miércoles, 30 de abril de 2025

Seguimos en Rute cuenteando


El día 23 fue al completo y ya desde la mañana participé en una jornada libresca.
En Rute me estaban esperando en la Residencia Juan Crisóstomo Mangas, un numeroso grupo de mayores dispuestos a celebrar conmigo un día tan importante.



En el salón de actos engalanado para esta ocasión especial, la directora del centro y la concejala de cultura dieron inicio a una hora de cuentos.
Recordamos juntos las narraciones de nuestra infancia, algunas de ellas de mucho miedo, que nos asustaban y nos encantaban a la vez como la de Mariquilla hura, hura... que nos relataba mi tía Isa a mis primos y a mí y no parábamos de pedirla una y otra vez. En el siguiente enlace la encontráis.

Como es habitual existen muchas versiones. Es una historia que se va perdiendo con el tiempo, ya estaría catalogada como políticamente incorrecta y a las criaturas habría que explicarle lo que son las asauras, pero puedo decir que a este público le resultó muy divertido volver a escucharla. A mí desde luego siempre me divierte.

Los cuentos con cuerdas, tuvieron también un gran éxito y es que de nuevo nos volvieron a conducir a los tiempos de nuestra infancia.

Alguna de las señoras me ayudó con los movimientos del cuento de la "Cunita" y luego hicimos el cuento del "Marinero enamorado" que sorprendió por el elemento mágico que presenta.


Como siempre los cuentos con papiroflexia llaman mucho la atención y relaté El rey que perdió su corona.
 De despedida me regalaron dos bonitas manualidades realizadas en sus talleres y con esta sesión tan entrañable di por terminada mi tarea en Rute... 





domingo, 27 de abril de 2025

En abril libros mil

Como corresponden a estas fechas abril se preparó con todo un montón de actividades relacionados con el día del libro.

Comencé la semana en Rute concretamente en su Biblioteca Municipal el día 22. Un Maratón de cuentos era una buena escusa para acercarse por tierras cordobesas,  disfrutar del bello paisaje primaveral y de la compañía de Rocío Antón, mi maravillosa amiga que es una experta bibliotecaria y animadora a la lectura.

Lo que más ilusión me hacía de que me invitara a este acto, es que Rocío había trabajado previamente con el profesorado de los coles de Rute con mis libros por  lo que ya sabía que las clases participantes iban a contar cuentos con algunas de las técnicas que llevo utilizando desde hace muchos años.

Todo lo que pueda relatar de esa mañana del martes es poco, más de trescientas veinte criaturas participaron en la actividad. Le acompañaba un buen plantel de profesoras y profesores además de la concejala de cultura del ayuntamiento de la localidad que con unas palabras dio por iniciado el acto.

Chicos y chicas de primero a sexto de: CEIP Los pinos, CEIP Ruperto Fernández y CEIP Fuente del Moral, pasaron  por el escenario y nos deleitaron con: adivinanzas, refranes, retahílas, trucos de magia y dramatizaciones diversas de conocidos cuentos clásicos.  

El rey que perdió su corona

Otros menos clásicos pero para mí muy emocionantes fueron: Rufino el Africano, El rey que perdió la corona y El campesino y el campo de trigo, que las clases presentaron gracias a un trabajo precioso cooperativo y creativo.

Al finalizar cada una de las tres sesiones de una hora de duración nos dio tiempo para que contara yo más cuentos y eso hice: 

-La historia que me contó mi madre
-La princesa Kaguya
-El campesino y el campo de olivos
-Adivinacuentos
-El mosquito
-La cuerda mágica
 

En resumen una mañana fantástica. 

Para ver más fotos os recomiendo que os deis un paseo por el facebook

https://www.facebook.com/bibliotecapublicamunicipalderute/



 

 

jueves, 17 de abril de 2025

Cuando barre Lola

 Este bonito poema de Celeste Abril, se presta a contarlo con una escoba en las manos haciendo los mismos gestos que el texto relata.



Cuando el salón barre la pequeña Lola

mejor que barrer, baila con la escoba.
La coge del talle con delicadeza,
con gran cortesía baja la cabeza.
Da cuatro saltitos: retrocede, avanza;
y la escoba sigue con Lola su danza.
Barre del derecho, barre del revés
y un aire de polca trenza con sus pies.
Gira, gira y gira en vuelta de vals,
luego salta y brinca a ritmo de jazz.
Después más pausada recorre el salón,
¿Aire de pavana o de rigodón?
y de tanta danza al vivo compás, 
el polvo enemigo va dejando atrás.
Cuando el salón barre la pequeña Lola.
más limpio que el oro lo deja su escoba.


jueves, 10 de abril de 2025

PULGARÓN

 De nuevo recupero otra retahíla, en este caso su origen es el Norte de Francia: 


Imagen del libro Filastroche



Este es el pulgarón, 
este va en barca,
este zurra,
este salta 
y el pequeño canta.


