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martes, 20 de abril de 2021

MI gato de alquiler

Este cuento lo escribí en el taller de escritura que sigo desde hace tiempo con el escritor Alfonso Salazar y cuando nos pidió que hiciéramos un relato de nuestro año de pandemia ésta fue la manera que se me ocurrió plantearlo. Agradezco a mi gato Leo el dejarme utilizarlo como voz narrativa.


Dibujo de Isabel Villanueva Flores

Miro el mundo desde la ventana, mi mundo tiene jardín y muchos árboles, un castaño, varios pinsapos, nísperos, y una enorme araucaria con la que sueño trepar algún día. Mi mundo está repleto de luz, incluso de solecito alegre por las mañanas que voy buscando para calentar mi lomo. Mi mundo no es redondo como los otros mundos, es plano, con miles de recovecos que investigar, con escondites mágicos donde vengo a refugiarme y pueda pasar mis durmientes horas. Mi mundo tiene una terraza preciosa con petunias, pensamientos, geranios, hortensias y otras plantas suculentas que no tienen nada de apetitoso.

Ese es mi mundo. No sé cómo son los otros mundos, no los conozco, el único que conozco es este… Llegué a él con apenas un mes de edad. Nunca he tenido madre, no he mamado una teta y por eso no se amasar para que salga la leche. He aprendido los cariños de los que mi ama grande y mi ama pequeña me han dado. Tengo juguetes; una caja entera de juguetes que va creciendo, y creciendo y que yo miro, con bastante desprecio…

Desde la ventana veo el mundo de afuera. Veo gatos hermosos, especímenes libres que se pasean con descaro, incluso se atreven a sentarse regiamente, sobre el banco que hay ante el portal de la vivienda. ¿Los envidio? A veces... No sé si su libertad o su desfachatez para pasearse diciendo, a mi no me va a ocurrir nada… Qué tontos sois, ¿de qué tenéis miedo?

Pero yo tengo miedo, es verdad, a veces mucho miedo, tanto que, al menor ruido, corro a esconderme entre los dos colchones de la cama nido de donde les es imposible sacarme. Ahora que soy más grande me cuesta meterme dentro, pero allí me siento seguro porque pase lo que pase, es un lugar secreto donde nada puede ocurrirme.

Mi mundo está lleno de objetos preciosos que puedo contemplar o usarlos para jugar. Pongo a prueba mi imaginación y los tiro desde lo alto de la mesa o de las estanterías, siempre caen, siempre irremediablemente caen, también los muerdo, se me representan como terribles animales que me acechan y yo, soy un valiente cazador…

Tengo todo el tiempo del mundo para explorar mi mundo.

Me encanta trepar por encima de los muebles y de un salto aterrizar en el sofá, de allí al sillón orejero, de nuevo a la estantería, descubro un recoveco, me entretengo,  me pierdo bajo una silla y aparezco de repente para morder, con más o menos acierto a mi ama. Entonces surge la pelea y me corre por la casa con una zapatilla en la mano,  enfadada de verdad, no comprende que estoy jugando y llamándole la atención aunque sean la una de la madrugada.

Este es mi mundo, tranquilo, reposado, desde los balcones, desde la terraza, un mundo de varias habitaciones, de estanterías llenas de libros que mi anfitriona devora, desde las carreras por los pasillos, una comida al día, agua fresca, sillones cómodos donde sestear durante la mayor parte de la jornada, arena limpia cada mañana… ¿Me puedo quejar? ¿Puedo?

Es verdad que si veo al gato siamés, color gris, del vecino que se pasea orondo frente a la casa, me imagino que existen otros mundos y otras formas de vivirlos, que su casa está llena de puertas y de ventanas por las que escapar. Yo no conozco otras cosas, no fui siquiera un gato de la calle, enseguida alguien se ocupó de alimentarme a mí y a mis hermanos el primer mes de vida y después pasé a este lugar.

Pero también existe la gata negra de maullido lejano y lastimero, sufre, lo sé por instinto. Su mundo no es de sofás mullidos ni de croquetas sabrosas, no goza de mimos ni de caricias, es una minina de la calle, vagabunda, ¿dolorosamente libre?  Me pregunto si lo ha elegido, si siempre fue así,   si tuvo otra opción. A veces se viene a mi ventana y yo siento que me llama. En las noches frías de este invierno su llanto lastimero me penaba y a veces entorpecía mi facilidad para el sueño, pero es tan poco lo que puedo hacer que, confieso para no dolerme, acabo por ignorarla.

 Sé exactamente cuantos metros tiene el pasillo, la ventana exacta a la que primero llega el sol, el rincón donde se domina mejor la calle, el nombre de la vecina de enfrente, la del piso de al lado, el sonido del timbre del portero automático y la voz de la cartera cuando viene a visitarnos.

