://www.quimeradigital.com.

jueves, 29 de octubre de 2026

Las tres palabras más extrañas

Wisława Szymborska

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

(Versión de Abel A. Murcia)

domingo, 25 de octubre de 2026

Noche inquieta


Lo mejor era dejarse llevar por lo que son las costumbres, es la manera de no tener que preocuparse ni agobiarse… Así, el vaso de leche con café descafeinado que llama al sueño, la pastilla última que ayude un poco más a Morfeo, el agua, revisar la puerta de la calle -para qué  servirá tanto blindaje si la cerradura es pésima-,  apagar la tele, el libro, que no se olvide el libro. Última visita al baño. La crema para la cara, siempre olvida ponérsela a pesar de tenerla sobre el lavabo con el riesgo de que acabe en el suelo -con lo que valen estos productos-.

Llegada al dormitorio, el despertador, el camisón, las zapatillas a los pies de la cama para los levantares nocturnos y ya está. Por fin el cobijo de las sabanas de franela que impiden que la cama se enfríe en este invierno desangelado.

El sueño que llega, se arremolina a la entrada de la habitación y se adueña de ella.

De repente, a las tres de la mañana, algo la ha despertado. No han sido las ganas de ir al baño -ya por desgracia cada vez más frecuentes-. No, hay un rumor que no identifica. Un sonido de pasos, una respiración demasiado cercana. Imagina que es el gato -que ya no tiene- que vuelve a hacerle reproches desde el más allá y una sonrisa tonta distrae su preocupación.

Pero no, en la casa hay alguien más, lo presiente primero y se hace evidente después. Alguien que se mueve con pasos cautelosos, que respira con un gemido casi lastimero.

Se asusta y mucho. Respira profundo e intenta calmarse. Duda si será su hijo que se ha presentado sin avisar y no quiere despertarla. Rápidamente recuerda -con terror- que está de viaje y que es inviable. De la vecina de enfrente, que tiene su llave, descarta la posible intromisión -qué iba a hacer Antonie en su casa a estas horas de la noche-.

Su corazón se dispara a un ritmo vertiginoso. Se queda inmóvil, paralizada. Cualquier movimiento le revelaría a la persona que está en la casa que ella también lo está.

Actúa con rapidez y sin percatarse casi, ha cogido el móvil que cada noche deposita sobre la mesita. Lo desbloquea como una autómata metiéndolo bajo las sabanas para evitar cualquier atisbo de luz.

Su pensamiento -siempre tan indomable- alcanza una velocidad aterradora; se ve maniatada, golpeada… y,  haciendo un esfuerzo, se niega a vaticinar otras cosas peores. Lo primero esconderse, pero dónde hacerlo sin que se oiga nada, con la puerta del dormitorio completamente abierta como a ella le gusta dormir.

Se desliza centímetro a centímetro hacia el lado de la cama más alejado de la puerta. Resbala hasta el suelo. Basta con que el intruso llegue allí y vea las sábanas desechas para que comprenda su proximidad.

Medio envuelta en la sábana se sumerge debajo del lecho. Necesita tiempo, para calmarse, para  llamar a la policía. Sigue escuchando ruidos, luces que parpadean, se mueven, pisadas silenciosamente firmes  –al menos le parecen solitarias-, muebles que se desplazan ligeramente… algún gruñido, un tropiezo.

Desde la profundidad de su escondite marca el 112, pero, ahora, cómo hablar sin que se le oiga. Todas las películas americanas han aparecido en su mente… ¿Sabrán quién llama solo por el número? Al mismo tiempo se pregunta qué puede haber de valor para ofrecer en una negociación… Si en su casa no hay nada, ni joyas ni cubiertos de plata ni abrigos de pieles ni más de cincuenta euros en su bolso… ¿Quién? ¿Por qué?

Oye el rumor de pisadas por el pasillo que se van acercando hacia su posición. El teléfono en su oreja con el volumen al mínimo emite una señal lejana. ¿No habrá nadie que pueda socorrerla? Llamar a alguna amiga le parece inútil.

