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domingo, 28 de junio de 2026

Cada día a la misma hora

Que frío el escalón, que frío.
Mañana, sin falta, me traigo un cojín para seguir con este libro que se me está haciendo insoportable. Me va a costar un resfriado esta situación, pero no puedo evitarlo. Me escondo detrás de mi novela y espero. Cada mañana espero, desde hace cuatro meses espero. Excepto los días de mercado- que sé que no vendrá-, y también cuando llueve o cuando la pesada de mi hija se empeña en que la acompañe a la ciudad, como si no supiera que lo que quiere es que cuide de los nietos. ¿Sospecha de mis intenciones? Aunque se entrometa en lo que hago o deje de hacer, yo espero.
Paso la hoja y disimulo.
Merece la pena disimular. ¿Va a estar alguien pendiente de este viejo amante de las letras? Lo notará ella- que nunca antes me veía coger un libro-. Se percatará, acaso de mi presencia, de la regularidad diaria de mi espera. Cada día a la misma hora, atento por si pasa, por si me dedica un leve gesto, un ligero movimiento de cabeza, o bien una pequeña señal, un buen día cargado de su habitual timidez.
Acaricio la hoja y divago.
Atento, no me vaya a pasar como el otro día, que con los nervios por verla puse el libro al revés. Fue tan evidente, que el chico de la Tomasa me llamó la atención con una carcajada. No importa, tampoco creo que nadie se fije mucho en mi presencia.
Conozco perfectamente bien sus recorridos: los lunes, a la tahona, a por el pan de la semana, -una hogaza que guarda, en un paño inmaculado, dentro de su cesta-, los martes, el pescado, -la furgoneta avisa a golpes de claxon de su presencia en la plaza -. Me pregunto si serán los jureles sus preferidos o es en realidad lo único que puede permitirse. ¿Cómo saberlo?
Tendré el atrevimiento suficiente –un día- para soltar el libro y enfrentarme a ella y a mi enorme deseo de recuperarla.
Los miércoles, la eterna duda; ¿aparecerá? Unas veces sí y otras no… Nunca consigo averiguar el por qué de su ausencia. No quiero indagar entre las comadres, ni siquiera me atrevo a preguntarle a mi hermana, definitivamente no. Prefiero esperar. Esperar siempre, aunque llegue tarde, como antaño. ¿O no la esperé durante ocho años en la puerta de la escuela? Incluso la esperé cuando regresé del frente, herido y tarde a esta inútil espera.
El jueves, pasa delante de mí con la mirada baja y un paso ligeramente cantarino -Sé que va a la maldita iglesia a ayudar al sacristán con las flores y el rosario de las once-. La observo con disimulo por si lleva el traje color verde que tanto le favorece y los pendientes de perlas herencia de su madre. Levanto el libro como queriendo descansar mi vieja espalda y con ese disimulado gesto la observo sin miedo. Su falda ondea por entre sus piernas e irremediablemente me sonrojo al sentirla tan cerca. Qué bien ha envejecido, mejor que yo.
Me dirige la mirada y mi corazón casi se detiene, pero enseguida comprendo que ni siquiera me ha visto. Casi me palpo los brazos para comprobar que no soy invisible, que ya desapareció -hace mucho- el torpe Damián a quien los chicos del pueblo jamás elegían para sus juegos.
Poco a poco mi corazón se recupera del momento y doy un buen trago al carajillo que me he traído de casa, está tan fuerte que me hace toser, pero me ayuda a recomponerme.  No ha escuchado siquiera mis sonoros aspavientos. ¿Me estaré desvaneciendo, por días,  en esta lenta espera?
El viernes, soy yo el que falto, la partida de dominó –en el casino- mi único acto social de la semana. El sábado, día de compras en el mercado, cambio el libro por la cesta. No necesito muchas cosas, pero me gusta acercarme al camión de la verdura y comprar los productos frescos de la huerta de mi viejo amigo Antonio y de paso, intercambiar con él las novedades. El domingo, no salgo, no quiero verla engalanada como una novia, yendo del brazo a misa de doce con las cotillas de sus amigas. La iglesia, por mis muertos, ni pisarla.
¿Cómo ha cambiado tanto ella?, ¿qué la cambió?, la boda que hizo de emergencia, según dicen medio a escondidas, o ese apaño familiar sobre las tierras de su suegro que comentó todo el pueblo durante meses.
Vuelven al paso las semanas y sigo en  mi ronda lectora, en el frio escalón de la puerta de mi casa y en la espera. El dominó, las compras, las acelgas que dan paso a las habas y ya pronto cogerán sabor los tomates y colorearán las cerezas, y yo continúo en el mismo escalón, más viejo, más cansado, casi con la misma lectura de siempre.
La veo acercarse desde el fondo de la calle; espalda recta, orgullosa, taconeo firme, diría que con gesto hasta valiente.
Y –no sé como- presiento que hoy es el gran día, tiene que serlo, y se me eriza el vello de los brazos y un profundo escalofrío se me agarra en la nuca.  
Levanto apenas los ojos desde la infinita página del libro que no leo.
Hoy – porque puede que no haya otro día- es cuando me atreveré a hablarle.  
Me invade un terror absoluto, ¿tendremos, en realidad, algo que decirnos? Puede que nos enseñemos las fotos de nuestros nietos, hablemos sobre los hijos ausentes- huidos a la capital-, o sobre como se desarrolla nuestra vida, actual, de viudos. Tal vez nos preguntemos por los amigos que perdimos en la espera o –quizás- por aquellas viejas y dulces promesas que nunca cumplimos.  
Presiento su inminente cercanía por el ligero aroma de agua de rosas que invade mi espacio.
Aturullado me levanto con la dificultad que me permiten mis artríticas rodillas, -mientras el libro, sujeto entre mis dedos, resbala inútil contra el empedrado-. 
Por fin, de pie frente a ella, carraspeo y apenas me sale la voz del cuerpo. Tengo tanto, tanto que decir que me atabalato y logro mascullar:
-Úrsula, ¿me has perdonado?
Y su risa inmensa inunda la plaza.

