Lo mejor era dejarse llevar por lo que son las costumbres,
es la manera de no tener que preocuparse ni agobiarse… Así, el vaso de leche
con café descafeinado que llama al sueño, la pastilla última que ayude un poco más a
Morfeo, el agua, revisar la puerta de la calle -para qué servirá tanto blindaje si la cerradura es
pésima-, apagar la tele, el libro, que
no se olvide el libro. Última visita al baño. La crema para la cara, siempre
olvida ponérsela a pesar de tenerla sobre el lavabo con el riesgo de que acabe
en el suelo -con lo que valen estos productos-.
Llegada al dormitorio, el despertador, el camisón, las
zapatillas a los pies de la cama para los levantares nocturnos y ya está. Por
fin el cobijo de las sabanas de franela que impiden que la cama se enfríe en
este invierno desangelado.
El sueño que llega, se arremolina a la entrada de la
habitación y se adueña de ella.
De repente, a las tres de la mañana, algo la ha despertado.
No han sido las ganas de ir al baño -ya por desgracia cada vez más frecuentes-.
No, hay un rumor que no identifica. Un sonido de pasos, una respiración
demasiado cercana. Imagina que es el gato -que ya no tiene- que vuelve a
hacerle reproches desde el más allá y una sonrisa tonta distrae su
preocupación.
Pero no, en la casa hay alguien más, lo presiente primero y
se hace evidente después. Alguien que se mueve con pasos cautelosos, que
respira con un gemido casi lastimero.
Se asusta y mucho. Respira profundo e intenta calmarse. Duda
si será su hijo que se ha presentado sin avisar y no quiere despertarla.
Rápidamente recuerda -con terror- que está de viaje y que es inviable. De la
vecina de enfrente, que tiene su llave, descarta la posible intromisión -qué
iba a hacer Antonie en su casa a estas horas de la noche-.
Su corazón se dispara a un ritmo vertiginoso. Se queda
inmóvil, paralizada. Cualquier movimiento le revelaría a la persona que está en
la casa que ella también lo está.
Actúa con rapidez y sin percatarse casi, ha cogido el móvil
que cada noche deposita sobre la mesita. Lo desbloquea como una autómata
metiéndolo bajo las sabanas para evitar cualquier atisbo de luz.
Su pensamiento -siempre tan indomable- alcanza una velocidad
aterradora; se ve maniatada, golpeada… y,
haciendo un esfuerzo, se niega a vaticinar otras cosas peores. Lo
primero esconderse, pero dónde hacerlo sin que se oiga nada, con la puerta del
dormitorio completamente abierta como a ella le gusta dormir.
Se desliza centímetro a centímetro hacia el lado de la cama
más alejado de la puerta. Resbala hasta el suelo. Basta con que el intruso
llegue allí y vea las sábanas desechas para que comprenda su proximidad.
Medio envuelta en la sábana se sumerge debajo del lecho.
Necesita tiempo, para calmarse, para
llamar a la policía. Sigue escuchando ruidos, luces que parpadean, se
mueven, pisadas silenciosamente firmes
–al menos le parecen solitarias-, muebles que se desplazan ligeramente…
algún gruñido, un tropiezo.
Desde la profundidad de su escondite marca el 112, pero,
ahora, cómo hablar sin que se le oiga. Todas las películas americanas han
aparecido en su mente… ¿Sabrán quién llama solo por el número? Al mismo tiempo
se pregunta qué puede haber de valor para ofrecer en una negociación… Si en su
casa no hay nada, ni joyas ni cubiertos de plata ni abrigos de pieles ni más de
cincuenta euros en su bolso… ¿Quién? ¿Por qué?
Oye el rumor de pisadas por el pasillo que se van acercando
hacia su posición. El teléfono en su oreja con el volumen al mínimo emite una
señal lejana. ¿No habrá nadie que pueda socorrerla? Llamar a alguna amiga le
parece inútil.
Una voz de una chica joven responde a su mensaje, pero ella
está paralizada, percibe al intruso que está ya en la puerta del dormitorio…
Con la escasa luz que entra por las rendijas de las persianas descubre desde su
escondite la figura a contraluz de Antonio, un antiguo conocido que lleva
acosándola, con mensajes de wasaps –que hasta ahora le habían parecido
inofensivos-, los últimos meses.
Contiene un sollozo mezcla en parte de horror y a la vez de
alivio y con determinación, aparta la cama como puede y sale sin soltar el
móvil, a la vez que exclama con voz neutra pero enérgica:
«¡Antonio, cómo se te ocurre aparecer a estas horas, y
romper la puerta de mi casa! ¿Cómo has sabido que vivo en la calle Marqués de
Falces número 8, 3C? No ves que me has dado un susto de
muerte».