Forma de realizarlo:
1.-Pellizcar el dedo gordo de la criatura y después continuar con los otros dedos.
2.-Hacer cosquillas en la planta del pie. 

sábado, 22 de marzo de 2025

Alegría, alegría que vienen las poesías

Ayer día de la poesía, tuvimos el grandísimo honor de ir a contar cuentos y poemas a la Escuela Infantil Belén.

Vicky y yo preparamos un estupendo programa. La clase de cuatro años, la Pecera, nos esperaba con los brazos abiertos y con Rocío su profe que es, como nosotras, otra amante de la literatura.


El cuento preferido de la sesión

Este fue nuestro programa:

*Empezamos con

Esta es la portada del libro de Silvia Dupuis 

*Vicky contó el poema Las diez gallinas con ayuda de diez gallinas de papiroflexia y luego seguimos rimando, rimando y rimando con otras gallinas que se salieron del cuento...

 *Continuamos con el poema de Las cinco vocales de Carlos Reviejo. 


Las letras están recortadas de las bandejitas de poliuretano del super, dibujadas las caras y unidas las manos con velcro, de manera que nos posibilite el poder irlas separando.


*El cuento de El Chupete de Gina, tuvo un éxito rotundo. Tanto que tuvimos que contarlo otra vez al final de la sesión.

                                
 
              
La foto de arriba es uno de los momentos en que mi compañera está contando este cuento. Lo hace tan bien y escupe el chupe con tanta gracia que siempre es el preferido.

*El mar de la Trola, es un poema precioso de Carlos Reviejo que preparé para trabajarlo con una niña invidente ya que todas las láminas están realizadas en relieve. 

Allá en una isla del mar de la Trola 
había una princesa muy triste y muy sola...

*Continuamos con el poema del Lápiz, una de mis poesías preferidas escrita por Morita Carrillo, que relato con la ayuda de un lápiz gigante que fabriqué hace ya algunos años con un rulo de cartón.

*Seguimos con La casa que Pedro ha construido, que es de los cuentos interminables, muy divertidos, que permiten la participación  de toda la clase.

Los personajes de la casa de Pedro

*Con el libro Adivinacuentos estuvimos jugando la mar de contentos, ya que por medio de pequeñas poesías teníamos que reconocer de que cuento se trataba... Descubrimos que son geniales escuchando y tienen muchas tablas en materia cuentera. 




Un reto del libro Adivinacuentos para amantes genuinos de las historias:

Es tan, pero tan pequeño
que cena en un dedal de sopa
y cuando le viene el sueño
se recuesta en una copa.

A sus padres ama tanto
que al mundo quiere abrazar,
aunque medido a lo largo
no es más grande que un pulgar.

*Y terminamos con el cuento El bebé, que siempre me gusta contar.



A falta de fotos del momento, lo ilustro con la imagen realizada en otra clase de mayores, de un centro de primaria, que hicieron para recordar el cuento y sus personajes: el papá, la mamá, el abuelo, la abuela y la hermana... y por supuesto en la palma; El Bebé.

 Y no terminó aquí nuestra participación, en el patio con el grupo de El Tren,  peques de dos a tres años, hicimos una sesión más reducida. 
Eso si el éxito volvió a ser para el Chupete de Gina, y es que participantes de nuestro público reconocieron que aún usaban este chisme consuelapenas. 

Una mañana animada y divertida. 
De caritas asombradas,
ojazos iluminados 
y carcajadas sentidas

Muchas risas y sonrisas 
antes un chupe que escapaba 
                        y una rima que volaba... 

Nos encantó, volveremos... seguro. 


lunes, 17 de marzo de 2025

Maravilloso León Felipe



 El sábado tuve la oportunidad de ver a Hector Alterio recitando tangos, se atrevió incluso a cantarlos y para mi sorpresa declamó genialmente poemas de León Felipe, Otro de mis poetas preferidos.

Este gran actor tiene 91 años y ha vivido lo suyo. Está claro que los escenarios le tiran y será seguramente de los que estarán allí arriba hasta su último momento. Algunas veces se perdía en el texto, volvía a empezar el párrafo y así recuperaba el hilo. Yo creo que el público en general, en esos momentos, dejábamos de respirar unos segundos como para darle ímpetu y que continuara con su recitación.

He buscado esta mañana el texto de León Felipe, olvidado poeta, que mi cabeza lleva barruntando desde ayer, por escuchado, o incluso leído en los textos escolares y que desde luego es de una actualidad palpable.