martes, 24 de marzo de 2026

Presentación de Carambolo en la Biblioteca Central de Almería

 

Cartel realizado por la Biblioteca para dar a conocer el acto

Presentación de Bárbara, maestra mecepera y gran amiga:

Antes de empezar nuestro cuento, vamos a conocer a las personas que lo han hecho posible… porque detrás de cada historia hay alguien que la imagina, la escribe… ¡y también alguien que la dibuja!

Este libro, “Carambolo perdió su corona”, ha sido creado por Marta Flores y Teresa Flores, estas dos autoras no solo tienen conexiones de vida sino que también forman un gran equipo.

Por un lado, tenemos a Marta Flores, la ilustradora. Es profesora de Dibujo en el Instituto de Arte de Motril, en Granada, y siente una auténtica pasión por crear imágenes. No es la primera vez que ilustra libros, ya que ha colaborado en otros relatos, pero en este cuento ha hecho algo muy especial: ha utilizado collage y pintura, mezclando materiales, colores y formas para conseguir unos resultados realmente sorprendentes. Gracias a su trabajo, cada página del libro no solo se lee… ¡también se percibe y se disfruta como una obra de arte!

Por otro lado, encontramos a Teresa Flores, la autora del texto. Ha sido maestra durante muchos años y tras jubilarse no ha dejado de crecer ni de crear. Porque además de acompañar a muchos chicos y chicas en su camino para crecer, siempre ha sentido un gran amor por las historias. La escritura se convirtió en otra gran pasión, lo que la ha llevado a imaginar cómo contar cuentos de una forma diferente. Le encanta utilizar objetos, cosas que se puedan tocar y sentir y colmarles de voz para dar vida a las historias. Así no solo mantienen viva la tradición de la narración oral, esa que se transmite de generación en generación sino que logran -y lo vais a ver en directo -que tanto criaturas como adultos disfruten escuchando y contando historias.

Un momento del cuentacuentos

El papel que se transforma

Teresa Flores ha escrito varias obras relacionadas con el mundo de la narración, como Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, Cuentos que caben en un bolsillo, Entredades, Sinfonía para un cepillo roto e Infancia, familia y otras locuras.

Por su parte, Marta Flores también ha desarrollado su propio camino artístico con obras como Vera (2020) y Cinco gotas de agua.

 



Juntas han creado este cuento, publicado por Agprograf, en el que se unen la creatividad de las palabras y la fuerza de las imágenes.

Así que ahora que ya sabemos quiénes están detrás de esta historia… solo queda una cosa: abrir bien los ojos, afinar los oídos… y descubrir qué le pasó a Carambolo con su corona.

Las dos autoras 

Cartel publicitario realizado por Marta


miércoles, 25 de febrero de 2026

Si los tiburones fueran hombres

 Cuento de  Bertolt Brecht

 

— Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la hijita de su casera— ¿serían más amables con los peces pequeños?

— Seguro que sí respondió el señor K.Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar enormes cajas para los peces pequeños, y las llenaría de alimentos, tanto vegetales como animales. Se cuidarían de que el agua de las cajas se renovara continuamente y, en general, adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lesionara alguna aleta, en seguida le aplicarían un vendaje para que no se les muriera antes de tiempo. 

Para que los pececitos no se pusieran tristes, organizarían, de vez en  cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres son más sabrosos que los tristes. Por supuesto que también habría escuelas en esas grandes cajas. En ellas, los pececitos aprenderían cómo hay que nadar en las fauces de los tiburones. Necesitarían, por ejemplo, cursos de geografía para que pudieran encontrar a los grandes tiburones, que holgazanean tumbados en cualquier sitio. Lo principal sería, claro está, la formación moral de los pececitos. Les enseñarían que no hay nada más hermoso y sublime para un pececito que sacrificarse alegremente, y que todos ellos deberían tener fe en los tiburones, sobre todo cuando éstos les prometieran velar por su felicidad futura. 

Se inculcaría a los pececillos que ese futuro sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Tendrían que guardarse bien de cualquier propensión baja, materialista, egoísta y marxista, y si veían que en alguno de ellos se manifestaba algunas de estas tendencias, deberían comunicárselo enseguida a los tiburones. 