Una voz de una chica joven responde a su mensaje, pero ella está paralizada, percibe al intruso que está ya en la puerta del dormitorio… Con la escasa luz que entra por las rendijas de las persianas descubre desde su escondite la figura a contraluz de Antonio, un antiguo conocido que lleva acosándola, con mensajes de wasaps –que hasta ahora le habían parecido inofensivos-, los últimos meses.

Contiene un sollozo mezcla en parte de horror y a la vez de alivio y con determinación, aparta la cama como puede y sale sin soltar el móvil, a la vez que exclama con voz neutra pero enérgica:

«¡Antonio, cómo se te ocurre aparecer a estas horas, y romper la puerta de mi casa! ¿Cómo has sabido que vivo en la calle Marqués de Falces número 8, 3C? No ves que me has dado un susto de muerte».

sábado, 24 de octubre de 2026

La Leyenda del Vuelo de la Abubilla

 

https://www.istockphoto.com/

Cuenta la leyenda que, antes de que el tiempo aprendiera a contar los años y antes de que los hombres dieran nombre a las estrellas, el mundo de los vivos y el de los muertos no estaban separados por una distancia, sino por un velo de silencio.

Los vivos caminaban bajo el sol, cultivaban la tierra y amaban. Los muertos habitaban un reino invisible hecho de memoria, donde cada recuerdo brillaba como una lámpara suspendida en la oscuridad. Y aunque ambos mundos se anhelaban, ninguno podía alcanzar al otro, porque las palabras se perdían al cruzar el velo.

Entonces la Gran Madre del Cielo, viendo el dolor de quienes lloraban a sus ausentes, llamó a todas las aves y les preguntó quién sería capaz de viajar entre ambos reinos sin perderse.

El águila era demasiado orgullosa y buscaba las alturas. El cuervo era demasiado curioso y se quedaba escuchando los secretos de los muertos. La golondrina amaba demasiado la primavera para abandonar los jardines de los vivos.

Solo una pequeña ave permaneció en silencio.

Era la abubilla.

Llevaba sobre la cabeza una corona de plumas color fuego, semejante a los rayos del sol al amanecer. No era la más fuerte ni la más veloz, pero poseía un corazón capaz de escuchar aquello que no tenía voz.

La Gran Madre le entregó entonces una misión sagrada.

—Serás el ave del umbral. Tu vuelo será certero. Tus alas conocerán los senderos ocultos entre la vida y la muerte. Llevarás consuelo a los que esperan y esperanza a los que lloran.

Desde aquel día, la abubilla aprendió los caminos invisibles. Al amanecer volaba entre los campos de los vivos; al atardecer descendía a los jardines de los ancestros, donde los muertos descansaban junto a ríos de luz.

Allí recogía sus mensajes.

No transportaba palabras, pues las palabras son demasiado pesadas para cruzar ciertos límites. Transportaba señales.

Una flor que brotaba fuera de estación.

Un sueño inesperadamente luminoso.

La sensación de una mano ausente posándose un instante sobre el hombro.

El aroma de un perfume conocido que regresaba con el viento.

Así hablaban los muertos a través de ella.

Con el paso de los siglos, los hombres comenzaron a notar que cuando una abubilla aparecía cerca de una casa afligida, algo bueno ocurría poco después: un hijo regresaba de tierras lejanas, una enfermedad cedía, una decisión encontraba claridad, un corazón herido recuperaba su paz.

Por eso se decía que la abubilla no traía la buena fortuna, sino que la anunciaba.

Era la mensajera de un bien que ya estaba en camino.

Pero la leyenda cuenta algo más profundo: se dice que cada vez que una persona abandona este mundo, su último suspiro se transforma en una diminuta chispa dorada, y que las abubillas recogen esas chispas con el pico para llevarlas más allá del velo, para que así ningún alma llegue sola a la tierra de los ancestros.

Y cuando alguien, entre los vivos, recuerda con amor a quien ha partido, una de esas chispas vuelve a encenderse.

