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jueves, 5 de febrero de 2026

LA TRENZA DE LA MEMORIA

XX MARCHA DE LA DESBANDÁ. 

En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.

´Cartel de la marcha

Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.

Nos sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.

La llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.

Mi abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos invisibles.

A veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas- echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué esperaba?

Temíamos que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.

Corriendo el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de la calle queriendo volver a “su casa”.

Después fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.

Achaqué aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una entrevista y empezó a ser la comidilla  del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones. Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.

¿Vendrían a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.

Yo sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios. Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.

Con nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un abrazo estrujao y se preocupaba de que no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí, no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.

 

En febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas costas durante la Guerra Civil.

Yo prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.

Conforme fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar desconsolada.

Sentí que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta, en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.  

Lo que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida como La Desbandá.

Aquella tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y con un hilito de voz comenzó su relató.

Nos contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca regresó- le embargaba una enorme tristeza.

Se me quedó el corazón extraviado.

Mi abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.

Sé que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar para siempre.

Días después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.

Por eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.

Tal vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por fin con ellos.

  

 

  

      

 

 

domingo, 5 de octubre de 2025

Eso no se hace


María Ortiz

Tiempo de espera, tiempo detenido de palmas, palmitas y cinco lobitos. Mamá, no quiero más sopa si no me la traes en avión y dile al Coco que no venga a buscarme que ya me duermo sola. A la nana, nanita nana, nanita ea, mi niña tiene sueño, bendito sea. Aplaude la familia mis primeros pasos agarrada al filo de los muebles. Todo es descubrimiento. Tantos hermanos para jugar. Pilar me deja su cuna, su biberón y su espacio junto a la cama de mis padres. Miro y aprendo las primeras normas…

¡Eso no se toca!
 
Los primeros juegos con los primos y las primeras travesuras. Me encanta correr por el campo, subirme al trillo y saltar desde las pacas de paja. Mamá, ¡me pica todo! Qué sabrosas las brevas de la higuera. Ya tengo quince cromos. Mi hermano me ha roto mi preciosa muñeca de porcelana. Lloro desconsolada. Por mucho que me lo repitan: el patio de mi casa no es particular. No quiero jugar más al corro de la patata, prefiero que me cuentes un cuento, no el de las asaúras no, que me asusta pero a la vez me encanta.
¡Eso no se hace!
 
De la mano a mi primera escuela con mi primer babero. “¡Calladita estás más guapa!”. A rezar como una niña buena: «Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro hermanitos que me esperaban...». Así no es, “Vamos a contar mentiras”, esa canción me gusta mucho. Papá saca el coche y nos lleva al campo con la tortilla de patatas y los filetes empanaos. Hacemos cabañas con ramas. Jugamos al escondite inglés. “Esto era un rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las echó cuesta abajo”. No, ese no, cuéntame mejor el cuento del “Gallo pelao”. 
¡Eso no se dice!
 
Nos vamos a la ciudad, atrás se quedan los abuelos en el pueblo. Nueva escuela, nuevos uniformes grisáceos. Domingos de misa obligatoria. Mamá, ¡me aburro! No se dice me aburro, se dice orina caballo. Papá compra el periódico para él y los tebeos para nosotros. Se hace una espera agradable. Me pido leerlos la prime. Me gusta sobre todo “la familia Ulises”. Sábados por la tarde recorridos mágicos con el tranvía, nos vamos a Dúrcal, a Dílar… Descubrimos los pueblos de los alrededores de Granada con meriendas de pan y chocolate. Mamá nos contagia su pasión por el campo, silbatos con hojas, barcos de juncos; la diferencia entre la retama y la gayumba; el sabor del pan y quesico y el dulzor de la madreselva.      
¡Eso no se cuenta!      
 
Primeros cursos en aquel enorme colegio lleno de niñas que no saben pronunciar la jota. Flores, dice la monja, repite delante de toda la clase: Jaime, baja la jícara, la jaula y el botijo. ¡Qué tontería! No soy un monito de feria. Mis primeras mejores amigas. Mis primeros libros. Encontrar el escondite perfecto para entregarme a mi mayor pasión que saca de quicio a mi madre: la lectura. Tebeos de Tintín; Matilde, Perico y Periquín; novelas ejemplares... Después llegarían las de aventuras de Enid Blynton,  releídas cada verano —aún descansan en la estantería de mi casa—. “¡Quisiera ser tan alta como la luna!”. Música de zarzuela para desayunar. Rezar, rezar, rezar… Aburridos rosarios diarios. ¿Cuántas misas?, qué lejos se iba mi mente con tanto mantra soporífero. ¡Al pueblo, nos vamos al pueblo! Visitas al despacho de mi padre. Cuando te sientes, las rodillas cerraditas. ¡No, a los árboles no te puedes subir!
¡Eso no es de niñas!
 
Crecer, espejo que muestra lo que la ropa camufla. “Cinco semanas en globo”, me gusta Julio Verne aunque me salto tanta descripción. Leo las primeras novelitas rosas.  De la biblioteca de papá solo me quedan por leer los libros cristianos o los prohibidos; El diario de Daniel, El diario de Ana María… Un libro para los chicos y otro para las chicas. No aclaran ninguno de ellos los líos que pasan, a esta edad, por el cuerpo y por la cabeza. Para más confusión, en el manual “Pureza y hermosura”, la religión censura aún más cada acto cotidiano. Escribo mi primer diario y mi primera obra de teatro. También mi primera novela colectiva en el patio del colegio durante los recreos. Me fascina Agatha Christie. Consigo mi primera guitarra y canto de María Ortiz “Mi amiga Catalina”.
¡Eso no se mira!
 
