Que frío el escalón, que frío.
Mañana, sin falta, me traigo un cojín
para seguir con este libro que se me está haciendo insoportable. Me va a costar
un resfriado esta situación, pero no puedo evitarlo. Me escondo detrás de mi
novela y espero. Cada mañana espero, desde hace cuatro meses espero. Excepto
los días de mercado- que sé que no vendrá-, y también cuando llueve o cuando la
pesada de mi hija se empeña en que la acompañe a la ciudad, como si no supiera
que lo que quiere es que cuide de los nietos. ¿Sospecha de mis intenciones? Aunque
se entrometa en lo que hago o deje de hacer, yo espero.
Paso la hoja y disimulo.
Merece la pena disimular. ¿Va a estar alguien
pendiente de este viejo amante de las letras? Lo notará ella- que nunca antes
me veía coger un libro-. Se percatará, acaso de mi presencia, de la regularidad
diaria de mi espera. Cada día a la misma hora, atento por si pasa, por si me dedica
un leve gesto, un ligero movimiento de cabeza, o bien una pequeña señal, un
buen día cargado de su habitual timidez.
Acaricio la hoja y divago.
Atento, no me vaya a pasar como el otro
día, que con los nervios por verla puse el libro al revés. Fue tan evidente,
que el chico de la Tomasa me llamó la atención con una carcajada. No importa,
tampoco creo que nadie se fije mucho en mi presencia.
Conozco perfectamente bien sus
recorridos: los lunes, a la tahona, a por el pan de la semana, -una hogaza que guarda,
en un paño inmaculado, dentro de su cesta-, los martes, el pescado, -la
furgoneta avisa a golpes de claxon de su presencia en la plaza -. Me pregunto
si serán los jureles sus preferidos o es en realidad lo único que puede permitirse.
¿Cómo saberlo?
Tendré el atrevimiento suficiente –un
día- para soltar el libro y enfrentarme a ella y a mi enorme deseo de recuperarla.
Los miércoles, la eterna duda; ¿aparecerá?
Unas veces sí y otras no… Nunca consigo averiguar el por qué de su ausencia. No
quiero indagar entre las comadres, ni siquiera me atrevo a preguntarle a mi
hermana, definitivamente no. Prefiero esperar. Esperar siempre, aunque llegue
tarde, como antaño. ¿O no la esperé durante ocho años en la puerta de la
escuela? Incluso la esperé cuando regresé del frente, herido y tarde a esta inútil
espera.
El jueves, pasa delante de mí con la
mirada baja y un paso ligeramente cantarino -Sé que va a la maldita iglesia a
ayudar al sacristán con las flores y el rosario de las once-. La observo con
disimulo por si lleva el traje color verde que tanto le favorece y los
pendientes de perlas herencia de su madre. Levanto el libro como queriendo
descansar mi vieja espalda y con ese disimulado gesto la observo sin miedo. Su
falda ondea por entre sus piernas e irremediablemente me sonrojo al sentirla
tan cerca. Qué bien ha envejecido, mejor que yo.
Me dirige la mirada y mi corazón casi se
detiene, pero enseguida comprendo que ni siquiera me ha visto. Casi me palpo
los brazos para comprobar que no soy invisible, que ya desapareció -hace mucho-
el torpe Damián a quien los chicos del pueblo jamás elegían para sus juegos.
Poco a poco mi corazón se recupera del momento
y doy un buen trago al carajillo que me he traído de casa, está tan fuerte que
me hace toser, pero me ayuda a recomponerme.
No ha escuchado siquiera mis sonoros aspavientos.
¿Me estaré desvaneciendo, por días, en
esta lenta espera?
¿Cómo ha cambiado tanto ella?, ¿qué la
cambió?, la boda que hizo de emergencia, según dicen medio a escondidas, o ese
apaño familiar sobre las tierras de su suegro que comentó todo el pueblo
durante meses.
Vuelven al paso las semanas y sigo en mi ronda lectora, en el frio escalón de la
puerta de mi casa y en la espera. El dominó, las compras, las acelgas que dan
paso a las habas y ya pronto cogerán sabor los tomates y colorearán las cerezas,
y yo continúo en el mismo escalón, más viejo, más cansado, casi con la misma lectura
de siempre.
La veo acercarse desde el fondo de la
calle; espalda recta, orgullosa, taconeo firme, diría que con gesto hasta valiente.
Y –no sé como- presiento que hoy es el
gran día, tiene que serlo, y se me eriza el vello de los brazos y un profundo escalofrío
se me agarra en la nuca.