Ahí va, en homenaje a este gran autor y a este gran actor... Gracias León Felipe por haber estado y Hector Alterio por seguir estando.

https://www.zendalibros.com/lastima-leon-felipe/

¡Qué lástima!, de León Felipe

Para Alberto López Argüello

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza de este tiempo
lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar
con una voz engolada esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma,
la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra,
desde una raza a otra raza,
como pasan esas tormentas de estío
desde ésta aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña en la estepa castellana

Y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:

pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla
y ninguna de estas tierras me levanta ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
y el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla.
¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo
que ganara una batalla, retratado
con una mano cruzada en el pecho,
y la otra mano en el puño de la espada!
¡Qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!

Porque… ¿qué voy a cantar
si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero,
ni una mesa, ni una espada?

¡Qué voy a cantar si soy
un paria que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también.
Y todo mi ajuar se halla en una sala muy amplia
y muy blanca que está en la parte más baja
y más fresca de la casa. Tiene una luz muy clara
esta sala tan amplia y tan blanca…
Una luz muy clara que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas leyendo en mi libro y viendo
cómo pasa la gente al través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen
arrastrando sus miserias de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana siempre,
y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia tiene su cara en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama ¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de mala gana,
ni se para en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala, muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.
Y en una tarde muy clara, por esta calle tan ancha,
al través de la ventana, vi cómo se la llevaban
en una caja muy blanca… En una caja muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre
el cristalito de aquella caja tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por este cristal de mi ventana…
Y la muerte también pasa…

¡Qué lástima!
Que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero,
ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria que apenas tiene una capa…
venga forzado a cantar, cosas de poca importancia!

viernes, 14 de marzo de 2025

La de vueltas que da un reloj





No se podía negar que era un reloj señorial, porque lo era. Regalo de unas tías de Matías, mi padre, señoras de la buena sociedad cordobesa que yo siempre recordaba como muy viejas, a pesar de que no debían de tener más de cuarenta años cuando las conocí durante mi infancia.

El reloj de pared dominaba la entrada de nuestra casa encima de una sencilla cómoda de cuatro cajones que, por supuesto, quedaba relegada a un segundo plano, ante su prestancia. Y es que, aquel reloj era, sobre todo, un señor reloj.

Por cómo quedaba a la vista su esfera en el frontal de su caja, se catalogaba dentro de un tipo de  relojes a los se les llamaba “ojo de buey”, en relación a un determinado estilo arquitectónico de ventanas y otros ornamentos similares en  las fachadas de los edificios.

El reloj era grande, de forma hexagonal, manufacturado en madera de ébano, con pequeñas  incrustaciones de nácar. Protegía el conjunto un cristal enmarcado por una bonita moldura de caoba.  Al levantar la tapa quedaba a la vista, la esfera, un único  péndulo y, por supuesto, el mecanismo necesario para que la máquina funcionase.

Tengo que reconocer que, aunque apreciara la belleza de la pieza, la odiaba a muerte, pues este objeto no se contentaba solamente con dar la hora, sino también los cuartos y las medias, por lo que todo intento de descansar en su cercanía era poco menos que inviable.

En casa aprendimos pronto el truco de levantar la tapa, sujetar unos segundos el péndulo y detenerlo   al menos por unas horas.

Rosario, mi madre, reclamaba enseguida que alguien lo pusiera en marcha. Mi hermano Matías, que es más bueno que el pan, y que siempre se ocupaba de los arreglillos hogareños procedía a hacerlo… Hasta que otro día, otra siesta interrumpida o una visita imprevista provocaba que una mano insensata repitiera, de nuevo, la hazaña.

No era extraño, pues, que el pobre mueble se quejara y acabara, durante semanas e incluso meses, por dejar de funcionar. 

De nuevo Matías, siguiendo la expresa petición de mi madre, sacaba la escalera de mano y, con la ayuda de alguno de nosotros, descolgaba el enorme artefacto para llevarlo a nuestro relojero de confianza.

Periodos de reloj sí y reloj no acompañaron mi infancia y mi juventud. Así fue pasando el tiempo. Cuando empezamos a volar del nido, unas y otros, y mis padres se mudaron a un piso más pequeño,  sucedió que, desde cualquier rincón de la nueva vivienda, era imposible escapar de los sones del maldito aparato y, por muy corto que fuera el  periodo que pasara uno de visita, los deseos de echarlo al fuego no hicieron sino aumentar, a pesar de sus preciosas maderas o de sus adornos taraceados de nácar.