Ropa censurada, “Burda” censurada, palabras censuradas, conversaciones censuradas. El instituto llega a mi vida como un torbellino, clases mixtas, risas contenidas, pandillas de excursiones domingueras en el tranvía de la sierra. El aire empieza a oler a nuevo. Cantos con la guitarra en maravillosas tardes de amigos. “En la mesa se habla de flores y de amores”. El rosario diario se hace cada vez más odioso. Surgen las mentiras necesarias para justificar las salidas con los amigos, con la pandilla o con el primer amor. “Tú no puedes volver atrás” palabras escritas para mí. Visito Cabo de Gata y leo “Campos de Níjar”, fiel reflejo de aquella tierra por extraño que parezca. El teatro, una nueva pasión que llega a mi vida y la hace su centro. Sería la más joven de la compañía haciendo el papel de la más mayor en “Doña Rosita la soltera”. Me inundo de poesía: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”, recital que presentamos de Miguel Alarcón “Palabras de amor y muerte”.
¡Eso no se discute!
 
Universidad, reuniones clandestinas en fines de semana con consignas surrealistas. Panfletos escondidos, libros prohibidos que se compran bajo el mostrador de la librería Alarcón después de decir una palabra clave… Emoción y a la vez miedo. Paco Ibáñez nos sacude en el Crucero del Hospital Real, “¡A la calle que ya es hora!”. Vivaldi,  Mozart y otros músicos, irrumpen en casa gracias a mi hermano mayor y se llenan las habitaciones con los ecos de “La consagración de la primavera”. Canción folk, canción protesta, cantautores… los Beatles, Miguel Ríos,  cada hermano aporta sus gustos musicales. Pachanga con el dúo dinámico y tardes de guateques. Canta Joan Báez “El preso número nueve”, Quilapayún nos pide que “Unamos todas las manos” y rompamos todas las murallas, Raimon nos acerca “La cara al vent”.
Eso sí se puede.
 
Primer trabajo, primera casa propia, primera escuela. Compromiso político, pedagógico. Libros y más libros de amigos o de bibliotecas. “Muerto el perro se acabó la rabia”, brindamos por los tiempos que vienen, lloramos por los que no están. Irrumpen las voces del pueblo, ¡A la calle! ¡A la calle!, “¡El pueblo unido jamás será vencido”, “Libertad, ¿por qué sin ira?”…Trabajo, reuniones y más reuniones. ¿Esto es la democracia? Formar parte de la Asociación de vecinos del Zaidín, las fiestas. Luchar para recuperar los derechos que se perdieron. Queda tanto por hacer. Optimismo y alegría, mucha alegría, “Perquè el temps està canviant”.
¡ESO SÍ!

 

lunes, 3 de febrero de 2025

EL BLOG DE SARA

 


4 de noviembre 2021  

Hace mucho tiempo que no paso por aquí y la verdad es que lo que ha ocurrido hoy en el instituto no puedo dejar de contároslo.

El caso es que teníamos una actividad organizada por la profesora de francés, se trataba de la presentación del libro “La route à bout de bras”, la verdad es que no me gustan nada las presentaciones de libros, siempre suelen resultar tremendamente aburridas y eso que a mí me gusta mucho leer.

En la mesa, aparte de Marisa nuestra profe, estaba un muchacho africano con la piel muy negra, grueso, cabello rizado y ojos castaños. Ha habido un murmullo general de sorpresa cuando hemos entrado en la sala.

Marisa ha iniciado las correspondientes presentaciones y nos ha explicado que la charla se llevaría a cabo en francés, y para que todo el mundo entendiera se iba a ver un Powert Point con las explicaciones en castellano. El murmullo en ese momento ha pasado casi a ser un rugido y Marisa nos ha mirado con aire feroz, ese que se le pone cuando quiere echarnos de clase.

A mí, el francés me gusta mucho pero no estoy tan preparada como para seguir una charla, así que me despanzurré en la silla dispuesta a distraerme como fuera. Bueno, me estoy enrollando demasiado, voy a lo importante. Cuando el chico negro ha comenzado a hablar se le entendía perfectamente y esto ya me ha levantado el ánimo.

Ha empezado de una manera muy original pues nos ha dicho: perdonad que no me levante,-  luego le ha pedido a Marisa que retirará la mesa, entonces sí que ha sido una sorpresa increíble, Mamadou, que es como se llama el conferenciante, va en silla de ruedas. Todos nos hemos quedado alucinados, se han levantado cuchicheos de todo tipo y yo he pensado: negro, africano, emigrante y encima discapacitado, ¡madre mía!…Ya es tener mala suerte.

Él ha vuelto a repetir: seguro, perdonáis que no me levante- y ha sonreído, ha sonreído con una sonrisa enorme y nosotros hemos sonreído con él. Se ha hecho un silencio increíble. Y ha continuado: bueno esta es mi condición, os preguntareis qué hago aquí, vengo a contaros mi viaje, mi viaje como emigrante, huido de un país con hambre, con falta de libertades, donde se nos discrimina por pertenecer a unas determinadas etnias y mi minusvalía,   producida por la polio, también es un motivo más de aislamiento y abandono.  No, no es lo peor del mundo- añadió.