Entonces una abubilla emprende el viaje contrario. Cruza los senderos secretos. Desciende entre los olivos, los campos y las montañas. Y se posa cerca de aquel que recuerda. No para hablar. No para ser vista necesariamente. Sino para abrir durante un instante el umbral con su vuelo. Y la abubilla se convierte en confidente, en compañera, en esperanza…

En ese breve momento, dicen los sabios, los vivos y los muertos vuelven a encontrarse en el lugar donde nunca estuvieron separados: el corazón.

Por eso, en muchas tierras antiguas, cuando una abubilla aparece sola al amanecer, nadie la ahuyenta. Se guarda silencio. Se inclina la cabeza. Y se escucha. Porque quizá no sea simplemente un ave. Quizá sea una viajera entre dos mundos. Quizá traiga una noticia bendita desde lugares donde la muerte no es un final, sino una puerta.

Y quizá, en el leve abrir de su corona dorada, resplandezca todavía el recuerdo de aquel primer amanecer…

 

Una leyenda creada por Lucía Abellán Cabrera.

lunes, 17 de agosto de 2026

Olvidaré!

-¡Violeta!

Me llama.

Me trae glicinias.

Ramos de flores azuladas.

Los asienta sobre mis manos.

En ofrecimiento de su eterno amor.

No quise escucharla en su  súplica amarga.

Miramos juntas el sencillo cielo, huyendo del  momento.

Pasaron los días, los vientos, noches huracanadas y  callamos.

Un agua obediente, de dorada luna, nos fue tristemente alejando.

La recordaré siempre a mi lado, humilde, paciente, alejada.

¿Quién me entregará las glicinias azules del prado?

¿Quién trenzará la madeja de mi cabello?

¿Quién secará mi triste llanto nocturno?

¿Quién repetirá mi precioso nombre?

¿Quién acariciará mi rostro? 

¿Recordará mis manos?

¿La olvidaré?

