Que frío el escalón, que frío.
Mañana, sin falta, me traigo un cojín
para seguir con este libro que se me está haciendo insoportable. Me va a costar
un resfriado esta situación, pero no puedo evitarlo. Me escondo detrás de mi
novela y espero. Cada mañana espero, desde hace cuatro meses espero. Excepto
los días de mercado- que sé que no vendrá-, y también cuando llueve o cuando la
pesada de mi hija se empeña en que la acompañe a la ciudad, como si no supiera
que lo que quiere es que cuide de los nietos. ¿Sospecha de mis intenciones? Aunque
se entrometa en lo que hago o deje de hacer, yo espero.
Paso la hoja y disimulo.
Merece la pena disimular. ¿Va a estar alguien
pendiente de este viejo amante de las letras? Lo notará ella- que nunca antes
me veía coger un libro-. Se percatará, acaso de mi presencia, de la regularidad
diaria de mi espera. Cada día a la misma hora, atento por si pasa, por si me dedica
un leve gesto, un ligero movimiento de cabeza, o bien una pequeña señal, un
buen día cargado de su habitual timidez.
Acaricio la hoja y divago.
Atento, no me vaya a pasar como el otro
día, que con los nervios por verla puse el libro al revés. Fue tan evidente,
que el chico de la Tomasa me llamó la atención con una carcajada. No importa,
tampoco creo que nadie se fije mucho en mi presencia.
Conozco perfectamente bien sus
recorridos: los lunes, a la tahona, a por el pan de la semana, -una hogaza que guarda,
en un paño inmaculado, dentro de su cesta-, los martes, el pescado, -la
furgoneta avisa a golpes de claxon de su presencia en la plaza -. Me pregunto
si serán los jureles sus preferidos o es en realidad lo único que puede permitirse.
¿Cómo saberlo?
Tendré el atrevimiento suficiente –un
día- para soltar el libro y enfrentarme a ella y a mi enorme deseo de recuperarla.
Los miércoles, la eterna duda; ¿aparecerá?
Unas veces sí y otras no… Nunca consigo averiguar el por qué de su ausencia. No
quiero indagar entre las comadres, ni siquiera me atrevo a preguntarle a mi
hermana, definitivamente no. Prefiero esperar. Esperar siempre, aunque llegue
tarde, como antaño. ¿O no la esperé durante ocho años en la puerta de la
escuela? Incluso la esperé cuando regresé del frente, herido y tarde a esta inútil
espera.
El jueves, pasa delante de mí con la
mirada baja y un paso ligeramente cantarino -Sé que va a la maldita iglesia a
ayudar al sacristán con las flores y el rosario de las once-. La observo con
disimulo por si lleva el traje color verde que tanto le favorece y los
pendientes de perlas herencia de su madre. Levanto el libro como queriendo
descansar mi vieja espalda y con ese disimulado gesto la observo sin miedo. Su
falda ondea por entre sus piernas e irremediablemente me sonrojo al sentirla
tan cerca. Qué bien ha envejecido, mejor que yo.
Me dirige la mirada y mi corazón casi se
detiene, pero enseguida comprendo que ni siquiera me ha visto. Casi me palpo
los brazos para comprobar que no soy invisible, que ya desapareció -hace mucho-
el torpe Damián a quien los chicos del pueblo jamás elegían para sus juegos.
Poco a poco mi corazón se recupera del momento
y doy un buen trago al carajillo que me he traído de casa, está tan fuerte que
me hace toser, pero me ayuda a recomponerme.
No ha escuchado siquiera mis sonoros aspavientos.
¿Me estaré desvaneciendo, por días, en
esta lenta espera?
¿Cómo ha cambiado tanto ella?, ¿qué la
cambió?, la boda que hizo de emergencia, según dicen medio a escondidas, o ese
apaño familiar sobre las tierras de su suegro que comentó todo el pueblo
durante meses.
Vuelven al paso las semanas y sigo en mi ronda lectora, en el frio escalón de la
puerta de mi casa y en la espera. El dominó, las compras, las acelgas que dan
paso a las habas y ya pronto cogerán sabor los tomates y colorearán las cerezas,
y yo continúo en el mismo escalón, más viejo, más cansado, casi con la misma lectura
de siempre.