Levanto apenas los ojos desde la infinita
página del libro que no leo.
Hoy – porque puede que no haya otro día-
es cuando me atreveré a hablarle.
Me invade un terror absoluto, ¿tendremos,
en realidad, algo que decirnos? Puede que nos enseñemos las fotos de nuestros
nietos, hablemos sobre los hijos ausentes- huidos a la capital-, o sobre como
se desarrolla nuestra vida, actual, de viudos. Tal vez nos preguntemos por los
amigos que perdimos en la espera o –quizás- por aquellas viejas y dulces promesas
que nunca cumplimos.
Presiento su inminente cercanía por el ligero
aroma de agua de rosas que invade mi espacio.
Aturullado me levanto con la dificultad
que me permiten mis artríticas rodillas, -mientras el libro, sujeto entre mis
dedos, resbala inútil contra el empedrado-.
Por fin, de pie frente a ella, carraspeo
y apenas me sale la voz del cuerpo. Tengo tanto, tanto que decir que me
atabalato y logro mascullar:
-Úrsula, ¿me has perdonado?
Y su risa inmensa inunda la plaza.
Cuentos que caben en un bolsillo
Contar creando, crear contando.
domingo, 28 de junio de 2026
Cada día a la misma hora
viernes, 8 de mayo de 2026
Abril de cuentos mil
| Mi gallina gallega |
Ha sido un mes tan movido que hasta ahora no he tenido tiempo de sentarme a escribir sobre los cuentos de este mes pasado.
El día 20 estuve contándole cuentos a las clases de los más peques de la Escuela Infantil Belén. Tengo que reconocer que pensar en qué cuentos serían los más apropiados para estas edades me llevó a revisar los materiales que tengo en casa y a echar mano a ideas que confiaba que funcionarían.
Así eché mano a mi preciosa Gallina gallega que salió como por arte de magia de mi maletita cuentera, con sus respectivos huevos y sus pollitos de colores.
La podéis encontrar en mi blog en el enlace que os indico más abajo.
Por supuesto lo que hice en esta caso fue una adaptación del cuento que en su día inventé.
https://www.blogger.com/blog/post/edit/preview/7310336799305974288/662413771584109185
Continué con la canción Una torre de este grupo argentino- brasileño, Pim Pau, que me enseñó está canción tan divertida muy apropiada para peques:
Os recomiendo que lo sigáis, tienen unas canciones estupendas.
https://youtu.be/3Cf3atE-kRQ?si=4QiJbx28FromzXaY
También utilicé instrumentos musicales como el que está hecho con semillas de Kenari:
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| Les pareció mágico |
Por el mar, por el mar,
olas que
vienen, olas que van.
Por el mar, por el mar,
olas que vienen, olas que van.
Por el mar, por el mar,
un pez travieso
se va a nadar
Por el mar, por el mar,
un marinero lo
quiere pescar.
Por el mar…
cuatro estrellitas
van a jugar.
Por el mar...
saltan y
saltan las olas del mar.
Por el mar...
ponte en la
orilla, te vas a mojar.
Por el mar...
las olas de
noche se van a soñar.
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| Cinco ratones debajo del botón de Martín |
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| El grillo suena al rozarlo con el palito |
Este otro objeto musical, con el que se consiguen efectos muy curiosos, a veces da un poco de susto así hay que moverlo con mucho cuidado. Al girarlo de forma vertical con el alambre hacia abajo la tormenta se pone en marcha. Lo acompañamos con la lluvia a base de palmas.
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| El palo de las tormentas |
Con el amigo amarillo, cantamos la canción de los pollitos y así nos despedimos de una maravillosa mañana de cuentos.
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| Un pájaro marioneta muy especial, el pico al apretarlo desde dentro pita. |
Un público excepcional, os lo aseguro.
miércoles, 6 de mayo de 2026
La magia de Carambolo
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| A carambolo no le falta ni un detalle |
Después de empezar con la presentación del cuento de Carambolo nos han ocurrido un montón de cosas bonitas.
Una de ellas ha sido el entusiasmo de Juan no solo por el personaje sino porque dos personas de su entorno fueran las escritoras y las ilustradoras de un cuento.
