jueves, 5 de febrero de 2026

LA TRENZA DE LA MEMORIA

XX MARCHA DE LA DESBANDÁ. 

En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.

´Cartel de la marcha

Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.

Nos sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.

La llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.

Mi abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos invisibles.

A veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas- echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué esperaba?

Temíamos que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.

Corriendo el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de la calle queriendo volver a “su casa”.

Después fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.

Achaqué aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una entrevista y empezó a ser la comidilla  del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones. Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.

¿Vendrían a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.

Yo sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios. Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.

Con nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un abrazo estrujao y se preocupaba de que no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí, no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.

 

En febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas costas durante la Guerra Civil.

Yo prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.

Conforme fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar desconsolada.

Sentí que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta, en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.  

Lo que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida como La Desbandá.

Aquella tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y con un hilito de voz comenzó su relató.

Nos contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca regresó- le embargaba una enorme tristeza.

Se me quedó el corazón extraviado.

Mi abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.

Sé que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar para siempre.

Días después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.

Por eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.

Tal vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por fin con ellos.