A veces me asomo a la puerta de la calle como queriendo saber más, incluso un día bajé  un piso, de habérmelo permitido, ¿osaría llegar más lejos?.

He aprendido a querer y a que me quieran, a que me corten las uñas, cosa que odio,  a tocar sin arañar, morder sin marcar, pedir permiso, tender la mano. ¿Soy tal vez un gato borrego? ¿Un tonto gato domesticado que cumple las normas sin planteárselas? Prefiero no pensar demasiado, escucho lo que se dice, lo que mi ama comenta, soy su compañía, el nieto que no llega, el niño a quien regañar cuando hace algo malo, la reflexión en voz alta, la excusa para hacer que viva un pequeño comercio cercano a la casa, el motivo para salir a buscarme comida, soy un gato de alquiler por comida, cama y compañía.

Me quieren, quiero, paseo por la casa a mi aire, excepto la cocina y el baño que me han sido vetados por comilón peligroso y por mi entusiasmo ante las gomas de la mampara.

Sabiendo lo que sé, ¿puedo en realidad quejarme de lo que tengo?    

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Aguacero Teresa Flores

 

Dibujo de Marta Flores

Salió de la tienda contenta, riéndose muchísimo con voz cantarina y despierta. Saltaba sobre sus botas nuevas, rosas, brillantes, como pulidas. Saltaba de un charco a otro, sin perdonarlos, salpicando todo a su paso. Su madre la llamó a su lado y juntas, de la mano, recorrieron, bajo la lluvia, el tramo de camino que les quedaba hasta llegar a casa.

Se sentía tan radiante, tan viva. No quiso quitarse las botas al llegar a la entrada y su madre tuvo que secárselas con un paño para evitar mojarlo todo. Después, ella misma comprobó,  que resultaba imposible ponerse el pijama con aquel calzado tan rosa y tan brillante amarrado a sus pies.

Su cabello corto, lacio y negro, se agitó cuando saltó  desde la silla de la cocina para ir a al encuentro de su padre y enseñarle su nuevo tesoro. Se le veía tan feliz.

Por la noche, el agua, mansa, seguía cayendo.

En su cama, sus cinco años parecían pequeños. Su cuarto, al que no le faltaba detalle, indicaba todo el cariño que se había puesto en su espera.

Se durmió abrazada a su conejito blanco y solo se despertó, ligeramente, cuando su madre primero y su padre después, vinieron, como cada noche, a visitar su sueño y regalarle un beso.

A las tres de la mañana la tormenta arreciaba y golpeaba con fuerza los cristales de la habitación. Las luces iban y venían siguiendo los envites de las ráfagas de aire llevadas por el viento.

En la semioscuridad de su cuarto, un gemido le subió garganta arriba. Escuchó, con terror, las gotas de agua que se estrellaban furiosas contra el techo de uralita. La sinfonía se había convertido en la más terrible de las bravatas. El aguacero era temporal, la lluvia llanto… La casa se movía sacudida por la ira de los dioses.

Dibujo Marta Flores 

En sueños, escuchó sus voces, percibió la humedad del ambiente, el repiqueteo angustioso que intento acallar iniciando una salmodia y sumergiendo su cabeza bajo la almohada. Presentía que si ponía los pies en el suelo, para ir a pedir auxilio, se encontraría con que el agua llegaba a los límites de su propio colchón. La agonía le subió al pecho y lo que eran lamentos callados se hicieron gemidos que fueron elevándose de tono.

A pesar del agua, a pesar de la tormenta, se tiró de la cama y salió al pasillo, abrazada al conejito blanco, asustada y llorosa. El agua entraba, a raudales, por los resquicios que dejaba una uralita pobre y perforada.

Sus padre, cogiéndola en brazos, la trasladó, con mucho cariño, al dormitorio conyugal mientras la calmaba— ¡Ay mi pequeña Lyn! ¡Mi pequeña!— le decía, — Es solo lluvia, no pasa nada, aquí estás protegida—

Su madre llegó con un pijama de franela y una toalla. Le secaron los cabellos empapados de sudor y le retiraron la ropa arrugada de terror y lágrimas. En brazos, la acercaron a la ventana y le mostraron el parque donde solía jugar y un poco más lejos el tejado de su escuela.

La lluvia formaba regatos pequeñísimos e indefensos tras los cristales. Poco a poco se fue sosegando.

El techo de uralita se hizo sólido y la realidad volvió a su espacio.

Saltó de los brazos de sus padres y corrió, por el pasillo, hasta su cuarto para buscar sus botas nuevas, volvió con ellas en la mano y con una incipiente sonrisa se refugió contenta en la gran cama. Cada uno a un lado, acariciándola, perteneciéndole. Tan diferentes y tan próximos.

