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Cuenta la leyenda que, antes de que el tiempo aprendiera a contar los años y antes de que los hombres dieran nombre a las estrellas, el mundo de los vivos y el de los muertos no estaban separados por una distancia, sino por un velo de silencio.
Los vivos caminaban bajo el sol, cultivaban la tierra y amaban. Los muertos habitaban un reino invisible hecho de memoria, donde cada recuerdo brillaba como una lámpara suspendida en la oscuridad. Y aunque ambos mundos se anhelaban, ninguno podía alcanzar al otro, porque las palabras se perdían al cruzar el velo.
Entonces la Gran Madre del Cielo, viendo el dolor de quienes lloraban a sus ausentes, llamó a todas las aves y les preguntó quién sería capaz de viajar entre ambos reinos sin perderse.
El águila era demasiado orgullosa y buscaba las alturas. El cuervo era demasiado curioso y se quedaba escuchando los secretos de los muertos. La golondrina amaba demasiado la primavera para abandonar los jardines de los vivos.
Solo una pequeña ave permaneció en silencio.
Era la abubilla.
Llevaba sobre la cabeza una corona de plumas color fuego, semejante a los rayos del sol al amanecer. No era la más fuerte ni la más veloz, pero poseía un corazón capaz de escuchar aquello que no tenía voz.
La Gran Madre le entregó entonces una misión sagrada.
—Serás el ave del umbral. Tu vuelo será certero. Tus alas conocerán los senderos ocultos entre la vida y la muerte. Llevarás consuelo a los que esperan y esperanza a los que lloran.
Desde aquel día, la abubilla aprendió los caminos invisibles. Al amanecer volaba entre los campos de los vivos; al atardecer descendía a los jardines de los ancestros, donde los muertos descansaban junto a ríos de luz.
Allí recogía sus mensajes.
No transportaba palabras, pues las palabras son demasiado pesadas para cruzar ciertos límites. Transportaba señales.
Una flor que brotaba fuera de estación.
Un sueño inesperadamente luminoso.
La sensación de una mano ausente posándose un instante sobre el hombro.
El aroma de un perfume conocido que regresaba con el viento.
Así hablaban los muertos a través de ella.
Con el paso de los siglos, los hombres comenzaron a notar que cuando una abubilla aparecía cerca de una casa afligida, algo bueno ocurría poco después: un hijo regresaba de tierras lejanas, una enfermedad cedía, una decisión encontraba claridad, un corazón herido recuperaba su paz.
Por eso se decía que la abubilla no traía la buena fortuna, sino que la anunciaba.
Era la mensajera de un bien que ya estaba en camino.
Pero la leyenda cuenta algo más profundo: se dice que cada vez que una persona abandona este mundo, su último suspiro se transforma en una diminuta chispa dorada, y que las abubillas recogen esas chispas con el pico para llevarlas más allá del velo, para que así ningún alma llegue sola a la tierra de los ancestros.
Y cuando alguien, entre los vivos, recuerda con amor a quien ha partido, una de esas chispas vuelve a encenderse.
Entonces una abubilla emprende el viaje contrario. Cruza los senderos secretos. Desciende entre los olivos, los campos y las montañas. Y se posa cerca de aquel que recuerda. No para hablar. No para ser vista necesariamente. Sino para abrir durante un instante el umbral con su vuelo. Y la abubilla se convierte en confidente, en compañera, en esperanza…
En ese breve momento, dicen los sabios, los vivos y los muertos vuelven a encontrarse en el lugar donde nunca estuvieron separados: el corazón.
Por eso, en muchas tierras antiguas, cuando una abubilla aparece sola al amanecer, nadie la ahuyenta. Se guarda silencio. Se inclina la cabeza. Y se escucha. Porque quizá no sea simplemente un ave. Quizá sea una viajera entre dos mundos. Quizá traiga una noticia bendita desde lugares donde la muerte no es un final, sino una puerta.
Y quizá, en el leve abrir de su corona dorada, resplandezca todavía el recuerdo de aquel primer amanecer…
Una leyenda creada por Lucía Abellán Cabrera.