Si los tiburones fueran hombres, por supuesto que también harían guerras entre sí para conquistar cajas y pececillos extranjeros. Y enviarían a combatir a sus propios pececillos y les enseñaría que entre ellos y los pececillos de los otros tiburones hay una enorme diferencia. Pregonaría que los pececillos son mudos, como todo el mundo sabe, pero callan en lenguas muy diferentes y por eso les resulta imposible entenderse. A cada pececillo que, en la guerra, matara a unos cuentos pececillos enemigos, de los que callan en otra lengua, le impondrían una pequeña condecoración de algas marinas y le darían el título de héroe. 

Si los tiburones fueran hombres, también tendrían su arte, naturalmente. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones con gran profusión de colores, y sus fauces como auténticos vergeles en los que se podría retozar deliciosamente. En el fondo del mar, los teatros mostrarían una serie de heroicos y valerosos pececillos nadando con entusiasmo hacia las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, y precedidos por la orquesta, los pececillo se precipitaría, ensoñadores a las fauces de los tiburones, arrullados por los pensamientos más encantadores. 

También habría una religión si los tiburones fueran hombres. Enseñaría que los pececillos empiezan a vivir realmente en el vientre de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como ahora lo son. Algunos de ellos obtendrían cargos y quedarían por encima de los otros. A los que fueran un poco más grandes se les permitiría comerse a los más pequeños. Esto sería agradable para los tiburones que así podría comerse con más frecuencia bocados mayores. Y los pececillos más grandes, los que tuvieran más cargos, velarían porque reinase el orden entre los más pequeños, y llegarían a ser maestros, oficiales e ingenieros constructores de cajas. 

En una palabra, sólo surgiría una civilización en los mares si los tiburones fueran hombres.

Encontrado en: 

https://elhistoriador.com.ar/si-los-tiburones-fueran-hombres/ 


domingo, 22 de febrero de 2026

Sirenas varadas

 Fue un flechazo de película.

Se tropezaron casi, bajando la escalera de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de  solicitarlas con un susurro, con bastante vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel. Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía, si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la actividad y acudir a la piscina a su aire.  
 
Martes y jueves, a última hora de la mañana, cuando la piscina quedaba desocupada de la marea de clases, llegaban las dos mujeres y, con toda la flema del mundo, se apropiaban de una de las calles laterales, al paso tranquilo que les permitían sus gordezuelas y poco ejercitadas piernas, para desesperación de la socorrista que veía como aquel espacio quedaba completamente invadido.
 
Curiosamente, Sonsoles y Maríasol, a pesar de haber fijado la hora,  no coincidían ni siquiera en el vestuario, una porque llegaba antes y le gustaba meterse unos minutos en el spa, para calentar, -aclaraba- la otra porque “los chorros” los dejaba para el final -para relajarse-. ¿Acuerdo tácito o vergüenza?
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable que se sentía por haberla odiado tanto y  lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja. Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba, con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al menos – le dijo-  me ayuda con algunos papeleos.
 
¿De qué hablaban en realidad? se preguntaban por la noche cada una desde la profundidad de sus camas, y ¿por qué no sabían más de la otra? Si hablaban sin cortarse de temas de salud propios o de desconocidos, si destripaban a sus vecinas, algunas primas lejanas, o cotilleaban con recochineo sobre la reina Leticia y las bodas tan bonitas que salían en el Hola. Si hasta compartían recetas y dietas milagro.  Todo, antes que centrarse en sus días a días.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que no merecía la pena mencionarlas?
 
A pesar de todo Sonsoles y Mariasol esperaban los martes y jueves como una liberación ansiada de la rutina.
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera, esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-. Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
  
Un día, comentaron la posibilidad de ir después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en un estado total de confusión y vergüenza. 

No volvieron a proponerlo.

 
 
 

jueves, 5 de febrero de 2026

LA TRENZA DE LA MEMORIA

XX MARCHA DE LA DESBANDÁ. 

En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.

´Cartel de la marcha

Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.

Nos sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.

La llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.

Mi abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos invisibles.

A veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas- echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué esperaba?

Temíamos que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.

Corriendo el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de la calle queriendo volver a “su casa”.

Después fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.

Achaqué aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una entrevista y empezó a ser la comidilla  del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones. Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.

¿Vendrían a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.

Yo sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios. Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.

Con nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un abrazo estrujao y se preocupaba de que no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí, no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.

 

En febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas costas durante la Guerra Civil.

Yo prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.

Conforme fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar desconsolada.

Sentí que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta, en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.  

Lo que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida como La Desbandá.

Aquella tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y con un hilito de voz comenzó su relató.

Nos contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca regresó- le embargaba una enorme tristeza.

Se me quedó el corazón extraviado.

Mi abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.

Sé que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar para siempre.

Días después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.

Por eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.

Tal vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por fin con ellos.