La veo acercarse desde el fondo de la
calle; espalda recta, orgullosa, taconeo firme, diría que con gesto hasta valiente.
Y –no sé como- presiento que hoy es el
gran día, tiene que serlo, y se me eriza el vello de los brazos y un profundo escalofrío
se me agarra en la nuca.
Levanto apenas los ojos desde la infinita
página del libro que no leo.
Hoy – porque puede que no haya otro día-
es cuando me atreveré a hablarle.
Me invade un terror absoluto, ¿tendremos,
en realidad, algo que decirnos? Puede que nos enseñemos las fotos de nuestros
nietos, hablemos sobre los hijos ausentes- huidos a la capital-, o sobre como
se desarrolla nuestra vida, actual, de viudos. Tal vez nos preguntemos por los
amigos que perdimos en la espera o –quizás- por aquellas viejas y dulces promesas
que nunca cumplimos.
Presiento su inminente cercanía por el ligero
aroma de agua de rosas que invade mi espacio.
Aturullado me levanto con la dificultad
que me permiten mis artríticas rodillas, -mientras el libro, sujeto entre mis
dedos, resbala inútil contra el empedrado-.
Por fin, de pie frente a ella, carraspeo
y apenas me sale la voz del cuerpo. Tengo tanto, tanto que decir que me
atabalato y logro mascullar:
-Úrsula, ¿me has perdonado?
Y su risa inmensa inunda la plaza.
domingo, 28 de junio de 2026
Cada día a la misma hora
martes, 24 de marzo de 2026
Presentación de Carambolo en la Biblioteca Central de Almería
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| Cartel realizado por la Biblioteca para dar a conocer el acto |
Antes de empezar nuestro cuento, vamos a conocer a las personas que lo han hecho posible… porque detrás de cada historia hay alguien que la imagina, la escribe… ¡y también alguien que la dibuja!
Este libro, “Carambolo perdió su corona”, ha sido creado por Marta Flores y Teresa Flores, estas dos autoras no solo tienen conexiones de vida sino que también forman un gran equipo.
Por un lado, tenemos a Marta Flores, la ilustradora. Es profesora de Dibujo en el Instituto de Arte de Motril, en Granada, y siente una auténtica pasión por crear imágenes. No es la primera vez que ilustra libros, ya que ha colaborado en otros relatos, pero en este cuento ha hecho algo muy especial: ha utilizado collage y pintura, mezclando materiales, colores y formas para conseguir unos resultados realmente sorprendentes. Gracias a su trabajo, cada página del libro no solo se lee… ¡también se percibe y se disfruta como una obra de arte!
Por otro lado, encontramos a Teresa Flores, la autora del texto. Ha sido maestra durante muchos años y tras jubilarse no ha dejado de crecer ni de crear. Porque además de acompañar a muchos chicos y chicas en su camino para crecer, siempre ha sentido un gran amor por las historias. La escritura se convirtió en otra gran pasión, lo que la ha llevado a imaginar cómo contar cuentos de una forma diferente. Le encanta utilizar objetos, cosas que se puedan tocar y sentir y colmarles de voz para dar vida a las historias. Así no solo mantienen viva la tradición de la narración oral, esa que se transmite de generación en generación sino que logran -y lo vais a ver en directo -que tanto criaturas como adultos disfruten escuchando y contando historias.
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| Un momento del cuentacuentos |
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| El papel que se transforma |
Teresa Flores ha escrito varias obras relacionadas con el mundo de la narración, como Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, Cuentos que caben en un bolsillo, Entredades, Sinfonía para un cepillo roto e Infancia, familia y otras locuras.
Por su parte, Marta Flores también ha desarrollado su propio camino artístico con obras como Vera (2020) y Cinco gotas de agua.
Juntas han creado este cuento, publicado por Agprograf, en el que se unen la creatividad de las palabras y la fuerza de las imágenes.
Así que ahora que ya sabemos quiénes están detrás de esta historia… solo queda una cosa: abrir bien los ojos, afinar los oídos… y descubrir qué le pasó a Carambolo con su corona.
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| Las dos autoras |
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| Cartel publicitario realizado por Marta |
miércoles, 25 de febrero de 2026
Si los tiburones fueran hombres
Cuento de Bertolt Brecht
— Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la
hijita de su casera— ¿serían más amables con los peces pequeños?