Jamás¡¡¡¡¡¡

domingo, 28 de junio de 2026

Cada día a la misma hora

Que frío el escalón, que frío.
Mañana, sin falta, me traigo un cojín para seguir con este libro que se me está haciendo insoportable. Me va a costar un resfriado esta situación, pero no puedo evitarlo. Me escondo detrás de mi novela y espero. Cada mañana espero, desde hace cuatro meses espero. Excepto los días de mercado- que sé que no vendrá-, y también cuando llueve o cuando la pesada de mi hija se empeña en que la acompañe a la ciudad, como si no supiera que lo que quiere es que cuide de los nietos. ¿Sospecha de mis intenciones? Aunque se entrometa en lo que hago o deje de hacer, yo espero.
Paso la hoja y disimulo.
Merece la pena disimular. ¿Va a estar alguien pendiente de este viejo amante de las letras? Lo notará ella- que nunca antes me veía coger un libro-. Se percatará, acaso de mi presencia, de la regularidad diaria de mi espera. Cada día a la misma hora, atento por si pasa, por si me dedica un leve gesto, un ligero movimiento de cabeza, o bien una pequeña señal, un buen día cargado de su habitual timidez.
Acaricio la hoja y divago.
Atento, no me vaya a pasar como el otro día, que con los nervios por verla puse el libro al revés. Fue tan evidente, que el chico de la Tomasa me llamó la atención con una carcajada. No importa, tampoco creo que nadie se fije mucho en mi presencia.
Conozco perfectamente bien sus recorridos: los lunes, a la tahona, a por el pan de la semana, -una hogaza que guarda, en un paño inmaculado, dentro de su cesta-, los martes, el pescado, -la furgoneta avisa a golpes de claxon de su presencia en la plaza -. Me pregunto si serán los jureles sus preferidos o es en realidad lo único que puede permitirse. ¿Cómo saberlo?
Tendré el atrevimiento suficiente –un día- para soltar el libro y enfrentarme a ella y a mi enorme deseo de recuperarla.
Los miércoles, la eterna duda; ¿aparecerá? Unas veces sí y otras no… Nunca consigo averiguar el por qué de su ausencia. No quiero indagar entre las comadres, ni siquiera me atrevo a preguntarle a mi hermana, definitivamente no. Prefiero esperar. Esperar siempre, aunque llegue tarde, como antaño. ¿O no la esperé durante ocho años en la puerta de la escuela? Incluso la esperé cuando regresé del frente, herido y tarde a esta inútil espera.
El jueves, pasa delante de mí con la mirada baja y un paso ligeramente cantarino -Sé que va a la maldita iglesia a ayudar al sacristán con las flores y el rosario de las once-. La observo con disimulo por si lleva el traje color verde que tanto le favorece y los pendientes de perlas herencia de su madre. Levanto el libro como queriendo descansar mi vieja espalda y con ese disimulado gesto la observo sin miedo. Su falda ondea por entre sus piernas e irremediablemente me sonrojo al sentirla tan cerca. Qué bien ha envejecido, mejor que yo.
Me dirige la mirada y mi corazón casi se detiene, pero enseguida comprendo que ni siquiera me ha visto. Casi me palpo los brazos para comprobar que no soy invisible, que ya desapareció -hace mucho- el torpe Damián a quien los chicos del pueblo jamás elegían para sus juegos.
Poco a poco mi corazón se recupera del momento y doy un buen trago al carajillo que me he traído de casa, está tan fuerte que me hace toser, pero me ayuda a recomponerme.  No ha escuchado siquiera mis sonoros aspavientos. ¿Me estaré desvaneciendo, por días,  en esta lenta espera?
El viernes, soy yo el que falto, la partida de dominó –en el casino- mi único acto social de la semana. El sábado, día de compras en el mercado, cambio el libro por la cesta. No necesito muchas cosas, pero me gusta acercarme al camión de la verdura y comprar los productos frescos de la huerta de mi viejo amigo Antonio y de paso, intercambiar con él las novedades. El domingo, no salgo, no quiero verla engalanada como una novia, yendo del brazo a misa de doce con las cotillas de sus amigas. La iglesia, por mis muertos, ni pisarla.
¿Cómo ha cambiado tanto ella?, ¿qué la cambió?, la boda que hizo de emergencia, según dicen medio a escondidas, o ese apaño familiar sobre las tierras de su suegro que comentó todo el pueblo durante meses.
Vuelven al paso las semanas y sigo en  mi ronda lectora, en el frio escalón de la puerta de mi casa y en la espera. El dominó, las compras, las acelgas que dan paso a las habas y ya pronto cogerán sabor los tomates y colorearán las cerezas, y yo continúo en el mismo escalón, más viejo, más cansado, casi con la misma lectura de siempre.
La veo acercarse desde el fondo de la calle; espalda recta, orgullosa, taconeo firme, diría que con gesto hasta valiente.
Y –no sé como- presiento que hoy es el gran día, tiene que serlo, y se me eriza el vello de los brazos y un profundo escalofrío se me agarra en la nuca.  
Levanto apenas los ojos desde la infinita página del libro que no leo.
Hoy – porque puede que no haya otro día- es cuando me atreveré a hablarle.  
Me invade un terror absoluto, ¿tendremos, en realidad, algo que decirnos? Puede que nos enseñemos las fotos de nuestros nietos, hablemos sobre los hijos ausentes- huidos a la capital-, o sobre como se desarrolla nuestra vida, actual, de viudos. Tal vez nos preguntemos por los amigos que perdimos en la espera o –quizás- por aquellas viejas y dulces promesas que nunca cumplimos.  
Presiento su inminente cercanía por el ligero aroma de agua de rosas que invade mi espacio.
Aturullado me levanto con la dificultad que me permiten mis artríticas rodillas, -mientras el libro, sujeto entre mis dedos, resbala inútil contra el empedrado-. 
Por fin, de pie frente a ella, carraspeo y apenas me sale la voz del cuerpo. Tengo tanto, tanto que decir que me atabalato y logro mascullar:
-Úrsula, ¿me has perdonado?
Y su risa inmensa inunda la plaza.

viernes, 8 de mayo de 2026

Abril de cuentos mil

 

Mi gallina gallega

Ha sido un mes tan movido que hasta ahora no he tenido tiempo de sentarme a escribir sobre los cuentos de este mes pasado.