  

 

  

      

 

 

miércoles, 28 de enero de 2026

Presentación del libro Infancia, Familia y otras locuras (Primera parte)

Cartel anunciador del acto


Ante una veintena de personas realizamos la presentación del acto. Mariángeles Lamolda hizo una intervención sobre mi persona que no puedo más que estarle agradecida:
 
"Teresa Flores es maestra, pedagoga y contadora de cuentos. Ha contado y cuenta cuentos por todo el mundo. Así que no es raro verla rodeada de peques y grandes, de libros y otros materiales narrando historias y haciendo que todo el mundo las narre. Esa es la imagen que me viene a la mente cuando pienso en Tere, la veo rodeada de personas y personillas riendo, jugando y contando juntas.

Ha participado y participa en talleres de escritura para poner negro sobre blanco esos cuentos que se le escapan de la boca y de la punta de los dedos. Ha publicado cuentos en obras colectivas, relacionadas con dichos talleres, y varios libros en solitario:

-Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, donde recoge sus trabajos de investigación sobre contar historias (2004), traducido al italiano

-Sinfonía para un cepillo roto, ilustrado por Pepa Mora (2006)

-Entredades, libro de poemas con fotografías de su hermana Pilar Flores (2006)

-Cuentos que caben en un bolsillo, segundo volumen de sus investigaciones (2011), también traducido al italiano

-Carambolo perdió su corona, ilustrado por su sobrina Marta Flores (2025). Que se acompaña del papel que se puede doblar para contar el cuento

Además, desde 2013 escribe un blog “Cuentos que caben en un bolsillo” donde comparte sus cuentos, nos informa de sus actividades cuentísticas y de los viajes de su exposición sobre Caperucita Roja, que ahora está aparcada. Aunque toda la familia, cuando vemos una Caperucita en nuestros viajes, le seguimos trayendo objetos relacionados como contribución a la exposición.

Infancia, familia y otras locuras, (2025) en cuya portada vemos una ilustración de Marta Flores, está dividido en tres partes, como anuncia su título. Las dos primeras recogen cuentos en los que los protagonistas son las niñas y los niños, por un lado, y la familia, por otro. Una familia numerosísima que quienes la conocemos reconocemos historias y personas en esos cuentos. En la última, recoge otras historias que se ha encontrado en el día a día, en sus viajes, en sus paseos y en todos los coles en los que ha trabajado.

Con sus cuentos nos reímos, nos asustamos, sentimos la pena de la niña monja, viajamos por el desierto para llegar a la Europa idealizada por la migración, conocemos la historia de amor de los abuelos cordobeses, vivimos el frío y el hambre de la guerra y la posguerra, viajamos al pueblo y vivimos travesuras veraniegas, aprendemos todos los sinónimos de encalar, nos angustiamos al teléfono, nos tomamos ese café despertador, vemos salir volando un sofá e imaginamos historias de varios personajes con los que nos cruzamos por la calle, entre otros cosas".




Presentación del libro Infancia, Familia y otras locuras (Segunda parte)

 

Un momento del dialogo entre la presentadora y la autora

Este es el resumen de las preguntas que Mariángeles me realizó:

-¿Recuerdas cuándo y cómo empezaste a escribir?,

Lo relaciono con la escuela que debió de ser para mí una tortura. Nada más llegar, escuchar: cállate y siéntate, -con apenas cuatro años- no debió de sentarle muy bien a mi carácter inquieto.

Tenía una ortografía horrorosa, creo que no la mejoré del todo hasta que no tuve que enseñarla como maestra, pero esto no me impidió nunca escribir.

Dice mi hermana Pilar que suelto las comas como el que va sembrando trigo, a voleo. Claro, después me toca recogerlas y ponerlas en el sitio adecuado.

Pero era una lectora empedernida y ese es un binomio que no se puede separar.

-¿Por qué te interesa y que te aporta personalmente escribir?

Son tantas las cosas que nos pasan por la cabeza, las experiencias que una persona vive, los sueños, los deseos. La escritura calma la mente, ayuda a organizar el pensamiento, es como tener cerca a una buena oyente que te deja hablar sin decir nada, sin opinar, sin dar consejos. Difícil de conseguir ahora, en este momento en que todo el mundo sabe tanto.

El papel, o el ordenador lo admite todo; las locuras, los errores, el vacio del papel en blanco, lo puedes dejar reposar o regresar a él. Incluso a veces te preguntas, ¿pero esto lo he hecho yo? No es posible, es demasiado bonito o espantosamente triste y a lo mejor acaba en la papelera.

-¿Qué le está aportando a tu escritura la participación en los talleres de creación?

Los talleres son geniales por varios aspectos; primero por lo que aprendes, a veces simplemente es volver a recordar cosas elementales y lo mejor es que  te va a plantear retos que sola no harías. Por ejemplo narrar en tercera persona, o desde una posición de alguien que sabe todo lo que pasa, o simplemente tienes que hacer una descripción lo más detallada posible…

Lo segundo es que compartes tus textos, recibes las aportaciones del grupo además de la persona que coordina el taller, con todo el enriquecimiento que esto supone

y la tercera, no menos importante, es que constituye un tiempo en que te relacionas con unas personas con las que compartes el mismo hobby. Además del lujo de conocer personas tan interesantes como; Andrés Newman y Miguel Ángel Cáliz con quienes hice el primer taller hace ya más de veinte años, Juan Madrid, Alfonso Salazar y actualmente Cristina Gálvez.