— Seguro que sí —respondió el señor K. —Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar enormes cajas para los peces pequeños, y las llenaría de alimentos, tanto vegetales como animales. Se cuidarían de que el agua de las cajas se renovara continuamente y, en general, adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lesionara alguna aleta, en seguida le aplicarían un vendaje para que no se les muriera antes de tiempo.
Para que los pececitos no se pusieran tristes, organizarían, de vez en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres son más sabrosos que los tristes. Por supuesto que también habría escuelas en esas grandes cajas. En ellas, los pececitos aprenderían cómo hay que nadar en las fauces de los tiburones. Necesitarían, por ejemplo, cursos de geografía para que pudieran encontrar a los grandes tiburones, que holgazanean tumbados en cualquier sitio. Lo principal sería, claro está, la formación moral de los pececitos. Les enseñarían que no hay nada más hermoso y sublime para un pececito que sacrificarse alegremente, y que todos ellos deberían tener fe en los tiburones, sobre todo cuando éstos les prometieran velar por su felicidad futura.
Se inculcaría a los pececillos que ese futuro sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Tendrían que guardarse bien de cualquier propensión baja, materialista, egoísta y marxista, y si veían que en alguno de ellos se manifestaba algunas de estas tendencias, deberían comunicárselo enseguida a los tiburones.
Si los tiburones fueran hombres, por supuesto que también harían guerras entre sí para conquistar cajas y pececillos extranjeros. Y enviarían a combatir a sus propios pececillos y les enseñaría que entre ellos y los pececillos de los otros tiburones hay una enorme diferencia. Pregonaría que los pececillos son mudos, como todo el mundo sabe, pero callan en lenguas muy diferentes y por eso les resulta imposible entenderse. A cada pececillo que, en la guerra, matara a unos cuentos pececillos enemigos, de los que callan en otra lengua, le impondrían una pequeña condecoración de algas marinas y le darían el título de héroe.
Si los tiburones fueran hombres, también tendrían su arte, naturalmente. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones con gran profusión de colores, y sus fauces como auténticos vergeles en los que se podría retozar deliciosamente. En el fondo del mar, los teatros mostrarían una serie de heroicos y valerosos pececillos nadando con entusiasmo hacia las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, y precedidos por la orquesta, los pececillo se precipitaría, ensoñadores a las fauces de los tiburones, arrullados por los pensamientos más encantadores.
También habría una religión si los tiburones fueran hombres. Enseñaría que los pececillos empiezan a vivir realmente en el vientre de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como ahora lo son. Algunos de ellos obtendrían cargos y quedarían por encima de los otros. A los que fueran un poco más grandes se les permitiría comerse a los más pequeños. Esto sería agradable para los tiburones que así podría comerse con más frecuencia bocados mayores. Y los pececillos más grandes, los que tuvieran más cargos, velarían porque reinase el orden entre los más pequeños, y llegarían a ser maestros, oficiales e ingenieros constructores de cajas.
En una palabra, sólo surgiría una civilización en los
mares si los tiburones fueran hombres.
Encontrado en:
https://elhistoriador.com.ar/si-los-tiburones-fueran-hombres/
domingo, 22 de febrero de 2026
Sirenas varadas
Fue un flechazo de película.
Se tropezaron casi, bajando la escalera
de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos
cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron
Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a
abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién
era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo
modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La
única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las
excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de solicitarlas con un susurro, con bastante
vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de
los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos
adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes
de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de
imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel.
Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente
rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía,
si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de
mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la
espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron
en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar
el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al
reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las
únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los
primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos
intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por
primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la
actividad y acudir a la piscina a su aire.
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses
de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de
conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente
de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente
las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre
referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne
de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la
muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable
que se sentía por haberla odiado tanto y lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó
nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja.
Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los
miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba,
con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al
menos – le dijo- me ayuda con algunos
papeleos.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que
no merecía la pena mencionarlas?
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera,
esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-.
Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de
picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una
buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
Un día, comentaron la posibilidad de ir
después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir
de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en
un estado total de confusión y vergüenza.
No volvieron a proponerlo.
jueves, 5 de febrero de 2026
LA TRENZA DE LA MEMORIA
XX MARCHA DE LA DESBANDÁ.