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| Carambolo campeón El caso es que desde aquel día se nos ocurrió que podríamos iniciar una galería de Carambolos y así añadimos el de Noa, que con sus seis años nos hizo este magnífico dibujo. |
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| Carambolo en el primer cuento que Marta hizo con su mejor amigo; un pajarito. |
Nuestro querido personaje no ha parado, ni tiene intención de hacerlo. Seguro que muchos de nuestros oyentes nos seguirán ampliando la preciosa galería de Carambolos y así sus aventuras serán cada vez más variadas y divertidas.
martes, 24 de marzo de 2026
Presentación de Carambolo en la Biblioteca Central de Almería
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| Cartel realizado por la Biblioteca para dar a conocer el acto |
Antes de empezar nuestro cuento, vamos a conocer a las personas que lo han hecho posible… porque detrás de cada historia hay alguien que la imagina, la escribe… ¡y también alguien que la dibuja!
Este libro, “Carambolo perdió su corona”, ha sido creado por Marta Flores y Teresa Flores, estas dos autoras no solo tienen conexiones de vida sino que también forman un gran equipo.
Por un lado, tenemos a Marta Flores, la ilustradora. Es profesora de Dibujo en el Instituto de Arte de Motril, en Granada, y siente una auténtica pasión por crear imágenes. No es la primera vez que ilustra libros, ya que ha colaborado en otros relatos, pero en este cuento ha hecho algo muy especial: ha utilizado collage y pintura, mezclando materiales, colores y formas para conseguir unos resultados realmente sorprendentes. Gracias a su trabajo, cada página del libro no solo se lee… ¡también se percibe y se disfruta como una obra de arte!
Por otro lado, encontramos a Teresa Flores, la autora del texto. Ha sido maestra durante muchos años y tras jubilarse no ha dejado de crecer ni de crear. Porque además de acompañar a muchos chicos y chicas en su camino para crecer, siempre ha sentido un gran amor por las historias. La escritura se convirtió en otra gran pasión, lo que la ha llevado a imaginar cómo contar cuentos de una forma diferente. Le encanta utilizar objetos, cosas que se puedan tocar y sentir y colmarles de voz para dar vida a las historias. Así no solo mantienen viva la tradición de la narración oral, esa que se transmite de generación en generación sino que logran -y lo vais a ver en directo -que tanto criaturas como adultos disfruten escuchando y contando historias.
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| Un momento del cuentacuentos |
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| El papel que se transforma |
Teresa Flores ha escrito varias obras relacionadas con el mundo de la narración, como Materiales y objetos tradicionales para contar cuentos, Cuentos que caben en un bolsillo, Entredades, Sinfonía para un cepillo roto e Infancia, familia y otras locuras.
Por su parte, Marta Flores también ha desarrollado su propio camino artístico con obras como Vera (2020) y Cinco gotas de agua.
Juntas han creado este cuento, publicado por Agprograf, en el que se unen la creatividad de las palabras y la fuerza de las imágenes.
Así que ahora que ya sabemos quiénes están detrás de esta historia… solo queda una cosa: abrir bien los ojos, afinar los oídos… y descubrir qué le pasó a Carambolo con su corona.
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| Las dos autoras |
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| Cartel publicitario realizado por Marta |
miércoles, 25 de febrero de 2026
Si los tiburones fueran hombres
Cuento de Bertolt Brecht
— Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la
hijita de su casera— ¿serían más amables con los peces pequeños?
— Seguro que sí —respondió el señor K. —Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar enormes cajas para los peces pequeños, y las llenaría de alimentos, tanto vegetales como animales. Se cuidarían de que el agua de las cajas se renovara continuamente y, en general, adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lesionara alguna aleta, en seguida le aplicarían un vendaje para que no se les muriera antes de tiempo.
Para que los pececitos no se pusieran tristes, organizarían, de vez en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres son más sabrosos que los tristes. Por supuesto que también habría escuelas en esas grandes cajas. En ellas, los pececitos aprenderían cómo hay que nadar en las fauces de los tiburones. Necesitarían, por ejemplo, cursos de geografía para que pudieran encontrar a los grandes tiburones, que holgazanean tumbados en cualquier sitio. Lo principal sería, claro está, la formación moral de los pececitos. Les enseñarían que no hay nada más hermoso y sublime para un pececito que sacrificarse alegremente, y que todos ellos deberían tener fe en los tiburones, sobre todo cuando éstos les prometieran velar por su felicidad futura.
Se inculcaría a los pececillos que ese futuro sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Tendrían que guardarse bien de cualquier propensión baja, materialista, egoísta y marxista, y si veían que en alguno de ellos se manifestaba algunas de estas tendencias, deberían comunicárselo enseguida a los tiburones.