Sinceramente he admirado su capacidad de reacción. A mi lado mis compañeras, mis mejores amigas, empezaron a decir tonterías por lo bajini y las callé de forma tajante. La charla me estaba resultando además de impactante, tremendamente interesante. ¿Se puede tener una aventura en un viaje como el suyo y se puede aun seguir sonriendo?

Mamadou nos ha contado su viaje desde Conakry, capital de Guinea, y nos ha presentado su libro. Él, no lo ha escrito, es lo primero que nos dijo. El libro ha sido escrito por medio del  móvil. Me ha parecido increíble escribir un libro por medio de un móvil, ¡nunca se me hubiera ocurrido! Nos contó que conoció en un centro de acogida a su llegada a Francia, a Elizabeth una señora Suiza y con ella inició una correspondencia de audio.

Nos aclaró que aprendió a escribir en francés en la escuela coránica mientras pedía limosna por la calle siendo un niño, pero que aún  no tenía suficiente dominio de esta lengua.

 

Imaginé a Mamadou, en  un barrio de Conakry, pequeño, tullido, extendiendo la mano para pedir limosna, arrastrando  sus piernas inútiles y sentí mucho frío.

2 años pasaron desde que inició su viaje; 2 años de penalidades, conflictos, dificultades, situaciones de hambre, miedo, miseria, muerte, solidaridad a veces, y mucha tristeza.

Lo más curioso es que su condición de minusválido fue la que en muchos momentos le salvó la vida, no tuvo que trabajar en los campos de trabajo, no le pegaron como a otros, le subían el primero a los barcos. ¡Qué curioso! lo que en otras situaciones te mata a él le había salvado.

Nos confesó que la silla y  las muletas que había conseguido en su país tuvo que abandonarlas, sabía muy bien que con ellas hubiera sido imposible avanzar por el mar o por el desierto. Él simplemente se arrastraba.

Elizabeth y él escribieron juntos el libro. Bueno, dice que ha sido ella la que ha mantenido y ha sujetado la pluma, él ha sido la voz. Lo han hecho en forma de abecedario; por cada letra  un párrafo y en cada párrafo un fragmento de su historia, de su vida, de su infancia, de las miserias y las alegrías de su viaje.

Está actualmente en un Centro de Internamiento en Francia cerca de nuestra frontera, pero lo quieren mandar de nuevo a Italia.  Sigue en espera de que un día pueda moverse entre fronteras y circular libremente por Europa.

Nos confiesa, que sale del Centro dónde vive, con permisos especiales, para dar charlas en los institutos cercanos, para traernos el tema de la emigración, para que seamos más abiertos a otra gente y a otras condiciones de vida.

Dice que cada vez se siente un orador más capaz e importante, y volvió a reírse, y nosotros nos reímos con él.

Nos dijo que tal vez un día escriba un libro aún más largo y con más detalles y esta vez lo hará solo. Que cada día  anima a muchos de sus compañeros emigrantes que viven con él  a escribir, a contar las historias de sus vidas, para que se conozcan, para que no se pierdan, para que no mueran como tantos que un día iniciaron un viaje y nunca llegaron a ninguna parte.

La charla me ha parecido hasta corta. ¡Qué interesante, qué trágico, qué maravilla, qué sorpresa, qué dolor! de pronto el francés se me ha convertido en una lengua viva, tan viva, que estoy dispuesta a empaparme todas las lecturas que Marisa mande y por supuesto comprarme este libro y leerlo una y otra vez.

También ha recalcado que, cuando escribe a su país o habla por teléfono con algún familiar de los pocos que le quedan, los desanima en su idea de viajar y abandonar lo conocido, les explica que en otros países no van a tener una vida mejor. A él le llenaron la cabeza de que en Europa le operarían, caminaría y tendría un trabajo, no es así como él lo ha vivido.

Dice que el día que se sintió más feliz, después de meses, fue cuando entre todos los voluntarios de un centro de acogida le hicieron el regalo de una silla con motor, de pronto sintió que podía moverse con más  libertad, salió corriendo por la puerta y casi se estrella por la calle. Qué gritaba y gritaba y reía muy fuerte para que nadie se diera cuenta de que estaba llorando. Está tan acostumbrado a ver el mundo desde su sillón y a moverse con la fuerza de sus brazos.

También hablaba emocionado de aquellas muestras de solidaridad y de amistad que ha recogido a lo largo del camino; de todas esas manos que le apoyaron, le ayudaron con los papeles, le acogieron en su casa, le llevaron ropa y en definitiva fueron la compensación por otras miradas y otros desprecios que recibió ante su condición de emigrante y discapacitado.

Cómo se nos acababa la hora apenas hemos tenido tiempo de preguntar nada. Ha terminado contándonos que su solicitud como refugiado está en medio de una maraña de papeles. Lo más terrible, dice, es que incluso cuando lo obtenga no podrá tener un  trabajo fijo.

Cuando he salido de la charla he pensado en todas las tonterías que tenemos en la cabeza y en todas esas cosas que nos parecen problemas y en realidad son estupideces, como diría mi padre.

No quiero alargarme más que vais a acabar aburridos. Deciros que mi profe Marisa ha leído este texto y me ha propuesto para que lo publiquen en la web del instituto,  os dejo el enlace https://agora.xtec.cat/iespereborrellpuigcerda.