En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.
| ´Cartel de la marcha |
Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.
Nos
sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo
con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.
La
llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las
menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones
de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por
callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.
Mi
abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente
dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos
invisibles.
A
veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya
favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas-
echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente
la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué
esperaba?
Temíamos
que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se
perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre
regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.
Corriendo
el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un
día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de
la calle queriendo volver a “su casa”.
Después
fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la
plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a
ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.
Achaqué
aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una
entrevista y empezó a ser la comidilla
del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la
lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la
persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de
las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones.
Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.
¿Vendrían
a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era
la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.
Yo
sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios.
Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos
enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre
nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.
Con
nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un
abrazo estrujao y se preocupaba de que
no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí,
no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle
sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.
En
febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar
un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas
costas durante la Guerra Civil.
Yo
prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan
poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.
Conforme
fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito
extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar
desconsolada.
Sentí
que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta,
en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba
el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.
Lo
que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al
instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de
las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida
como La Desbandá.
Aquella
tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una
biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y
con un hilito de voz comenzó su relató.
Nos
contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve
años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre
los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas
tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano
pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder
decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió
fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente
dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca
regresó- le embargaba una enorme tristeza.
Se
me quedó el corazón extraviado.
Mi
abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender
mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.
Sé
que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar
para siempre.
Días
después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me
aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.
Por
eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos
los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos
juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras
a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.
Tal
vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por
fin con ellos.
miércoles, 28 de enero de 2026
Presentación del libro Infancia, Familia y otras locuras (Primera parte)
Presentación del libro Infancia, Familia y otras locuras (Segunda parte)
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| Un momento del dialogo entre la presentadora y la autora |
Este es el resumen de las preguntas que Mariángeles me realizó:
-¿Recuerdas cuándo y cómo empezaste a escribir?,
Lo relaciono con la escuela que debió de ser para mí una tortura. Nada
más llegar, escuchar: cállate y siéntate, -con apenas cuatro años- no debió de
sentarle muy bien a mi carácter inquieto.
Tenía una ortografía horrorosa, creo que no la mejoré del todo hasta
que no tuve que enseñarla como maestra, pero esto no me impidió nunca escribir.
Dice mi hermana Pilar que suelto las comas como el que va sembrando
trigo, a voleo. Claro, después me toca recogerlas y ponerlas en el sitio
adecuado.
Pero era una lectora empedernida y ese es un binomio que no se puede
separar.
-¿Por qué te interesa y que te aporta personalmente escribir?
Son tantas las cosas que nos pasan por la cabeza, las experiencias que
una persona vive, los sueños, los deseos. La escritura calma la mente, ayuda a
organizar el pensamiento, es como tener cerca a una buena oyente que te deja
hablar sin decir nada, sin opinar, sin dar consejos. Difícil de conseguir
ahora, en este momento en que todo el mundo sabe tanto.
El papel, o el ordenador lo admite todo; las locuras, los errores, el
vacio del papel en blanco, lo puedes dejar reposar o regresar a él. Incluso a
veces te preguntas, ¿pero esto lo he hecho yo? No es posible, es demasiado
bonito o espantosamente triste y a lo mejor acaba en la papelera.
-¿Qué le está aportando a tu escritura la participación en los talleres
de creación?
Los talleres son geniales por varios aspectos; primero por lo que aprendes, a veces simplemente es volver a
recordar cosas elementales y lo mejor es que te va a plantear retos que sola no harías. Por
ejemplo narrar en tercera persona, o desde una posición de alguien que sabe
todo lo que pasa, o simplemente tienes que hacer una descripción lo más
detallada posible…
Lo segundo es que compartes tus textos, recibes las
aportaciones del grupo además de la persona que coordina el taller, con todo el
enriquecimiento que esto supone
y la tercera, no menos
importante, es que constituye un tiempo en que te relacionas con unas personas
con las que compartes el mismo hobby. Además del lujo de conocer personas tan
interesantes como; Andrés Newman y Miguel Ángel Cáliz con quienes hice el primer taller hace ya más de veinte
años, Juan Madrid, Alfonso Salazar y actualmente Cristina Gálvez.
Y bueno- hay que decirlo- las
cervezas de después.