El día 20 estuve contándole cuentos a las clases de los más peques de la Escuela Infantil Belén. Tengo que reconocer que pensar en qué cuentos serían los más apropiados para estas edades me llevó a revisar los materiales que tengo en casa y a echar mano a ideas que confiaba que funcionarían.

  Así eché mano a mi preciosa Gallina gallega que salió como por arte de magia de mi maletita cuentera, con sus respectivos huevos y sus pollitos de colores. 

La podéis encontrar en mi blog en el enlace que os indico más abajo.

Por supuesto lo que hice en esta caso fue una adaptación del cuento que en su día inventé.

https://www.blogger.com/blog/post/edit/preview/7310336799305974288/662413771584109185

Continué con la canción Una torre de este grupo argentino- brasileño, Pim Pau, que me enseñó está canción tan divertida muy apropiada para peques:

Os recomiendo que lo sigáis, tienen unas canciones estupendas.

https://youtu.be/3Cf3atE-kRQ?si=4QiJbx28FromzXaY


También utilicé instrumentos musicales como el que está hecho con semillas de Kenari:

Les pareció mágico

Su sonido equivale a las olas o la lluvia y con él jugamos con esta canción mía:

Por el mar, por el mar,
olas que vienen, olas que van.
Por el mar, por el mar,
olas que vienen, olas que van.
Por el mar, por el mar,
un pez travieso se va a nadar
Por el mar, por el mar,
un marinero lo quiere pescar.
Por el mar…
cuatro estrellitas van a jugar.
Por el mar...
saltan y saltan las olas del mar.
Por el mar...
ponte en la orilla, te vas a mojar.
Por el mar...
las olas de noche se van a soñar.


Con esta marioneta realizada con un guante viudo, cantamos la famosa canción Debajo un botón.

Cinco ratones debajo del botón de Martín

Este precioso grillo nos sirvió para recordar la canción: El grillito cri cri cri.

El grillo suena al rozarlo con el palito

Este otro objeto musical, con el que se consiguen efectos muy curiosos, a veces da un poco de susto así hay que moverlo con mucho cuidado. Al girarlo de forma vertical con el alambre hacia abajo la tormenta se pone en marcha. Lo acompañamos con la lluvia a base de palmas.

El palo de las tormentas

Con el amigo amarillo, cantamos la canción de los pollitos y así nos despedimos de una maravillosa mañana de cuentos. 

Un pájaro marioneta muy especial, el pico al apretarlo desde dentro pita.  

Un público excepcional, os lo aseguro.  



miércoles, 6 de mayo de 2026

La magia de Carambolo

A carambolo no le falta ni un detalle

Después de empezar con la presentación del cuento de Carambolo nos han ocurrido un montón de cosas bonitas. 

Una de ellas ha sido el entusiasmo de Juan no solo por el personaje sino porque dos personas de su entorno fueran las escritoras y las ilustradoras de un cuento.  

Fue tal la emoción que le provocó que cuando nos encontramos dias después de la presentación me estuvo haciendo preguntas sobre como se escribe un libro, quien lo publica y muchas cosas más mientras hacia dibujos de sus propias creaciones.
La magia es que Juan tiene 8 añitos recién cumplidos  y un hermano de 5 que se llama Manuel con el que comparten un vocabulario y un entusiasmo vital maravilloso.
Juan acabó por preguntarme si Marta, él y yo podríamos hacer una historia conjunta. La idea nos entusiasmó a las dos y no la descartamos.
De ahí surgió otro dibujo de Carambolo, como echamos mano al libro para tener ideas Juan le puso el diente colgado del cuello y lo disimuló con una medalla, solución que le dio a la nueva imagen; Carambolo llegando a la meta con la medalla en su sitio.

Carambolo campeón

El caso es que desde aquel día se nos ocurrió que podríamos iniciar una galería de Carambolos  y así añadimos el de Noa, que con sus seis años nos hizo este magnífico dibujo.
Carambolo en el primer cuento que Marta hizo con su mejor amigo; un pajarito.