Y bueno- hay que decirlo-  las cervezas de después.

-La escritura y la actividad de contar cuentos oralmente, ¿cómo se complementan y alimentan la una a la otra?

Para mi van de la mano, tal vez porque me he criado a base de cuentos y de personas que me han ofrecido la historia narrada y a la vez el cuento. Lectura y escritura no pueden existir la una sin la otra.

Yo creo que he contado cuentos desde que jugaba con la gente menuda de la familia, y puedo decir que eran muchos. Solo repetía lo que había vivido y ya de ahí empecé a ser yo la que escribiera.

Mi primera novela, que lamento haber perdido, la hice con mis compañeras de colegio, en el patio del recreo, ellas me dictaban y yo escribía. No se nos ocurrió otra cosa que basarnos en los personajes de una serie que había entonces en la tele sobre las aventuras de un submarino, todavía recuerdo que se llamaba el Seaview, y hacerle pasar mil penalidades al capitán de la nave, que era muy guapo y todas debíamos estar un poco enamoradillas de él. Teníamos doce o trece años y nos llevó casi un año acabar la novela. 

Después escribí varias obras de teatro que aun guardo y que llegamos a representar, y empecé con los cuentos. Ahora me río al leerlos… son tan malos.

-¿Qué te inspira a la hora de escribir? ¿Puedes contarnos como te inspiraste para alguno(s) cuento(s) concreto(s)?

Algunos relatos salen de experiencias verdaderas como la del sofá volador, me pareció digna de un cuento, estar de traslado y perder un sofá en la curva de un camino puede ocurrir, pero que sigas viaje y no te enteres hasta que no llegues a destino… Es genial, el cuento está dado, después falta ver quien lo cuenta, dónde está, qué pasa a su alrededor.

El cuento de “Er muñeco”, pasó de verdad, salió en los periódicos el suceso de que se había quemado un paso de una Virgen… y un amigo siempre dice esas cosas divertidas se les ha quemado “ermuñeco”… ya estaba el hilo conductor…

Los relatos de la infancia, parten de cosas que vivimos, están recreadas, cambiadas de situación o de protagonistas. Me gusta mucho cuando la gente me dice, me he acordado tanto de mis abuelos, me ha emocionado. Es la infancia de muchas de nosotras.

Los relatos de la familia algunos son exactos, partiendo de lo traidora que es la memoria. Yo digo que los recuerdos de mi infancia son prestados, porque en cierto modo, ¿me pasó a mi?, ¿fue a mi hermano, a mi primo, me lo contaron?…No importa.

La parte de las locuras son esos textos que te permiten salir de lo habitual. Me encanta escribir ciencia ficción, es como relatar sueños deseados. 

 -En esta sala seguro que hay personas que quieren escribir y/o que están planteándose hacerlo, ¿qué recomendaciones les haces?

Observar, observar y observar, llevar una libreta siempre encima, el móvil, grabar, anotar después, un diario, hacer una foto…Aprovechar cualquier momento para disfrutar de todo lo que pasa a nuestro alrededor, sacar la imaginación de paseo… Preguntarnos continuamente sobre lo que ocurre a nuestro alrededor: ¿Qué se dicen aquellos dos, son padre e hijos, son hermanos, amigos, están enfadados, por qué se ríen?...

 En definitiva ser curiosos... estar abiertos, expectantes, hay tanto que contar...

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Deciros que el acto fue muy divertido y lo pasamos genial... yo al menos.

martes, 28 de octubre de 2025

Sana y asequible

De nuestra enviada especial de Canal PLUM                                                Patricia Ramírez. Granada 23 de febrero del 2025

A las 20 horas de ayer, al inicio del Paseo de los Basilios, frente al antiguo edificio de los Sánchez, se produjo un extraño fenómeno.

Todo comenzó cuando una joven ejecutiva, de unos 28 años de edad, se detuvo cerca del kiosco de prensa, no para mirar el móvil, como estamos acostumbrados, sino que se quedó completamente paralizada con la vista fija en las alturas.

Los diferentes viandantes que circulaban, sólo se percataron de su presencia cuando empezaron a tropezar con ella, lo que les llevó a preguntar qué ocurría. La muchacha, en completo silencio, observaba atentamente la parte superior del edificio de los Sánchez, hoy ocupado en su planta baja por un conocido supermercado.

Una señora delgada de pelo rizado, se detuvo a su lado preocupada por tanta inmovilidad. Ante la falta de respuestas a sus preguntas siguió con la vista hacia el lugar donde miraba la joven sin percibir la más mínima novedad. Minutos después, se aproximó un chico acompañado por un perrito de lanas al que le pareció ver a una persona que gesticulaba de forma extraña en uno de los balcones del quinto piso y, la conversación a partir de ese momento, se fue haciendo cada vez más incongruente.

El corro no hizo sino aumentar y los comentarios se sucedieron a velocidad de vértigo. Una niña, de unos diez años, expuso que el problema era un gato atigrado que se  paseaba tranquilamente por la cornisa del edificio, y que había que llamar, con urgencia, a los bomberos. Ante la llantina de la pequeña un señor mayor amonestó, con virulencia, a los allí presentes alegando que entorpecían el paso a los caminantes. El chico del perro, empezó a reír de forma grosera y a gritar que aquello tenía toda la pinta de formar parte de un estúpido programa de televisión.