-La escritura y la actividad de contar cuentos oralmente, ¿cómo se
complementan y alimentan la una a la otra?
Para mi van de la mano, tal vez porque me he criado a base de cuentos
y de personas que me han ofrecido la historia narrada y a la vez el cuento.
Lectura y escritura no pueden existir la una sin la otra.
Yo creo que he contado cuentos desde que jugaba con la gente menuda de
la familia, y puedo decir que eran muchos. Solo repetía lo que había vivido y
ya de ahí empecé a ser yo la que escribiera.
Mi primera novela, que lamento haber perdido, la hice con mis compañeras de colegio, en el patio del recreo, ellas me dictaban y yo escribía. No se nos ocurrió otra cosa que basarnos en los personajes de una serie que había entonces en la tele sobre las aventuras de un submarino, todavía recuerdo que se llamaba el Seaview, y hacerle pasar mil penalidades al capitán de la nave, que era muy guapo y todas debíamos estar un poco enamoradillas de él. Teníamos doce o trece años y nos llevó casi un año acabar la novela.
Después
escribí varias obras de teatro que aun guardo y que llegamos a representar, y
empecé con los cuentos. Ahora me río al leerlos… son tan malos.
-¿Qué te inspira a la hora de escribir? ¿Puedes contarnos como te
inspiraste para alguno(s) cuento(s) concreto(s)?
Algunos relatos salen de experiencias verdaderas como la del sofá volador,
me pareció digna de un cuento, estar de traslado y perder un sofá en la curva
de un camino puede ocurrir, pero que sigas viaje y no te enteres hasta que no
llegues a destino… Es genial, el cuento está dado, después falta ver quien lo
cuenta, dónde está, qué pasa a su alrededor.
El cuento de “Er muñeco”, pasó de verdad, salió en los periódicos el
suceso de que se había quemado un paso de una Virgen… y un amigo siempre dice
esas cosas divertidas se les ha quemado “ermuñeco”… ya estaba el hilo conductor…
Los relatos de la infancia, parten de cosas que vivimos, están
recreadas, cambiadas de situación o de protagonistas. Me gusta mucho cuando la
gente me dice, me he acordado tanto de mis abuelos, me ha emocionado. Es la
infancia de muchas de nosotras.
Los relatos de la familia algunos son exactos, partiendo de lo
traidora que es la memoria. Yo digo que los recuerdos de mi infancia son
prestados, porque en cierto modo, ¿me pasó a mi?, ¿fue a mi hermano, a mi
primo, me lo contaron?…No importa.
La parte de las locuras son esos textos que te permiten salir de lo
habitual. Me encanta escribir ciencia ficción, es como relatar sueños
deseados.
Observar, observar y observar, llevar una libreta siempre encima, el
móvil, grabar, anotar después, un diario, hacer una foto…Aprovechar cualquier
momento para disfrutar de todo lo que pasa a nuestro alrededor, sacar la
imaginación de paseo… Preguntarnos continuamente sobre lo que ocurre a nuestro
alrededor: ¿Qué se dicen aquellos dos, son padre e hijos, son hermanos, amigos,
están enfadados, por qué se ríen?...
En definitiva ser curiosos... estar abiertos, expectantes, hay tanto que contar...
-----------------------
Deciros que el acto fue muy divertido y lo pasamos genial... yo al menos.
martes, 28 de octubre de 2025
Sana y asequible
De nuestra enviada especial de Canal PLUM Patricia Ramírez. Granada 23 de febrero del 2025
A las 20 horas de ayer, al inicio del Paseo de los Basilios, frente al antiguo edificio de los Sánchez, se produjo un extraño fenómeno.
Todo comenzó
cuando una joven ejecutiva, de unos 28 años de edad, se detuvo cerca del kiosco
de prensa, no para mirar el móvil, como estamos acostumbrados, sino que se
quedó completamente paralizada con la vista fija en las alturas.
Los
diferentes viandantes que circulaban, sólo se percataron de su presencia cuando
empezaron a tropezar con ella, lo que les llevó a preguntar qué ocurría. La
muchacha, en completo silencio, observaba atentamente la parte superior del
edificio de los Sánchez, hoy ocupado en su planta baja por un conocido
supermercado.