Nuestro querido personaje no ha parado, ni tiene intención de hacerlo. Seguro que muchos de nuestros oyentes nos seguirán ampliando la preciosa galería de Carambolos y así sus aventuras serán cada vez más variadas y divertidas.



martes, 24 de marzo de 2026

Presentación de Carambolo en la Biblioteca Central de Almería

 

Cartel realizado por la Biblioteca para dar a conocer el acto

Presentación de Bárbara, maestra mecepera y gran amiga:

Antes de empezar nuestro cuento, vamos a conocer a las personas que lo han hecho posible… porque detrás de cada historia hay alguien que la imagina, la escribe… ¡y también alguien que la dibuja!

Este libro, “Carambolo perdió su corona”, ha sido creado por Marta Flores y Teresa Flores, estas dos autoras no solo tienen conexiones de vida sino que también forman un gran equipo.

Por un lado, tenemos a Marta Flores, la ilustradora. Es profesora de Dibujo en el Instituto de Arte de Motril, en Granada, y siente una auténtica pasión por crear imágenes. No es la primera vez que ilustra libros, ya que ha colaborado en otros relatos, pero en este cuento ha hecho algo muy especial: ha utilizado collage y pintura, mezclando materiales, colores y formas para conseguir unos resultados realmente sorprendentes. Gracias a su trabajo, cada página del libro no solo se lee… ¡también se percibe y se disfruta como una obra de arte!

Por otro lado, encontramos a Teresa Flores, la autora del texto. Ha sido maestra durante muchos años y tras jubilarse no ha dejado de crecer ni de crear. Porque además de acompañar a muchos chicos y chicas en su camino para crecer, siempre ha sentido un gran amor por las historias. La escritura se convirtió en otra gran pasión, lo que la ha llevado a imaginar cómo contar cuentos de una forma diferente. Le encanta utilizar objetos, cosas que se puedan tocar y sentir y colmarles de voz para dar vida a las historias. Así no solo mantienen viva la tradición de la narración oral, esa que se transmite de generación en generación sino que logran -y lo vais a ver en directo -que tanto criaturas como adultos disfruten escuchando y contando historias.

Un momento del cuentacuentos

El papel que se transforma

Teresa Flores ha escrito varias obras relacionadas con el mundo de la narración, como Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, Cuentos que caben en un bolsillo, Entredades, Sinfonía para un cepillo roto e Infancia, familia y otras locuras.

Por su parte, Marta Flores también ha desarrollado su propio camino artístico con obras como Vera (2020) y Cinco gotas de agua.

 



Juntas han creado este cuento, publicado por Agprograf, en el que se unen la creatividad de las palabras y la fuerza de las imágenes.

Así que ahora que ya sabemos quiénes están detrás de esta historia… solo queda una cosa: abrir bien los ojos, afinar los oídos… y descubrir qué le pasó a Carambolo con su corona.

Las dos autoras 

Cartel publicitario realizado por Marta


miércoles, 25 de febrero de 2026

Si los tiburones fueran hombres

 Cuento de  Bertolt Brecht

 

— Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la hijita de su casera— ¿serían más amables con los peces pequeños?

— Seguro que sí —respondió el señor K. —Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar enormes cajas para los peces pequeños, y las llenaría de alimentos, tanto vegetales como animales. Se cuidarían de que el agua de las cajas se renovara continuamente y, en general, adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lesionara alguna aleta, en seguida le aplicarían un vendaje para que no se les muriera antes de tiempo. 

Para que los pececitos no se pusieran tristes, organizarían, de vez en  cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres son más sabrosos que los tristes. Por supuesto que también habría escuelas en esas grandes cajas. En ellas, los pececitos aprenderían cómo hay que nadar en las fauces de los tiburones. Necesitarían, por ejemplo, cursos de geografía para que pudieran encontrar a los grandes tiburones, que holgazanean tumbados en cualquier sitio. Lo principal sería, claro está, la formación moral de los pececitos. Les enseñarían que no hay nada más hermoso y sublime para un pececito que sacrificarse alegremente, y que todos ellos deberían tener fe en los tiburones, sobre todo cuando éstos les prometieran velar por su felicidad futura. 