Mientras, la joven ejecutiva con la que se había iniciado el incidente, seguía con la mirada puesta en el cartel color verde del nuevo supermercado. Ante las preguntas de unos y otros sobre qué era lo que veía, se limitó a expresar con voz alterada: «¡Se mueve!».

Para las 20,30 de la tarde, el corro reunía a una veintena de personas. Algunas de ellas se retiraban ante la falta de información y la incomprensión del suceso, mientras otras que se aproximaban continuaban vaticinando todos los posibles acontecimientos.

Los móviles hicieron aparición: selfis, fotos a la ejecutiva de mirada fija, instantáneas al edificio, a los paseantes, a la puesta del sol e incluso, al señor mayor, que amagaba con liarse a bastonazos con una rapazuela a la que acusó de intentar robarle la cartera.

La confusión continúo durante bastante tiempo. Se cruzaron apuestas sobre si se trataba de un intento de suicidio, alguien advirtió que había un niño atrapado en una de las terracitas, otro dio la alarma sobre unos gritos que escuchó y hasta se llegó a  hablar de un asesinato...

Para terminar de complicar las cosas, un estudiante de matemáticas cargado de libros, que se acababa de incorporar al grupo, auspició que todo lo que ocurría se debía la alineación de los siete planetas, para esas fechas y, matizó con cierto énfasis, la caída de un meteorito que se acercaba a toda velocidad hacia la tierra. 

Todo era una intriga absoluta.

Hacía las 21 horas, la policía se personó en la zona e intentó, sin éxito, desalojar a la muchedumbre. La joven inmóvil, con el rostro demudado, comenzó a contar del diez al cero como si esperase la detonación de una bomba. Instantáneamente, los que la rodeaban dieron dos pasos hacia atrás, arrastrando con ellos a todos los que circulaban por la zona.

En el momento en que la chica se detuvo en el cero, el cambio fue evidente, el cartel de letras inmensas, se  transformó. Varios de los presentes pudieron percibirlo, treinta segundos más tarde las letras retornaron a su lugar.

Fue suficiente para que el griterío aumentara y la histeria comenzara a cundir. Entre los mirones alguien exclamó que aquello se debía a un corte del suministro eléctrico, otro comentó la posibilidad de un desprendimiento del letrero luminoso y una lunática exasperada expuso a gritos, su teoría del efecto devastador de la luna llena sobre los cimientos del edificio.

A las 22 horas, el imponente cartel parpadeó tres veces y quedó definitivamente modificado. En él se podía leer:

           MERDACONA

 El grito fue apoteósico. El personal empezó a aplaudir. A las risas que acompañaron el momento se sucedieron protestas contra lo acontecido. En un momento dado se alzaron un número importante de voces gritando consignas, denunciando el encarecimiento de los alimentos, la falta de calidad de los mismos debido a la presencia de metales pesados y sobre todo de microplásticos.

En breves minutos, empezaron a volar por encima de la muchedumbre un número indeterminado de panfletos explicativos de las consignas mencionadas.

Los antidisturbios acudieron a contener a la multitud. El tráfico fue debidamente cortado en la zona.

A las doce de la noche un comunicado del grupo G.U.A.S.A. (Gestionemos Una Alimentación Sana y Asequible), reivindicó en la radio y la televisión local la autoría del suceso.



domingo, 5 de octubre de 2025

Eso no se hace


María Ortiz

Tiempo de espera, tiempo detenido de palmas, palmitas y cinco lobitos. Mamá, no quiero más sopa si no me la traes en avión y dile al Coco que no venga a buscarme que ya me duermo sola. A la nana, nanita nana, nanita ea, mi niña tiene sueño, bendito sea. Aplaude la familia mis primeros pasos agarrada al filo de los muebles. Todo es descubrimiento. Tantos hermanos para jugar. Pilar me deja su cuna, su biberón y su espacio junto a la cama de mis padres. Miro y aprendo las primeras normas…

¡Eso no se toca!
 
Los primeros juegos con los primos y las primeras travesuras. Me encanta correr por el campo, subirme al trillo y saltar desde las pacas de paja. Mamá, ¡me pica todo! Qué sabrosas las brevas de la higuera. Ya tengo quince cromos. Mi hermano me ha roto mi preciosa muñeca de porcelana. Lloro desconsolada. Por mucho que me lo repitan: el patio de mi casa no es particular. No quiero jugar más al corro de la patata, prefiero que me cuentes un cuento, no el de las asaúras no, que me asusta pero a la vez me encanta.
¡Eso no se hace!
 
De la mano a mi primera escuela con mi primer babero. “¡Calladita estás más guapa!”. A rezar como una niña buena: «Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro hermanitos que me esperaban...». Así no es, “Vamos a contar mentiras”, esa canción me gusta mucho. Papá saca el coche y nos lleva al campo con la tortilla de patatas y los filetes empanaos. Hacemos cabañas con ramas. Jugamos al escondite inglés. “Esto era un rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las echó cuesta abajo”. No, ese no, cuéntame mejor el cuento del “Gallo pelao”. 
¡Eso no se dice!
 
