miércoles, 25 de febrero de 2026

Si los tiburones fueran hombres

 Cuento de  Bertolt Brecht

 

— Si los tiburones fueran hombres —preguntó al señor K. la hijita de su casera— ¿serían más amables con los peces pequeños?

— Seguro que sí respondió el señor K.Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar enormes cajas para los peces pequeños, y las llenaría de alimentos, tanto vegetales como animales. Se cuidarían de que el agua de las cajas se renovara continuamente y, en general, adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lesionara alguna aleta, en seguida le aplicarían un vendaje para que no se les muriera antes de tiempo. 

Para que los pececitos no se pusieran tristes, organizarían, de vez en  cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres son más sabrosos que los tristes. Por supuesto que también habría escuelas en esas grandes cajas. En ellas, los pececitos aprenderían cómo hay que nadar en las fauces de los tiburones. Necesitarían, por ejemplo, cursos de geografía para que pudieran encontrar a los grandes tiburones, que holgazanean tumbados en cualquier sitio. Lo principal sería, claro está, la formación moral de los pececitos. Les enseñarían que no hay nada más hermoso y sublime para un pececito que sacrificarse alegremente, y que todos ellos deberían tener fe en los tiburones, sobre todo cuando éstos les prometieran velar por su felicidad futura. 

Se inculcaría a los pececillos que ese futuro sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Tendrían que guardarse bien de cualquier propensión baja, materialista, egoísta y marxista, y si veían que en alguno de ellos se manifestaba algunas de estas tendencias, deberían comunicárselo enseguida a los tiburones. 

Si los tiburones fueran hombres, por supuesto que también harían guerras entre sí para conquistar cajas y pececillos extranjeros. Y enviarían a combatir a sus propios pececillos y les enseñaría que entre ellos y los pececillos de los otros tiburones hay una enorme diferencia. Pregonaría que los pececillos son mudos, como todo el mundo sabe, pero callan en lenguas muy diferentes y por eso les resulta imposible entenderse. A cada pececillo que, en la guerra, matara a unos cuentos pececillos enemigos, de los que callan en otra lengua, le impondrían una pequeña condecoración de algas marinas y le darían el título de héroe. 

Si los tiburones fueran hombres, también tendrían su arte, naturalmente. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones con gran profusión de colores, y sus fauces como auténticos vergeles en los que se podría retozar deliciosamente. En el fondo del mar, los teatros mostrarían una serie de heroicos y valerosos pececillos nadando con entusiasmo hacia las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, y precedidos por la orquesta, los pececillo se precipitaría, ensoñadores a las fauces de los tiburones, arrullados por los pensamientos más encantadores. 

También habría una religión si los tiburones fueran hombres. Enseñaría que los pececillos empiezan a vivir realmente en el vientre de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como ahora lo son. Algunos de ellos obtendrían cargos y quedarían por encima de los otros. A los que fueran un poco más grandes se les permitiría comerse a los más pequeños. Esto sería agradable para los tiburones que así podría comerse con más frecuencia bocados mayores. Y los pececillos más grandes, los que tuvieran más cargos, velarían porque reinase el orden entre los más pequeños, y llegarían a ser maestros, oficiales e ingenieros constructores de cajas. 

En una palabra, sólo surgiría una civilización en los mares si los tiburones fueran hombres.

Encontrado en: 

https://elhistoriador.com.ar/si-los-tiburones-fueran-hombres/ 


domingo, 22 de febrero de 2026

Sirenas varadas

 

Fue un flechazo de película.
Se tropezaron casi, bajando la escalera de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de  solicitarlas con un susurro, con bastante vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel. Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía, si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la actividad y acudir a la piscina a su aire.  
 
Martes y jueves, a última hora de la mañana, cuando la piscina quedaba desocupada de la marea de clases, llegaban las dos mujeres y, con toda la flema del mundo, se apropiaban de una de las calles laterales, al paso tranquilo que les permitían sus gordezuelas y poco ejercitadas piernas, para desesperación de la socorrista que veía como aquel espacio quedaba completamente invadido.
 
Curiosamente, Sonsoles y Maríasol, a pesar de haber fijado la hora,  no coincidían ni siquiera en el vestuario, una porque llegaba antes y le gustaba meterse unos minutos en el spa, para calentar, -aclaraba- la otra porque “los chorros” los dejaba para el final -para relajarse-. ¿Acuerdo tácito o vergüenza?
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable que se sentía por haberla odiado tanto y  lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja. Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba, con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al menos – le dijo-  me ayuda con algunos papeleos.
 
¿De qué hablaban en realidad? se preguntaban por la noche cada una desde la profundidad de sus camas, y ¿por qué no sabían más de la otra? Si hablaban sin cortarse de temas de salud propios o de desconocidos, si destripaban a sus vecinas, algunas primas lejanas, o cotilleaban con recochineo sobre la reina Leticia y las bodas tan bonitas que salían en el Hola. Si hasta compartían recetas y dietas milagro.  Todo, antes que centrarse en sus días a días.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que no merecía la pena mencionarlas?
 
A pesar de todo Sonsoles y Mariasol esperaban los martes y jueves como una liberación ansiada de la rutina.
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera, esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-. Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
  
Un día, comentaron la posibilidad de ir después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en un estado total de confusión y vergüenza. No volvieron a proponerlo.

 
 
 

jueves, 5 de febrero de 2026

LA TRENZA DE LA MEMORIA

XX MARCHA DE LA DESBANDÁ. 

En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.

´Cartel de la marcha

Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.

Nos sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.

La llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.

Mi abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos invisibles.

A veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas- echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué esperaba?

Temíamos que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.

Corriendo el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de la calle queriendo volver a “su casa”.

Después fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.

Achaqué aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una entrevista y empezó a ser la comidilla  del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones. Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.

¿Vendrían a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.

Yo sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios. Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.

Con nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un abrazo estrujao y se preocupaba de que no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí, no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.

 

En febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas costas durante la Guerra Civil.

Yo prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.

Conforme fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar desconsolada.

Sentí que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta, en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.  

Lo que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida como La Desbandá.

Aquella tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y con un hilito de voz comenzó su relató.

Nos contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca regresó- le embargaba una enorme tristeza.

Se me quedó el corazón extraviado.

Mi abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.

Sé que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar para siempre.

Días después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.

Por eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.

Tal vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por fin con ellos.