Se inculcaría a los pececillos que ese futuro sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Tendrían que guardarse bien de cualquier propensión baja, materialista, egoísta y marxista, y si veían que en alguno de ellos se manifestaba algunas de estas tendencias, deberían comunicárselo enseguida a los tiburones. 

Si los tiburones fueran hombres, por supuesto que también harían guerras entre sí para conquistar cajas y pececillos extranjeros. Y enviarían a combatir a sus propios pececillos y les enseñaría que entre ellos y los pececillos de los otros tiburones hay una enorme diferencia. Pregonaría que los pececillos son mudos, como todo el mundo sabe, pero callan en lenguas muy diferentes y por eso les resulta imposible entenderse. A cada pececillo que, en la guerra, matara a unos cuentos pececillos enemigos, de los que callan en otra lengua, le impondrían una pequeña condecoración de algas marinas y le darían el título de héroe. 

Si los tiburones fueran hombres, también tendrían su arte, naturalmente. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones con gran profusión de colores, y sus fauces como auténticos vergeles en los que se podría retozar deliciosamente. En el fondo del mar, los teatros mostrarían una serie de heroicos y valerosos pececillos nadando con entusiasmo hacia las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, y precedidos por la orquesta, los pececillo se precipitaría, ensoñadores a las fauces de los tiburones, arrullados por los pensamientos más encantadores. 

También habría una religión si los tiburones fueran hombres. Enseñaría que los pececillos empiezan a vivir realmente en el vientre de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como ahora lo son. Algunos de ellos obtendrían cargos y quedarían por encima de los otros. A los que fueran un poco más grandes se les permitiría comerse a los más pequeños. Esto sería agradable para los tiburones que así podría comerse con más frecuencia bocados mayores. Y los pececillos más grandes, los que tuvieran más cargos, velarían porque reinase el orden entre los más pequeños, y llegarían a ser maestros, oficiales e ingenieros constructores de cajas. 

En una palabra, sólo surgiría una civilización en los mares si los tiburones fueran hombres.

Encontrado en: 

https://elhistoriador.com.ar/si-los-tiburones-fueran-hombres/ 


domingo, 22 de febrero de 2026

Sirenas varadas

 Fue un flechazo de película.

Se tropezaron casi, bajando la escalera de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de  solicitarlas con un susurro, con bastante vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel. Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía, si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la actividad y acudir a la piscina a su aire.  
 
Martes y jueves, a última hora de la mañana, cuando la piscina quedaba desocupada de la marea de clases, llegaban las dos mujeres y, con toda la flema del mundo, se apropiaban de una de las calles laterales, al paso tranquilo que les permitían sus gordezuelas y poco ejercitadas piernas, para desesperación de la socorrista que veía como aquel espacio quedaba completamente invadido.
 
Curiosamente, Sonsoles y Maríasol, a pesar de haber fijado la hora,  no coincidían ni siquiera en el vestuario, una porque llegaba antes y le gustaba meterse unos minutos en el spa, para calentar, -aclaraba- la otra porque “los chorros” los dejaba para el final -para relajarse-. ¿Acuerdo tácito o vergüenza?
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable que se sentía por haberla odiado tanto y  lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja. Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba, con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al menos – le dijo-  me ayuda con algunos papeleos.
 
¿De qué hablaban en realidad? se preguntaban por la noche cada una desde la profundidad de sus camas, y ¿por qué no sabían más de la otra? Si hablaban sin cortarse de temas de salud propios o de desconocidos, si destripaban a sus vecinas, algunas primas lejanas, o cotilleaban con recochineo sobre la reina Leticia y las bodas tan bonitas que salían en el Hola. Si hasta compartían recetas y dietas milagro.  Todo, antes que centrarse en sus días a días.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que no merecía la pena mencionarlas?
 
A pesar de todo Sonsoles y Mariasol esperaban los martes y jueves como una liberación ansiada de la rutina.
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera, esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-. Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
  
Un día, comentaron la posibilidad de ir después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en un estado total de confusión y vergüenza. 