Nos vamos a la ciudad, atrás se quedan los abuelos en el pueblo. Nueva escuela, nuevos uniformes grisáceos. Domingos de misa obligatoria. Mamá, ¡me aburro! No se dice me aburro, se dice orina caballo. Papá compra el periódico para él y los tebeos para nosotros. Se hace una espera agradable. Me pido leerlos la prime. Me gusta sobre todo “la familia Ulises”. Sábados por la tarde recorridos mágicos con el tranvía, nos vamos a Dúrcal, a Dílar… Descubrimos los pueblos de los alrededores de Granada con meriendas de pan y chocolate. Mamá nos contagia su pasión por el campo, silbatos con hojas, barcos de juncos; la diferencia entre la retama y la gayumba; el sabor del pan y quesico y el dulzor de la madreselva.      
¡Eso no se cuenta!      
 
Primeros cursos en aquel enorme colegio lleno de niñas que no saben pronunciar la jota. Flores, dice la monja, repite delante de toda la clase: Jaime, baja la jícara, la jaula y el botijo. ¡Qué tontería! No soy un monito de feria. Mis primeras mejores amigas. Mis primeros libros. Encontrar el escondite perfecto para entregarme a mi mayor pasión que saca de quicio a mi madre: la lectura. Tebeos de Tintín; Matilde, Perico y Periquín; novelas ejemplares... Después llegarían las de aventuras de Enid Blynton,  releídas cada verano —aún descansan en la estantería de mi casa—. “¡Quisiera ser tan alta como la luna!”. Música de zarzuela para desayunar. Rezar, rezar, rezar… Aburridos rosarios diarios. ¿Cuántas misas?, qué lejos se iba mi mente con tanto mantra soporífero. ¡Al pueblo, nos vamos al pueblo! Visitas al despacho de mi padre. Cuando te sientes, las rodillas cerraditas. ¡No, a los árboles no te puedes subir!
¡Eso no es de niñas!
 
Crecer, espejo que muestra lo que la ropa camufla. “Cinco semanas en globo”, me gusta Julio Verne aunque me salto tanta descripción. Leo las primeras novelitas rosas.  De la biblioteca de papá solo me quedan por leer los libros cristianos o los prohibidos; El diario de Daniel, El diario de Ana María… Un libro para los chicos y otro para las chicas. No aclaran ninguno de ellos los líos que pasan, a esta edad, por el cuerpo y por la cabeza. Para más confusión, en el manual “Pureza y hermosura”, la religión censura aún más cada acto cotidiano. Escribo mi primer diario y mi primera obra de teatro. También mi primera novela colectiva en el patio del colegio durante los recreos. Me fascina Agatha Christie. Consigo mi primera guitarra y canto de María Ortiz “Mi amiga Catalina”.
¡Eso no se mira!
 
Ropa censurada, “Burda” censurada, palabras censuradas, conversaciones censuradas. El instituto llega a mi vida como un torbellino, clases mixtas, risas contenidas, pandillas de excursiones domingueras en el tranvía de la sierra. El aire empieza a oler a nuevo. Cantos con la guitarra en maravillosas tardes de amigos. “En la mesa se habla de flores y de amores”. El rosario diario se hace cada vez más odioso. Surgen las mentiras necesarias para justificar las salidas con los amigos, con la pandilla o con el primer amor. “Tú no puedes volver atrás” palabras escritas para mí. Visito Cabo de Gata y leo “Campos de Níjar”, fiel reflejo de aquella tierra por extraño que parezca. El teatro, una nueva pasión que llega a mi vida y la hace su centro. Sería la más joven de la compañía haciendo el papel de la más mayor en “Doña Rosita la soltera”. Me inundo de poesía: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”, recital que presentamos de Miguel Alarcón “Palabras de amor y muerte”.
¡Eso no se discute!
 
Universidad, reuniones clandestinas en fines de semana con consignas surrealistas. Panfletos escondidos, libros prohibidos que se compran bajo el mostrador de la librería Alarcón después de decir una palabra clave… Emoción y a la vez miedo. Paco Ibáñez nos sacude en el Crucero del Hospital Real, “¡A la calle que ya es hora!”. Vivaldi,  Mozart y otros músicos, irrumpen en casa gracias a mi hermano mayor y se llenan las habitaciones con los ecos de “La consagración de la primavera”. Canción folk, canción protesta, cantautores… los Beatles, Miguel Ríos,  cada hermano aporta sus gustos musicales. Pachanga con el dúo dinámico y tardes de guateques. Canta Joan Báez “El preso número nueve”, Quilapayún nos pide que “Unamos todas las manos” y rompamos todas las murallas, Raimon nos acerca “La cara al vent”.
Eso sí se puede.
 