¡Eso sí!, me ha dicho que tengo que pulirlo y sobre todo corregir los términos políticamente incorrectos.

 

¡Qué sociedad más hipócrita que nos pide que miremos con lupa las palabras y luego abandonemos a la gente en las fronteras en las condiciones en las que vienen!

 

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Datos extraídos del libro “La route à bout de bras” Mamadou Sow, palabras recogidas por Elisabeth Zurbriggen. Julio 2020. 

Teresa Flores

 

martes, 5 de diciembre de 2023

LO CONSIGUIÓ EL AMOR

 Mi abuelo Rafael fue el padre de mi padre. 

Foto del archivo familiar
 

Nació en Córdoba en 1883, fue bautizado por sus amantísimos padres en la Parroquia de San Salvador y Santo Domingo. Iglesia cercana al domicilio familiar  en la calle Letrados, hoy Conde de Cárdenas.

Su primera infancia fue tranquila y alegre. Mostrando desde pequeño una gran afición por los toros y los caballos. De hecho uno de los primeros regalos que recibió, por parte de su padre, fue una preciosa jaquita blanca de recia constitución, con la que se paseaba orgulloso por la Alameda.

Como acontecía que mi bisabuelo trabajara de sastre en la maestranza, le confeccionó a la criatura, un traje de flamenco azul marino, compuesto de chaquetilla corta, pantalón estrecho y fajín granate, que complementó con un gracioso sombrerito calañés. Vestido de esta guisa y a la tierna edad de once años, debutó el 14 de octubre de 1.894 en la plaza de toros de "Los Tejares", “pidiendo las laves” en términos taurinos, en un festival de Toretes y Cintas, organizado por la Sociedad La Cruz Roja de Córdoba.

Dicho acto quedó reflejado en una foto, a doble folio, debidamente enmarcada que lució durante varios años, en diversas    exposiciones sobre temas antiguos de la tauromaquia, en el Circulo de la Amistad de la ciudad.

Por un azar del destino, se cuenta que a esta fiesta, en la que Rafalín hacía su debut en el mundo taurino, asistió Pilar entre cientos de personas, en compañía de una de sus hermanas y de su institutriz. A dicha niña, de siete años de edad, quien por azares del destino años más tarde, pasaría a ser mi abuela, también se la puede vislumbrar en un extremo de dicha foto, sonriente y tocada con un coqueto sombrerito.

Entre lances, caballitos y paseos por el campo acompañando a sus padres y familiares, transcurrió la acomodada infancia de mi abuelo.

Debió ser buen estudiante, pues pudo matricularse sin dificultad en el Instituto de Enseñanza Media Luis de Góngora, situado en la Plaza de las Tendillas. Centro de reconocido prestigio, fundado por los Jesuitas en 1577, situado a escasos doscientos metros del domicilio familiar.

Una vez terminado el bachillerato inició la Licenciatura  de Derecho en Sevilla, ya que en aquella época no había facultades universitarias en Córdoba.

En la familia se recuerda la anécdota, de que en una de sus primeras actuaciones como abogado, le correspondió defender a un gitano que se había "merendado a un cristiano” y corría la suerte de ser ajusticiado.  Rafael, lo defendió con tan meritorios discursos que salvó al infeliz del garrote vil, hecho muy comentado por la ciudadanía cordobesa, que admiró con entusiasmo la valía de aquel muchacho, así como el detalle añadido, de que el bisabuelo lo tuvo que vestir de largo para tal ocasión, ya que todavía usaba pantalón corto.

Su juventud transcurre feliz, entre el estudio y el ocio, alternando con jóvenes de conocidas familias cordobesas, siendo socio del Circulo de la Amistad, Liceo Artístico y Literario al igual que su padre. Se piensa que en uno de aquellos "saraos" conoció, esta vez de verdad, a la que sería mi abuela Pilar, que rápidamente se prendó de aquel simpático muchacho, locuaz, de risa fácil y de ojos hermosos.

Para desilusión de los jóvenes, mi otro bisabuelo Nicolás, que era de armas tomar y experto en el manejo del florete y las artes marciales,  puso el grito en el cielo ante este incipiente romance, considerando que ese picapleitos no alcanzaba la categoría que merecía su delicada hija y  prohibió la relación, por lo que a partir de ese momento la pareja mantuvo sus encuentros en la más absoluta  clandestinidad.

Mi abuelo Rafael, a la grupa de su caballo acudía, cada tarde, como un reloj a "pelar la pava"' a una de las ventanas de la casa  de su joven amor, con la complicidad de un "confidente" que ante cualquier presencia inoportuna, encendía una bengala para que el muchacho  picara espuelas y se alejara a la mayor velocidad posible de la tormenta.

Pasaron los meses y ocurrió, que Pilar  cayó seriamente enferma y por más galenos que la visitaron y que la familia consultó, ninguno encontró la solución ni el remedio al mal de la joven y aquí surgió lo inesperado; un eminente médico muy celebrado, tanto en Córdoba como fuera de ella, amigo personal de mi bisabuelo, le sugirió que tal vez “el amor” tuviera la medicina mágica para rehabilitar la salud de la frágil muchacha y, sucedió la magia.