Mientras se dormía escuchó, de nuevo, su historia. La historia de una pequeña Lyn a quien, una noche, el más feroz de los aguaceros le había robado su casa y su primera familia...   


martes, 27 de octubre de 2020

MOUN



Libro de Rascal y Sophie. 
Un precioso relato sobre la adopción que se presta a teatralizar, también se puede meter en una caja y todo aquello  que nos une a nuestro pasado, para hablar de lo que significa comenzar una nueva vida en otro lugar. Recuperar la identidad de quienes viven alejados de sus países y de sus familias de origen.


...«Una mañana de primavera, una cajita se detiene entre las estrellas del mar y las conchas de la playa. Frente al mar vivía una joven pareja de enamoradas. Desde la ventana de su habitación divisan la caja de bambú sobre la arena mojada. Se visten con rapidez y corren cogidos de la mano hasta la playa. 
Cortan la cinta que cierra la caja encontrando a un bebé de ojos almendrados, comprendiendo, así, que Moun será su primera hija»... 

miércoles, 14 de octubre de 2020

LA CIUDAD DEL PERMANENTE OLVIDO

 

No puedo explicar como llegué a Áurea ni qué camino me llevó a ella, solo sé que en  el momento mismo en que me detuve en una de sus plazas, sin asfaltar,  me sentí detenida en el tiempo.

  Observé que sus calles no tenían nombre, ni números sus casas, sus avenidas no poseían apodos, ni placas sus parques, sólo letreros vacíos lucían sus estatuas y las fachadas de lo que me parecieron inmuebles  municipales.

Pregunté asombrada  dónde estaba a dos amables señoras que me miraron sin prestarme mucha atención y no quisieron o supieron decirme nada, después vagué por entre sus edificios y cuando que me sumergí en aquel particular caos me encontré viviendo el presente.

Los niños vinieron rápidos a saludarme, me llevaron de la mano a mostrarme sus tesoros. Saboreamos todos los helados posibles de la heladería del pueblo sin tener que pagar nada. Nos detuvimos ante señores que jugaban en el parque partidas de ajedrez absurdas e interminables. Tropezamos con mochilas escolares abandonadas por las esquinas. Empujamos a las abuelas que reían subidas en los columpios y picoteamos en las cestas de la compra depositadas sobre los mostradores vacíos del Banco. 

No supieron explicarme el por qué de las farolas encendidas en pleno día, ni qué hacían las cajas de bebidas tiradas por las esquinas o los  paquetes de cartas sin repartir. 

Conforme pasaban los días me fui acomodando con facilidad a la vida de Áurea, a su caos civilizado, su permanente olvido, su pacificación absoluta.  Ciudad de risa inmediata y vigorizante, de vida al segundo, placer instantáneo, amores efímeros y  vagabundeo insaciable.

Las mujeres del pueblo me aceptaron sin sorpresa, ya que para ellas solo era una  cara más a las que cada día les enfrentaba su desmemoria. Juntas pasábamos los ratos hilando conversaciones, entre juegos infantiles, alrededor de una mesa de cocina,  recogiendo frutos en el huerto o solucionando  problemas cotidianos en un ayuntamiento improvisado en cualquier calle del pueblo.

Observaba admirada como llevaban a sus bebitos amarrados a la espalda para evitar olvidarlos en cualquier sitio, niños que recibían en el momento de su nacimiento un nombre, por medio de un beso que las madres depositaban en sus frentes. Nombres que quedaban grabados para siempre y que tardé en descifrar el tiempo justo que me llevó olvidar el mío.

Una vez que aprendían a andar los niños pasaban a ser de todos, ocupaban el tiempo en jugar hasta caer rendidos y acababan paseando por las calles de Áurea a ver dónde olía más rica la comida, otros veces se contentaban con un chusco de pan o una fruta capturada en los árboles del “huerto parque”, que crecía misteriosamente, sin que nadie lo cuidara, en el corazón de la ciudad.

Quise almacenar en mi memoria, que con el paso del tiempo se hacía cada vez más inútil, los nombres de algunas de aquellas criaturas con las que tanto compartí, tanto aprendí y tanto me dieron y me llené de palabras tan ligeras como; Suspira, Momento, Inmediato, Efímera, Alba, Aliento ó Liviana.

 Durante aquellos días, no puedo precisar cuantos, dormí en diferentes casas, amé a algunos hombres de mirada sencilla, que nada pidieron y nada prometieron, que me entregaron su enorme ternura y me olvidaron casi en el mismo momento en  que los dejé.


Comprendí que la vida en este pueblo era chispeante y espontánea,  siempre en permanente transformación, ya que las familias cambiaban continuamente de casa, de esposos, de hijos, todas las puertas permanecían abiertas, nada era de nadie, todos se cuidaban entre sí  y aprendían, tanto grandes como pequeños de la maravillosa escuela de la vida. 