Primer trabajo, primera casa propia, primera escuela. Compromiso político, pedagógico. Libros y más libros de amigos o de bibliotecas. “Muerto el perro se acabó la rabia”, brindamos por los tiempos que vienen, lloramos por los que no están. Irrumpen las voces del pueblo, ¡A la calle! ¡A la calle!, “¡El pueblo unido jamás será vencido”, “Libertad, ¿por qué sin ira?”…Trabajo, reuniones y más reuniones. ¿Esto es la democracia? Formar parte de la Asociación de vecinos del Zaidín, las fiestas. Luchar para recuperar los derechos que se perdieron. Queda tanto por hacer. Optimismo y alegría, mucha alegría, “Perquè el temps està canviant”.
¡ESO SÍ!

 

domingo, 28 de septiembre de 2025

Cuentos a mares

 Hoy la Asociación Amigos del Mar de la Herradura, ha organizado unas preciosas jornadas en torno al Mar.

Cartel de las jornadas

Con un programa muy variado e interesante y, a pesar del viento reinante se ha podido llevar a cabo llenando la playa de la Herradura de participantes ávidos por aumentar sus conocimientos sobre el Mar, ver a sus amistades y pasar una agradable mañana de domingo.

Programa de actividades


Mi amiga Rosario, con la que compartí escuela y cuentos allá por los años noventa se puso en contacto conmigo, me contó el proyecto y, rápidamente caí en sus redes cuenteras.

Ella, como quien recoge caracolas y guijarros blancos de la playa, ha organizado una preciosa colección de libros sobre el mar y con ellos ha montado, hoy, una ilustrada mesa con 29 ejemplares diferentes. El objetivo era que se pudieran ojear e incluso leer, entre actividad y actividad.

Esta semana Vicky, que ha compartido conmigo la actividad, hemos buscado  cuentos sobre el mar y la verdad es que, sin sospechar que los teníamos, han aparecido un puñado.
Así que llevábamos una hermosa maleta con estos títulos:

 1.- El mar de la trola. (Láminas)
Además habíamos preparado nuestros mágicos cuentos con cuerdas... porque si hay algo que se usa en el mar son las cuerdas.
El día se ha levantado con viento, tanto viento que un poco más y los libros del tenderete salen volando a jugar con las gaviotas.
Conforme ha avanzado el día se han ido acercando más y más criaturas y allí hemos ido pescando a nuestros oyentes; de dos en dos, en solitario, peques, grandes, madres, padres y todos aquellos que hemos ido capturando con nuestros relatos desgranando así las historias que hemos visto más apropiadas para cada momento.

Nuestro rincón cuentero y volandero

2.-La camiseta del capitán. (Papiroflexia

3.- La ostra que perdió su perla. (Láminas)

4.-Moun. Rascal Sophie (Láminas)

5.-Un trocito de horizonte. Arturo Abad.

6.-El pez de oro. https://cvc.cervantes.es/ensenanza/luna/luba/cuento.htm

7.- El espejo mágico. A.R. Almodovar

8.-La princesa y el pirata. Alfredo Gómez Cerda https://youtu.be/PSzOS29lsJw?si=IdWGhenx28fOBvJd

9.-Sous la lagune de Venise. Maury, Paravel, Zavrel

10.-El rey el mar y el delfín. Pablo Escalante y otro

11.-Arc-en-ciel et le petit poisson perdu. Marcus Pfister

 


Por ejemplo: 
El mar de la trola ha resultado tan entretenido como siempre y lo hemos contado un montón de veces.
Lo tenéis en este mismo blog

Y por supuesto los cuentos con cuerdas que han hecho las delicias de peques y grandes, personas de diferentes países han venido con nosotras a recordar estos maravillosos juegos de infancia, asombrándole sobre manera que sirvieran para contar cuentos.
Rosario y la cuerda 

Estos han sido algunos de los cuentos que hemos contado con las cuerdas, partiendo, eso sí, de tener en nuestra mano siempre una CUERDA MÁGICA
La niña traviesa
El granjero
La cunita
Marinero enamorado

Habíamos preparado poemas sobre el tema, pero esos prometo subirlos otro día.
En definitiva una mañana muy provechosa y movida. 
Una pena que no hubiéramos hecho fotos al kiosco de los libros y a los adornos que Rosario había preparado, siempre cargados de un gran colorido e imaginación, antes que que el viento travieso se los robara.
Para despedirme de esta particular experiencia, un poema que a mí me gusta mucho, en referencia a todos los barquitos de papel realizados en mis andanzas cuenteras.

Por el Mar de las Antillas
anda un barco de papel:
Anda y anda el barco barco,
sin timonel.

De La Habana a Portobelo,
de Jamaica a Trinidad,
anda y anda el barco barco
sin capitán.

Una negra va en la popa,
va en la proa un español:
Anda y anda el barco barco,
con ellos dos.

Pasan islas, islas, islas,
muchas islas, siempre más;
anda y anda el barco barco,
sin descansar.

Un cañón de chocolate
contra el barco disparó,
y un cañón de azúcar, azúcar,
le contestó.

¡Ay, mi barco marinero,
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!

Allá va la negra negra,
junto junto al español;
anda y anda el barco barco
con ellos dos.

Esperemos que más iniciativas como esta se lleven a cabo.
 

Un son para niños antillanos

Nicolás Guillén