Una señora
delgada de pelo rizado, se detuvo a su lado preocupada por tanta inmovilidad. Ante
la falta de respuestas a sus preguntas siguió con la vista hacia el lugar donde
miraba la joven sin percibir la más mínima novedad. Minutos después, se
aproximó un chico acompañado por un perrito de lanas al que le pareció ver a una persona que
gesticulaba de forma extraña en uno de los balcones del quinto piso y, la
conversación a partir de ese momento, se fue haciendo cada vez más incongruente.
El corro
no hizo sino aumentar y los comentarios se sucedieron a velocidad de vértigo. Una niña, de unos diez
años, expuso que el problema era un gato atigrado que se paseaba tranquilamente por la cornisa del
edificio, y que había que llamar, con urgencia, a los bomberos. Ante la llantina
de la pequeña un señor mayor amonestó, con virulencia, a los allí presentes
alegando que entorpecían el paso a los caminantes. El chico del perro, empezó a
reír de forma grosera y a gritar que aquello tenía toda la pinta de formar
parte de un estúpido programa de televisión.
Mientras, la
joven ejecutiva con la que se había iniciado el incidente, seguía con la mirada puesta en el cartel color verde del nuevo
supermercado. Ante las preguntas de unos y otros sobre qué era lo que veía, se
limitó a expresar con voz alterada: «¡Se mueve!».
Para las
20,30 de la tarde, el corro reunía a una veintena de personas. Algunas de ellas
se retiraban ante la falta de información y la incomprensión del suceso, mientras
otras que se aproximaban continuaban vaticinando todos los posibles acontecimientos.
Los
móviles hicieron aparición: selfis, fotos a la ejecutiva de mirada fija, instantáneas
al edificio, a los paseantes, a la puesta del sol e incluso, al señor mayor,
que amagaba con liarse a bastonazos con una rapazuela a la que acusó de intentar
robarle la cartera.
La
confusión continúo durante bastante tiempo. Se cruzaron apuestas sobre si se
trataba de un intento de suicidio, alguien advirtió que había un niño atrapado
en una de las terracitas, otro dio la alarma sobre unos gritos que escuchó y hasta se
llegó a hablar de un asesinato...
Para terminar de complicar las cosas, un estudiante de matemáticas cargado de libros, que se acababa de incorporar al grupo, auspició que todo lo que ocurría se debía la alineación de los siete planetas, para esas fechas y, matizó con cierto énfasis, la caída de un meteorito que se acercaba a toda velocidad hacia la tierra.
Todo era una intriga absoluta.
Hacía las 21
horas, la policía se personó en la zona e intentó, sin éxito, desalojar a la
muchedumbre. La joven inmóvil, con el rostro demudado, comenzó a contar del diez
al cero como si esperase la detonación de una bomba. Instantáneamente, los que
la rodeaban dieron dos pasos hacia atrás, arrastrando con ellos a todos los que
circulaban por la zona.
En el
momento en que la chica se detuvo en el cero, el cambio fue evidente, el cartel
de letras inmensas, se transformó. Varios
de los presentes pudieron percibirlo, treinta segundos más tarde las letras
retornaron a su lugar.
Fue suficiente
para que el griterío aumentara y la histeria comenzara a cundir. Entre los mirones
alguien exclamó que aquello se debía a un corte del suministro eléctrico, otro
comentó la posibilidad de un desprendimiento del letrero luminoso y una lunática exasperada
expuso a gritos, su teoría del efecto devastador de la luna llena sobre los cimientos
del edificio.
A las 22 horas, el imponente
cartel parpadeó tres veces y quedó definitivamente modificado. En él se podía
leer:
En breves minutos, empezaron
a volar por encima de la muchedumbre un número indeterminado de panfletos
explicativos de las consignas mencionadas.
Los antidisturbios
acudieron a contener a la multitud. El tráfico fue debidamente cortado en la
zona.
A las doce de la noche un
comunicado del grupo G.U.A.S.A. (Gestionemos Una Alimentación Sana y Asequible),
reivindicó en la radio y la televisión local la autoría del suceso.
domingo, 5 de octubre de 2025
Eso no se hace
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| María Ortiz |
Tiempo de espera, tiempo detenido de palmas, palmitas y cinco lobitos. Mamá, no quiero más sopa si no me la traes en avión y dile al Coco que no venga a buscarme que ya me duermo sola. A la nana, nanita nana, nanita ea, mi niña tiene sueño, bendito sea. Aplaude la familia mis primeros pasos agarrada al filo de los muebles. Todo es descubrimiento. Tantos hermanos para jugar. Pilar me deja su cuna, su biberón y su espacio junto a la cama de mis padres. Miro y aprendo las primeras normas…
¡Eso no se hace!