El joven Rafael, al tanto de la situación de su amada, apesadumbrado y afligido, acudía diariamente a preguntar al mayordomo de don Nicolás cómo se encontraba la señorita Pilar. Para su sorpresa uno de aquellos días, fue mi bisabuelo quien salió a recibirlo y con lágrimas en los ojos le dijo, pasa a verla y, aquello que no arregló la ciencia, lo consiguió el amor.

Sanó la enferma y se formalizaron por fin, las relaciones.

Y así fue como en el año 1.913 Rafael y  Pilar se casaron y comenzaron otras nuevas historias…

 

 

lunes, 4 de diciembre de 2023

LLEGÓ TARDE

 


Llegó tarde como aquel otoño del año 23 que se resistía a dorarse. Desde el primer día, el primer anhelo, la primera sonrisa, la nena llegó tarde. Hija de una madre añosa cercana a los cincuenta, padre ausente y futuro incierto, decidió llegar tarde hasta a su propia historia. Tal vez, supo desde la placenta, que medio mundo andaba en guerra y que en menos de un siglo quizás, el planeta dejaría de existir. El caso es, que hasta a su propio nacimiento, Luna llegó tarde.

Se hizo esperar treinta y ocho largas horas, para acabar siendo extraída gracias a una cesárea, urgente, que no comprometiera aun más su existencia.

Llegó tarde al primer lamento, al primer abrazo y llegó tan tarde al pecho de su madre que tuvo que criarse entre biberones.

Parecía que su sino sería el ser extraña, diferente, anómala, otra… Criatura delicada de ojos negros y enormes que miraban, ingenuamente miraban.

Entre exámenes, revisiones y batas de hospital, llegó tarde también a sus primeros gorjeos, sus primeros pasos, su primera palabra, hasta que un día su madre cansada de tanta peregrinación absurda, decidió que esta criatura era sencillamente un ser distinto y como tal había que aceptarla.

Desde ese instante la bebé emprendió la vida plácida que había elegido: confiada, paciente, tranquila, callada, mirada cercana de ojos desmayados, insondables y a la vez presentes.

Poco a poco Luna se fue incorporando al mundo de otras criaturas, siempre a su ritmo, con su calma innata, su liviandad en el gesto, como queriendo en todo momento relajar cada inocente movimiento. Gateó, caminó, habló… siempre más tarde que los demás pero en definitiva, a su ritmo.

En la escuela se ausentaba en sus juegos, tranquila como el mar en calma. Si alguien ocupaba su burbuja personal, ella livianamente se retiraba, no mucho, lo suficiente como para concederle un amable hueco, siempre con el mismo gesto entre complaciente y comedido.

No fue hasta los ocho años que no descubrieron su capacidad innata de expresión. Cuando Pablo, su profesor de plástica, le puso en las manos una caja de ceras brillantes y un enorme espacio de papel. Luna, tímida al principio, se llenó los ojos de lápices, los acarició varias veces desde la punta a la base, se los acercó a la cara, los olió con complacencia como si de aromáticas papayas se tratase, se manchó cada uno de los dedos y después de este exhaustivo reconocimiento, trazó un ligero vuelo azul en la inmaculada superficie de la hoja…

Pasaron dos maravillosas horas en que la niña Luna, sumergida en su particular mundo de color, saturó el inmenso mar de papel hasta que no quedó libre ni un solo centímetro. Había descubierto su excepcional universo.

jueves, 26 de enero de 2023

UNA BIBLIOTECA ESPECIAL

 En Mayo de 1987 nació mi hija Clara en un hospital de Ginebra. En esos años vivíamos en esa ciudad y yo trabajaba como profesora de Lengua y Cultura para los hijos e hijas de las familias emigrantes españolas. Era un trabajo interesante y me permitió conocer las maravillas de un país como Suiza.

Regalo de la clase de infantil de la escuela de Livron con motivo del nacimiento de Clara

Tuve la suerte de conocer a Elisabeth Zurbriggen, que coordinaba la biblioteca intercultural de la Escuela de Livron, en la que en por aquel entonces asistían alumnos y alumnas de treinta y cuatro nacionalidades diferentes, vamos una torre de Babel, yo señalaba que a veces lo más extraño era encontrar una criatura cuyos dos progenitores fueran de origen suizo.

El Ministerio de Educación de este país se preocupaba mucho por la presencia de los emigrantes, aunque no entro sobre cuales fueron su verdaderos intereses si tengo que señalar que sentaron las bases de una política educativa muy interesante, que iba desde las clases de refuerzo, hasta la existencia de estas bibliotecas en las que había libros en todas las lenguas presentes en una escuela. 

Elisabeth, llevaba a cabo un trabajo interesantísimo, pues facilitaba la participación de las familias, que con ayuda de libros contaban a las clases cuentos en sus diferentes lenguas maternas, dando así un ejemplo de cómo la diversidad enriquece a la sociedad.

Nada más ponernos en contacto, me convertí en una fiel colaboradora suya y de su biblioteca, y no era raro que pasara por allí, cada cierto tiempo, a contar cuentos en español, incluso grabara relatos en  cintas de cassettes que luego el alumnado  podía llevar a casa.

Durante los cinco años que estuve viviendo en este país además de mantener una buena colaboración surgió una gran amistad que nos hace que a pesar de los años sigamos refrescando.

Tengo que agradecerle que me enseñara a trabajar con los libros de otra manera, a sacar de ellos temas, divertimentos, juegos, creaciones y que afianzara en mí el gusto por hacerme una verdadera CUENTACUENTOS.