Si los tiburones fueran hombres, por supuesto que también harían guerras entre sí para conquistar cajas y pececillos extranjeros. Y enviarían a combatir a sus propios pececillos y les enseñaría que entre ellos y los pececillos de los otros tiburones hay una enorme diferencia. Pregonaría que los pececillos son mudos, como todo el mundo sabe, pero callan en lenguas muy diferentes y por eso les resulta imposible entenderse. A cada pececillo que, en la guerra, matara a unos cuentos pececillos enemigos, de los que callan en otra lengua, le impondrían una pequeña condecoración de algas marinas y le darían el título de héroe.
Si los tiburones fueran hombres, también tendrían su arte, naturalmente. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones con gran profusión de colores, y sus fauces como auténticos vergeles en los que se podría retozar deliciosamente. En el fondo del mar, los teatros mostrarían una serie de heroicos y valerosos pececillos nadando con entusiasmo hacia las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, y precedidos por la orquesta, los pececillo se precipitaría, ensoñadores a las fauces de los tiburones, arrullados por los pensamientos más encantadores.
También habría una religión si los tiburones fueran hombres. Enseñaría que los pececillos empiezan a vivir realmente en el vientre de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como ahora lo son. Algunos de ellos obtendrían cargos y quedarían por encima de los otros. A los que fueran un poco más grandes se les permitiría comerse a los más pequeños. Esto sería agradable para los tiburones que así podría comerse con más frecuencia bocados mayores. Y los pececillos más grandes, los que tuvieran más cargos, velarían porque reinase el orden entre los más pequeños, y llegarían a ser maestros, oficiales e ingenieros constructores de cajas.
En una palabra, sólo surgiría una civilización en los
mares si los tiburones fueran hombres.
Encontrado en:
https://elhistoriador.com.ar/si-los-tiburones-fueran-hombres/
domingo, 22 de febrero de 2026
Sirenas varadas
Fue un flechazo de película.
Se tropezaron casi, bajando la escalera
de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos
cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron
Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a
abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién
era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo
modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La
única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las
excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de solicitarlas con un susurro, con bastante
vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de
los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos
adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes
de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de
imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel.
Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente
rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía,
si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de
mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la
espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron
en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar
el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al
reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las
únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los
primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos
intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por
primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la
actividad y acudir a la piscina a su aire.
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses
de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de
conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente
de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente
las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre
referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne
de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la
muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable
que se sentía por haberla odiado tanto y lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó
nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja.
Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los
miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba,
con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al
menos – le dijo- me ayuda con algunos
papeleos.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que
no merecía la pena mencionarlas?
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera,
esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-.
Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de
picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una
buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
Un día, comentaron la posibilidad de ir
después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir
de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en
un estado total de confusión y vergüenza.
No volvieron a proponerlo.
jueves, 5 de febrero de 2026
LA TRENZA DE LA MEMORIA
XX MARCHA DE LA DESBANDÁ.
En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.
| ´Cartel de la marcha |
Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.
Nos
sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo
con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.
La
llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las
menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones
de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por
callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.
Mi
abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente
dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos
invisibles.
A
veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya
favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas-
echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente
la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué
esperaba?
Temíamos
que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se
perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre
regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.
Corriendo
el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un
día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de
la calle queriendo volver a “su casa”.
Después
fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la
plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a
ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.
Achaqué
aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una
entrevista y empezó a ser la comidilla
del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la
lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la
persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de
las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones.
Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.
¿Vendrían
a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era
la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.
Yo
sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios.
Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos
enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre
nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.
Con
nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un
abrazo estrujao y se preocupaba de que
no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí,
no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle
sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.
En
febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar
un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas
costas durante la Guerra Civil.
Yo
prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan
poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.
Conforme
fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito
extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar
desconsolada.
Sentí
que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta,
en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba
el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.
Lo
que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al
instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de
las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida
como La Desbandá.
Aquella
tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una
biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y
con un hilito de voz comenzó su relató.
Nos
contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve
años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre
los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas
tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano
pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder
decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió
fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente
dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca
regresó- le embargaba una enorme tristeza.
Se
me quedó el corazón extraviado.
Mi
abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender
mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.
Sé
que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar
para siempre.
Días
después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me
aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.
Por
eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos
los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos
juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras
a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.
Tal
vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por
fin con ellos.