¡Eso no se dice!
¡Eso no se cuenta!
¡Eso no es de niñas!
¡Eso no se mira!
¡Eso no se discute!
Eso sí se puede.
¡ESO SÍ!
domingo, 28 de septiembre de 2025
Cuentos a mares
Hoy la Asociación Amigos del Mar de la Herradura, ha organizado unas preciosas jornadas en torno al Mar.
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| Cartel de las jornadas |
Con un programa muy variado e interesante y, a pesar del viento reinante se ha podido llevar a cabo llenando la playa de la Herradura de participantes ávidos por aumentar sus conocimientos sobre el Mar, ver a sus amistades y pasar una agradable mañana de domingo.
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| Programa de actividades |
Mi amiga Rosario, con la que compartí escuela y cuentos allá por los años noventa se puso en contacto conmigo, me contó el proyecto y, rápidamente caí en sus redes cuenteras.
1.- El mar de la trola. (Láminas)
Además habíamos preparado nuestros mágicos cuentos con cuerdas... porque si hay algo que se usa en el mar son las cuerdas.
El día se ha levantado con viento, tanto viento que un poco más y los libros del tenderete salen volando a jugar con las gaviotas.
Conforme ha avanzado el día se han ido acercando más y más criaturas y allí hemos ido pescando a nuestros oyentes; de dos en dos, en solitario, peques, grandes, madres, padres y todos aquellos que hemos ido capturando con nuestros relatos desgranando así las historias que hemos visto más apropiadas para cada momento.
| Nuestro rincón cuentero y volandero |
2.-La camiseta del capitán. (Papiroflexia
3.- La ostra que perdió su perla. (Láminas)
4.-Moun. Rascal Sophie (Láminas)
5.-Un trocito de horizonte. Arturo Abad.
6.-El pez de oro. https://cvc.cervantes.es/ensenanza/luna/luba/cuento.htm
7.- El espejo mágico. A.R. Almodovar
8.-La princesa y el pirata. Alfredo Gómez Cerda
https://youtu.be/PSzOS29lsJw?si=IdWGhenx28fOBvJd
9.-Sous la lagune de Venise. Maury, Paravel, Zavrel
10.-El rey el mar y el delfín. Pablo Escalante y
otro
11.-Arc-en-ciel et le petit poisson perdu. Marcus
Pfister
Por ejemplo:
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| Rosario y la cuerda |
Estos han sido algunos de los cuentos que hemos contado con las cuerdas, partiendo, eso sí, de tener en nuestra mano siempre una CUERDA MÁGICA Por el Mar de las
Antillas De La Habana a Portobelo, Una negra va en la popa, Pasan islas, islas,
islas, Un cañón de chocolate ¡Ay, mi barco marinero, Allá va la negra negra,
La niña
traviesa
El granjero
La cunita
Marinero enamorado
Habíamos preparado poemas sobre el tema, pero esos prometo subirlos otro día.
En definitiva una mañana muy provechosa y movida.
Una pena que no hubiéramos hecho fotos al kiosco de los libros y a los adornos que Rosario había preparado, siempre cargados de un gran colorido e imaginación, antes que que el viento travieso se los robara.
Para despedirme de esta particular experiencia, un poema que a mí me gusta mucho, en referencia a todos los barquitos de papel realizados en mis andanzas cuenteras.
Esperemos que más iniciativas como esta se lleven a cabo.
anda un barco de papel:
Anda y anda el barco barco,
sin timonel.
de Jamaica a Trinidad,
anda y anda el barco barco
sin capitán.
va en la proa un español:
Anda y anda el barco barco,
con ellos dos.
muchas islas, siempre más;
anda y anda el barco barco,
sin descansar.
contra el barco disparó,
y un cañón de azúcar, azúcar,
le contestó.
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!
junto junto al español;
anda y anda el barco barco
con ellos dos.
Un son para niños antillanos
Nicolás Guillén









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