El otro día entre mis papeles, que son muchos, apareció este precioso poster que he fotografiado. Su tamaño es de sesenta centímetros por cuarenta y está realizado por una clase de infantil  a la que más de una vez tuve la oportunidad de contarle cuentos.
 
Fue el regalo que Elisabeth me aportó al hospital cuando nació mi peque.
Detrás estaba escrito:


Querida Teresa;
te damos estos dibujos para el bebé. 
Nos gustaría que vinieras un dia a enseñárnoslo 
cuando ya no llore.
¿Es alegre cómo tu?
Te enviamos besos enormes 
y también a Clara y para su papá.
¡Hasta pronto!

La clase de Ariane
  
Me encantó ese regalo, cada criatura había hecho un sencillo dibujo en un rectángulo de seis por cuatro y  fue luego la maestra la que se dio el trabajazo de colocarlos de forma equilibrada y perfecta.

Estuvo expuesto en el cuarto de Clara  durante muchos años hasta que llegó el momento de que eligiera otras decoraciones y pasó al armario de los recuerdos.
Hoy quería recordar que gracias a Elisabeth conozco todo lo que sé de cuentos y que después de 35 años sigo contando.
He recuperado los dibujos delineando los contornos con un rotulador fino.. os puedo decir que hay 25 pequeñas historias ahí reflejadas que si las miro bien de un momento a otro empezarán a hablar.


detalle

    

 



jueves, 1 de diciembre de 2022

EL SOFÁ VOLADOR

 


Ahí va la maestra, es la segunda vez que la veo pasar esta semana. Va como una loca. Según dicen está haciendo  traslado, ¿dejará el pueblo?, lástima, una muchacha trabajadora y consecuente, los niños la quieren mucho. En fin mi Juan ya está en la universidad y a mi poco me atañe, pero da pena que la gente buena se acabe yendo a otros lugares, da pena.

-¡Lucera, deja de incordiar!

Vaya día que hace hoy, ni una nube y un calor como de verano, si van a acabar teniendo razón con que nos hemos cargado el planeta. Yo con mis cabritas lo tengo cada día más difícil, apenas hay pasto y eso que  no son muchos animales los que tengo, justo para nuestros quesos bio y esas cosas por las que se chifla la gente de ahora.

Que tranquilidad, ni siquiera hay mucho tráfico por la carretera que trascurre a mis pies.

-¡Lucera qué dejes ya de incordiar! Joer con esta cabra cada vez más vieja y más atravesá.

Ahí  va de nuevo la maestra y esta vez ha echado nada, más y nada menos, que un sofá encima del coche, sin baca ni nada, josús, cualquier día va a tener una seria. Pero si lo ha agarrao con unas sogas, madre mía, qué locura. Parece que va con alguien. A ese no lo conozco, el marido desde luego no es, que  lo tengo bien visto, no es como ella, es como más estirao, apenas se habla con nadie, sus peliculillas en casa con sus amigos y deja de contar. Menos mal que es profe de otro pueblo.

Cielos, anda lo que ha pasado, si han perdió el sofá justo en la curva y el mueble ha salido volando. Claro va conduciendo el muchacho y ha seguido con la misma velocidad que llevaba, se nota que no conoce bien la carretera.

-¡El sofá! ¡Eh! ¡El sofá!

Han seguido su ruta y ni se han enterao.

Si a mí me da igual. Por dios es de risa, el sofá atravesao en medio de la carretera. Si ahora llega un coche así de repente, se lo come.

Vaya mañana divertida que estoy pasando, es como ver un teatro desde la platea. Mi Yovana no se lo va a creer cuando se lo cuente.

Ostras, llega un coche. Esto se merece verlo de cerca, pero apartaillo, como suelo hacerlo todo. Medio escondido detrás del chaparro, que yo no me mezclo en lo que pasa o deja de pasar. Pero, qué hago, ¿les aviso?

Uf, que susto he pasado. El vehículo venía tranquilo y ha podido sortear el mueble.

Son el boticario y su hermana. Mira que es guapa esa mujer, pero más seca que ná, esta ajamoná o amojamá, todo el pueblo lo comenta.

Se han bajado del coche y como si fuera lo más natural  del mundo han colocao el sofá en el costado de la carretera, muy bien puesto, muy derechito, como si fuera una parada de tranvía. Qué risa por dios. Le falta la marquesina para que parezca la entrada a un palacio. He estado por sacarle una foto.

Resulta tan divertido, el campo seco como está estos meses, solo la retama y algunos abrojos y allí en medio del arcén, recolocaito,  el sofá amarillo rabioso de cuadros azules.

Qué comodidad irradiaba. Me he movido inquieto en la piedra plana que es mi habitual atalaya con ganas de haberme acercado a echarme una siesta en él o leer el libro que me he traído.

-¡Josús Lucera, otra vez!, Raimonde viejo perro tráetela pacá, y muérdele un anca si hace falta.

Qué alto he llegado, todo el mundo me lo dice con sorna, y sí que es verdad, qué alto he llegado, más alto que todos los que estudiaron conmigo y se fueron del pueblo  a Alemania o Francia y luego volvieron chapurreando extraño y con esos aires de grandeza. Yo estoy aquí por decisión, dejé mi trabajo en aquella oficina de Barcelona, porque me asfixiaba  y compré la casa de piedra del tío Pascual, a la que siempre le había tenido ganas, la casa con su huertecilla y su corralón, con el suficiente espacio para una docena de cabras y los aperos necesarios.