Para mi madre, ya viuda, los toques del reloj acompañaban la cadencia de sus días, y poder escucharlo era como decirse a sí misma “he regresado a casa”, después de los innumerables viajes que realizaba por su cuenta o las visitas que nos hacía para conocer a las nuevas criaturas que iban llegando.

Cuando hace tres años ella murió, el reloj, fue uno de los objetos que hubo que repartir. Todos teníamos claro que quien se había ganado a pulso el tenerlo para siempre era Matías, que lo había cuidado; mimado, engrasado, puesto en marcha, ajustada la hora y paseado, con gran delicadeza y atención por las calles de Granada.

El pobre no se atrevió a colocarlo en las paredes de su casa porque ya contaba con otro reloj de pared, que aunque no era de la misma antigüedad ni la categoría del reloj señorial de la familia paterna, sí mostraba unas campanadas bullangueras y alegres y temió la cacofonía que podía producirse con solo un minuto de atraso entre ambos relojes. Aparte de los celos que podían sucederse ante la presencia de otro congénere en el mismo salón… ¿O es que acaso los relojes son de piedra?

Pasaron dos años y Matías decidió que el mejor sitio donde podía pasar el viejo reloj sus últimos días, era en casa de su hijo Matías y de la familia de este. Una casona inmensa que se habían comprado en un curioso  pueblecito situado entre el mar y la montaña, con el objetivo de propiciar un lugar de encuentro para todos y asegurarse unas vacaciones lejos del calor y el turismo.

El pobre reloj familiar, entre tantos traslados, desequilibrios, cambios de temperatura y abandonos, hacía tiempo que se había parado y, esta vez, parecía que de forma definitiva, tanto como para que ninguna visita al especialista relojero diera el más mínimo  resultado.

Lo que Matías padre no podía imaginar es que Matías hijo, inquieto como era, aparte de despierto y vivaz, se hubiera obsesionado en los últimos tiempos por arreglar cacharros, y que después de mirar el reloj, por arriba y por abajo, una tarde de llovizna en que el tiempo no invitaba demasiado a estar en el patio de la casona, decidió meterle mano al mueble.

Lo más que podía ocurrir es que siguiera tan parado como estaba, con lo cual no tenía mucho que perder.

Preparó una mesa amplia, la cubrió con una manta liviana por aquello de no rayar el delicado material, se hizo con una bandeja para ir depositando los elementos que tenía que extraer, acercó su caja de herramientas especializada en miniaturas, donde se podían encontrar destornilladores de tamaño normal hasta los más pequeñitos, pinzas diversas y otros útiles que usaba habitualmente para su nueva afición.

Una buena música de fondo, la luz del flexo a toda potencia y haciendo una profunda inspiración Matías, hijo de Matías y nieto de Matías, se sintió preparado para abrir el bonito reloj y los mil recuerdos que le aportarían de su abuela, de la casa familiar y de los buenos ratos allí compartidos.

Nada más abrirlo le pareció sentir el aroma de Rosario, como si al vivir tan cerca de ella, la madera se hubiera impregnado de su esencia.

Retiró con mucha cautela el cristal superior que abarcaba todo el frontal, dejando a la vista la gran caja con la esfera del reloj en el centro, el péndulo inmóvil y una pequeña ranura donde, desde siempre, se guardaba la llave, imprescindible elemento para poner en marcha el aparato.

Matías, completamente concentrado, se detuvo, acarició las frías agujas y pasó las yemas de los dedos por el canto redondo de la esfera de fino alabastro, hasta acarició con ternura el péndulo como animándolo a ponerse en marcha. Al  buscar en la ranura donde habitualmente se encontraba la llave notó una cierta resistencia. Lo achacó a la humedad y al tiempo pasado desde que se hubiera realizado la última limpieza del aparato. Gracias a un fino bisturí logró extraer algunas fibras de madera vieja y ampliar la falla hasta poder introducir uno de sus hábiles dedos. No encontró llave alguna. Hurgando más profundamente, tropezó con un sobrecito que extrajo con ayuda de unas largas pinzas.

Bajo la luz de flexo y con enorme  cautela sacó  una cuartilla plegada en varios dobleces. Las manos le temblaron de la emoción y le llevaron a sentir que no estaba solo en la habitación, porque además el aroma de la abuela Rosario se le hizo mucho más patente.

Abrió despacio el mensaje sintiendo que el momento lo merecía. El texto era corto pero la sorpresa que se llevó al leerlo enorme:

 “Lo siento. Este reloj es una copia, el auténtico lo vendí hace tres años a los herederos de unas señoras de Córdoba que buscaban uno similar al que una vez tuvieron. Las deudas me llevaron a hacerlo. Para cuando lean estas palabras, yo ya habré muerto. Por cierto, el reloj no funcionará jamás.”

Teresa F.