De repente, sin saberlo, tal vez a causa de los efectos de la luna nueva o de los diferentes solsticios del año, todo volvía de una manera natural a un orden relativo,  cada habitante buscaba su lugar; su casa, su oficio, se encontraban las parejas, se reconocían tocándose las manos, acariciándose las caras y se decían las cosas de siempre, que por ensalmo se habían convertido en nuevas. Se reían fuerte, alegres, sin temor, estrujaban hasta el límite a sus auténticos hijos que se dejaban querer y regañar sin darle mucha importancia a lo que estaba ocurriendo.

Sentí que Áurea sería siempre la ciudad del permanente afecto. Ningún hombre o mujer se enfrentaba jamás a su pareja, ningún hijo renegaba de sus padres, porque nadie tenía memoria para el rencor,  los abuelos, eran abuelos universales, de todos, y, a pesar de ser los más desmemoriados, a partir de los setenta y cinco años empezaban a recordar, como por arte de magia, que un día el pueblo no había sido siempre de esta manera.

Intenté averiguar de qué vivían sus habitantes y para mi asombro pude ver camiones repletos de alimentos que llegaban hasta el pueblo, no en vano Aurea estaba en medio de ninguna parte por donde pasaban carreteras que iban a muchos sitios, y los chóferes descargaban montones de víveres que les permitían vivir sin problemas durante meses.

Me comentaron que un extraño sortilegio atraía esos camiones… luego como cayendo de un hechizo, esos hombres pasaban algún que otro apuro al comprobar que no dejaron la carga donde debieran, pero dónde la habían dejado no podían encontrarlo en ningún mapa, ya que el pueblo se solía olvidar hasta de sus propias coordenadas y se perdía en el espacio.

No sentí en ningún momento necesidad de irme de allí, no sólo porque era difícil salir, si no porque para qué salir de la ciudad del infatigable olvido, en donde nada comprometía ni distraía, y se vivía la vida  aferrándose al segundo inmediato para poder dejarlo caer en el abandono. 

Nunca supe cuánto tiempo estuve viviendo en Áurea. Solo sé que un día  siguiendo el rumor del agua que conducía a la Casa del Molino, me encontré de pronto a la salida del pueblo y sin darme cuenta olvidé el camino de regreso y me vi pisando caminos de tierra que me llevaron a una carretera asfaltada.

Unos excursionistas me encontraron perdida y desorientada, en el interior de un bosque al caer la noche.

No supe decirles mi nombre, ni de donde venía. Tampoco pude responder ni entendí una sola de las preguntas que me hicieron la policía, mi marido, mis hijos e incluso los médicos que me examinaron. Hablaron de un golpe, accidente, conmoción, ante mis explicaciones sobre el lugar perfecto en el que había pasado el último mes.

 Cuando les relataba que allí vida y reposo se conjugaba en una mezcla agradable, que era lo que  hacía que sus habitantes acabaran olvidando el objetivo prioritario de sus vidas y se quedaran a morar para siempre en Áurea, notaba sus miradas extrañadas y preocupadas. Con el tiempo aprendí a adaptarme a mi antigua realidad.

Dónde estuve aquellos días, fue para todos un misterio.

Mi coche apareció, como por ensalmo, en un bancal de la Vega, solo tenía algunos arañazos.

Eché de menos Áurea, aunque no logré amarrarla, por mucho tiempo en el recuerdo, pero algunas veces… en las noches sin luna, cuando veo el columpio del patio que se balancea solitario, oigo voces de niños que canturrean y entonces  sonrío, sonrío sin poder evitarlo. 

 


viernes, 20 de abril de 2018

Por un puñado de cuentos 2

Dos de los sugerentes cuentos presentados en la sesión del martes pasado.

MOUN  de Rascal Sophie
El tema de la guerra y de la adopción tratado con gran sencillez y poesía.
Este maravilloso libro lo podéis encontrar en castellano con el mismo título, este está en francés y lo conseguí en una de mis innumerables incursiones por las librerías de Francia.
Como es muy pequeñito lo fotocopié en color en tamaño folio y en hojas a parte traduje el texto numerándolo para poder acompañar cada una de las imágenes.
Para contarlo repartimos las viñetas y fueron mostrándolas a su turno.
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Otro libro presentado por un grupo fue el ya mostrado en páginas anteriores PARA LOS NIÑOS DEL MUNDO ENTERO, llamó la atención la poesía y belleza de un tema tan duro.

Un momento de la lectura del cuento PARA LOS NIÑOS DEL MUNDO ENTERO


Todas participan en la tarea

Este cuento no lo he podido encontrar traducido, su polifacético autor es además de poeta cantautor y en el siguiente enlace podéis escuchar esta bella canción que es el texto exacto del libro mencionado.

https://www.youtube.com/watch?v=JxlxwcBW8FY