Se acabaron los agobios y el estrés, la tierra y  el aire que respiro son míos, ocupo mi espacio y mi horario a mi gusto y disfruto de esta divertida situación esta particular mañana de sábado.

¿Volverá la maestra a por el sofá?,  ha pasado media hora y no se ha percatado de haberlo perdido. Que divertido resulta. No tengo mucha confianza con ella, pero no pararé hasta bromearle personalmente y contarlo, con sorna, en todo el pueblo. El sofá volando y ahora ahí, en el arcén esperando un espectador que lo ocupe.

Los coches ralentizan al pasar asombrados. Qué hago si alguien para y se lo lleva.

-¡Raimonde, cuidao con la nueva!, ¡hi,ha!… vamos, tráela pacá.

Mira que el nombre que le puse al perro, claro tantas canciones de Raimon que escuchaba mi padre, Al vent, la cara al vent, eso y que mi Yovana es muy juerguista y muy catalana.

Por fin el coche rojo de la maestra ha regresado, soy espectador de primera fila de este asunto tan doméstico y divertido.

Han dado la vuelta hasta aparcar al lado del mueble. Se les han relajado las caras alarmadas que traían y  ahora, ambos, se ríen como posesos, se han sentado cómodamente en el sofá volador y siguen con carcajadas un tanto histéricas pero satisfechos de haberlo encontrado sin haber provocado un accidente.

Ahora sí que los coches enlentecen su camino al pasar y se ríen con ellos, incluso alguno se detiene, baja la ventanilla, pregunta algo y saca el móvil para plasmar el momento. Parece el fotograma de una película de Buñuel.

 -¡Vamos Lucera pa casa! Dejaste pasar tu momento.

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Lo que da de si la imaginación a partir de un suceso real...


 

 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

ALMA CÁNDIDA

Este es un relato realizado en mi taller de escritura, espero que os divierta.     

  Marisa se había encerrado en  el dormitorio de sus padres, único lugar de la casa que  contaba con llave, el santa sanctórum - como era denominado por los hijos—, lugar prohibido al que solo se entraba con permiso expreso o, como en aquella ocasión, aprovechando la ausencia de sus progenitores.

Pasó un buen rato rebuscando en el armario, de donde sacó tres vestidos, dos bolsos, una rebeca y dos pelucas que colocó con cuidado sobre la cama. En el más infinito silencio fue probándose un modelo tras otro hasta que eligió el que más le convenció. Frente al espejo de la cómoda hurgó por los cajones hasta encontrar un lápiz de labios que le convenciera para acabar  optando por un tono rojo mate. Se pintó con cierta inexperiencia debido a su escasa práctica  pues a pesar de sus diecisiete años el maquillaje era para ella un verdadero incordio por muchas recriminaciones que le hicieran, sobre el tema, sus hermanas.

De naturaleza inquieta y alegre, aprovechó la complicidad con su hermano Tomás, trece meses más joven, compañero de juegos y travesuras, para llevar aquella tarde a cabo la broma urdida durante varias semanas.

Mientras sus padres se dedicaban al rito diario de la misa en la iglesia de la Magdalena y el cafelito posterior  en el Suizo, ellos se ocupaban de prepararlo todo, conscientes de que contaban con dos horas sin apenas vigilancia.

Una vez disfrazada, y sabiendo lo trasto que era para el orden, guardó todo lo que no usó poniendo atención en colocarlo en el mismo lugar, arregló con mimo la preciosa colcha de crochet que tanto trabajo le había costado tejer a su madre y, preparada, pasó al cuarto de costura, donde Tomás le esperaba impaciente por llevar a cabo lo propuesto.

En el hogar reinaba un cierto silencio propiciado por que sus innumerables hermanos estaban ocupados en las habituales tareas de la tarde, estudios, deporte o alguna clase particular.

Royéndose las uñas, hábito que no lograba quitarse desde que era pequeña, salió impaciente de la casa por la puerta de servicio, y en el descansillo, metida ya en su papel, respiró profundamente varias veces, tal como venía practicando en el grupo de teatro al que asistía desde hacía dos años todos los sábados por la mañana. Terminó de comprobarse la ropa, se ajustó la peluca, se puso las gafas de sol que también había sustraído a su madre, sujetó el bolso tratando de esconder sus raídos dedos y llamó al timbre.

El mismo Tomás le abrió la puerta principal y con una cortesía no exenta de alguna sonrisilla, le preguntó con toda corrección y en voz suficientemente alta, por si algunos de los habitantes de la casa andaba por allí cerca, qué era lo que deseaba.

Hizo pasar a aquella extraña señora al despacho, lugar de trabajo de don Matías, el padre, un serio señor, inspector de educación, que aunque tenía su oficina en la delegación de la calle Duquesa contaba con aquella sala de muebles pesados y oscuros como refugio y biblioteca, donde, algunas veces se encerraba pretendiendo, ingenuamente, huir de la algarabía que provocaban a todas horas sus siete hijos.

Una vez regresado de su paseo entró en la habitación, diez minutos más tarde, un circunspecto don Matías con cara seria y ojos risueños, que sentándose frente a la sorpresiva visita, se dispuso a atender.