No volvieron a proponerlo.

 
 
 

jueves, 5 de febrero de 2026

LA TRENZA DE LA MEMORIA

XX MARCHA DE LA DESBANDÁ. 

En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.

´Cartel de la marcha

Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.

Nos sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.

La llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.

Mi abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos invisibles.

A veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas- echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué esperaba?

Temíamos que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.

Corriendo el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de la calle queriendo volver a “su casa”.

Después fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.

Achaqué aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una entrevista y empezó a ser la comidilla  del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones. Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.

¿Vendrían a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.

Yo sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios. Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.

Con nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un abrazo estrujao y se preocupaba de que no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí, no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.

 

En febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas costas durante la Guerra Civil.

Yo prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.

Conforme fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar desconsolada.

Sentí que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta, en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.  

Lo que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida como La Desbandá.

Aquella tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y con un hilito de voz comenzó su relató.

Nos contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca regresó- le embargaba una enorme tristeza.

Se me quedó el corazón extraviado.

Mi abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.

Sé que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar para siempre.

Días después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.

Por eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.

Tal vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por fin con ellos.

  

 

  

      

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

Presentación del libro Infancia, Familia y otras locuras (Primera parte)

Cartel anunciador del acto


Ante una veintena de personas realizamos la presentación del acto. Mariángeles Lamolda hizo una intervención sobre mi persona que no puedo más que estarle agradecida:
 
"Teresa Flores es maestra, pedagoga y contadora de cuentos. Ha contado y cuenta cuentos por todo el mundo. Así que no es raro verla rodeada de peques y grandes, de libros y otros materiales narrando historias y haciendo que todo el mundo las narre. Esa es la imagen que me viene a la mente cuando pienso en Tere, la veo rodeada de personas y personillas riendo, jugando y contando juntas.

Ha participado y participa en talleres de escritura para poner negro sobre blanco esos cuentos que se le escapan de la boca y de la punta de los dedos. Ha publicado cuentos en obras colectivas, relacionadas con dichos talleres, y varios libros en solitario:

-Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, donde recoge sus trabajos de investigación sobre contar historias (2004), traducido al italiano

-Sinfonía para un cepillo roto, ilustrado por Pepa Mora (2006)

-Entredades, libro de poemas con fotografías de su hermana Pilar Flores (2006)

-Cuentos que caben en un bolsillo, segundo volumen de sus investigaciones (2011), también traducido al italiano

-Carambolo perdió su corona, ilustrado por su sobrina Marta Flores (2025). Que se acompaña del papel que se puede doblar para contar el cuento

Además, desde 2013 escribe un blog “Cuentos que caben en un bolsillo” donde comparte sus cuentos, nos informa de sus actividades cuentísticas y de los viajes de su exposición sobre Caperucita Roja, que ahora está aparcada. Aunque toda la familia, cuando vemos una Caperucita en nuestros viajes, le seguimos trayendo objetos relacionados como contribución a la exposición.

Infancia, familia y otras locuras, (2025) en cuya portada vemos una ilustración de Marta Flores, está dividido en tres partes, como anuncia su título. Las dos primeras recogen cuentos en los que los protagonistas son las niñas y los niños, por un lado, y la familia, por otro. Una familia numerosísima que quienes la conocemos reconocemos historias y personas en esos cuentos. En la última, recoge otras historias que se ha encontrado en el día a día, en sus viajes, en sus paseos y en todos los coles en los que ha trabajado.

Con sus cuentos nos reímos, nos asustamos, sentimos la pena de la niña monja, viajamos por el desierto para llegar a la Europa idealizada por la migración, conocemos la historia de amor de los abuelos cordobeses, vivimos el frío y el hambre de la guerra y la posguerra, viajamos al pueblo y vivimos travesuras veraniegas, aprendemos todos los sinónimos de encalar, nos angustiamos al teléfono, nos tomamos ese café despertador, vemos salir volando un sofá e imaginamos historias de varios personajes con los que nos cruzamos por la calle, entre otros cosas".