El señor inspector estaba acostumbrado a recibir personajes de la más extraña condición; gente a la que ayudaba a rellenar los papeles de una beca para su criatura, escuchar reclamaciones de una familia alterada con los resultados escolares de sus vástagos, profesores indignados ante  directores, directores indignados ante  profesores, o demandantes de materiales y fondos que nunca llegaban  y  madres, madres, como aquella, que sufrían lo indecible con el futuro incierto de su muchachada.

Lo que no le cuadraba era que aquella señora de aspecto extraño  se le hubiera presentado en su casa sin avisar y más aun a esas horas de la tarde. Pero siendo un señor bonachón como era, se dispuso con paciencia, a atender todo lo que aquella buena mujer tuviera que llorarle. Porque eso fue lo que hizo, llorarle. Le lloró con voz plañidera y tono agudo, le habló con pesar de su Ramoncín, lo buen hijo que era pero que no se juntaba con las compañías que debía, lo mal estudiante que se había vuelto, que lo iban a echar del instituto y que si lo echaban su padre lo mataba y que ella, y que ¡ay! y que ella no sabía qué hacer y que quería traérselo personalmente de una oreja a ver si Don Matías lo enderezaba…

Mientras derrochaba esta verborrea que tenía en vilo al pobre señor y que le estaba alterando su incipiente úlcera, retorcía con fruición  el pañuelito bordado o aferraba el bolso contra el pecho  como si de un salvavidas se tratase, se tiraba de los pelos que parecían salírsele de sus sitio, se reía, volvía a lloriquear hasta que comenzó con las lagrimas, lágrimas y más lágrimas y algún que otro gritito y una carcajada medio histérica, de manera que el pobre inspector no sabía ya por donde salir.

Toda esta situación se veía acompañaba por un silencio demasiado sospechoso en una casa donde a esas horas de la tarde, sus propios mastuerzos o malandrines, como solía llamarles, preparaban la mesa para la cena, acostaban a las pequeñas y se finalizaban las tareas domésticas cotidianas, con todo los ruidos y rumores que ello suponía.

Pero don Matías siempre fue un infeliz y demasiado buena persona, y no escuchaba las risas, risillas y alguna que otra carcajada suelta que llegaban desde detrás de la puerta del despacho, advertidos unos y otros de lo que allí estaba ocurriendo.

Marisa incapaz de seguir con la farsa y ante la incapacidad de que su padre la acabara reconociendo, empezó a reírse de manera franca, se retiró las gafas de sol que además eran graduadas y la estaban mareando bastante,  y  rejuveneció como por ensalmo, don Matías estupefacto del cambio pero aun ajeno a lo que ocurría le preguntó con un hilo de voz:

-¿Pero, señora, de qué se ríe?

Y ella con esa sonrisa pícara que siempre le  caracterizaba le respondió mientras se levantaba del asiento:

-Papá, por dios,  que soy tu hija Marisa.

Don Matías se quedó atónito, y más aun porque en ese momento todos los que estaban en la puerta irrumpieron en la sala a carcajadas limpia, hasta doña Pacita, puesta al corriente de la broma, también estaba allí confundida y convencida, de que el alma cándida de su marido hubiera sido capaz de continuar la conversación, sin percatarse de nada, durante horas y horas.

No se enfadó su padre con la broma, solo dijo a manera de disculpa que le había parecido reconocer el vestido, y como era de buen talante y sabía reírse de sí mismo,  le regaló a su hija de premio por su arte e ingenio cien hermosas pesetas. Lo equivalente a la paga de tres meses. Vamos, un dineral.


domingo, 3 de julio de 2022

PLASMANDO HISTORIAS A LO LARGO DE LA HISTORIA

Durante el Maratón de Cuentos de Guadalajara tuve la suerte de volver a encontrarme con Ana Griott (Ana Cristina Herreros) un referente en el arte de contar y escribir historias. 

Además recorre países diferentes recopilando historias de aquí y de allá.  

En su fb nos contaba el 1 de junio de este año, como trabajaban en el  taller de las mujeres diversas de Kolda (Senegal) que han hecho de su diferencia una razón para trabajar juntas. y nos dice : "Ellas cosen nuestros libros de tela El niño que siempre perdía el bastón, que encontraréis en Libros de las Malas Compañías"…

Hablando de este tema, le comenté la experiencia que había tenido con lo que llamábamos  "Los cuentos cosidos a mano" y quedé en enviarle la referencia de un libro que tenía en casa que se llama HISTORIAS.

Además como he encontrado cuatro libros más sobre tapices pues también han volado los títulos, a sus manos por si pueden serle de alguna ayuda en la preciosa tarea que realiza.

En el libro Historias he encontrado un tapiz que relata esta suceso histórico 

El tapiz de Bayeux siglo XII

  Las imágenes cuentan lo que ocurrió en una de la batalla de Hastings una de las más famosas de la historia. Fue la lucha entre el rey Harold de Inglaterra y Guillermo, duque de Normandía.

Hacia el final del tapiz se representa la muerte del rey Harold ya que a pesar de su valentía y el coraje que mostraron sus guerreros no pudieron con el poderosos ejercito del rey Guillermo que fue, desde su victoria, proclamado Guillermo el Conquistador.


El libro muestra además historias contadas en platos, jarrones, collages, cajitas rusas, miniaturas, recortados, estampaciones...

Un libro para no parar de aprender, crear y soprender,,, se.