XX MARCHA DE LA DESBANDÁ.
En homenaje a este trágico suceso, para que no olvidemos.
| ´Cartel de la marcha |
Ahora era yo quien le trenzaba el cabello.
Nos
sentábamos en el patinillo al sol bajo la parra desnuda y, con el mismo cepillo
con el que mi abuela me peinaba cuando niña yo le iba deshaciendo sus guedejas.
La
llamaban Paca, aunque también la denominaban “la Mudita” y otras veces, las
menos, “la Recogía”. Nunca entendí el por qué de esos motes. Las contestaciones
de mi madre resultaban bastante vagas y ante mi insistencia acababa por
callarme alegando que eran cosas propias de los pueblos.
Mi
abuela era una mujer fuerte y ágil, a pesar de sus noventa años. De ojos tristemente
dulces y mirada que, a ratos se perdía en lontananza, como si todos a su lado fuéramos
invisibles.
A
veces se marchaba de casa y se iba a la era, junto a la Rambla, su atalaya
favorita para ver el mar. Desde lo alto de la loma -donde podía pasar horas-
echaba la vista hacia un lado y hacia el otro de la costa, examinando fijamente
la carretera principal como quien espera la llegada de algo importante ¿Qué
esperaba?
Temíamos
que un día tuviera una mala caída y acabara en el fondo de una barranquera o se
perdiera en el laberinto de invernaderos que rodeaban el pueblo, pero siempre
regresaba, a su trote pausado, blandiendo el cayado del abuelo.
Corriendo
el tiempo empecé a percatarme de algunos cambios que se produjeron en ella: un
día me confundió con mi madre y en otro momento la encontré frente a la puerta de
la calle queriendo volver a “su casa”.
Después
fueron sucesos aislados, como cuando perseguía a una criatura que jugaba en la
plazoleta llamándole Toñito o se negaba a moverse de un banco del paseo: Vaya a
ser que vengan a buscarme, comentaba tranquila.
Achaqué
aquellos cambios a cuando un equipo de televisión había venido a hacerle una
entrevista y empezó a ser la comidilla
del pueblo. ¿Cómo era posible, si a la señora Paca no le había tocado la
lotería ni había ganado ningún concurso? se preguntaban los vecinos. Si era la
persona más sencilla del mundo. Una mujer valiente, de naturaleza callada, de
las que prefieren pasar desapercibida, poco amante de cotilleos y adulaciones.
Orgullosa de su única hija nuestra madre y de Genaro y yo, sus nietos.
¿Vendrían
a preguntarle por sus famosas “Tortas locas”?, porque sí que era verdad que era
la única persona del pueblo que sabía hacer este riquísimo dulce malagueño.
Yo
sospechaba que mi abuela Paca en su silenciosa vida, escondía muchos misterios.
Ese seguiría siendo uno de ellos y por más que le preguntamos no logramos
enterarnos hasta pasado el tiempo del objetivo de la entrevista, como siempre
nos respondía cautelosa: Mejor callar niña,… nadie sabe nunca qué paredes escuchan.
Con
nosotros era cariñosa a su manera. En algunas ocasiones nos ahogaba en un
abrazo estrujao y se preocupaba de que
no pasáramos frío, hambre o sed, mientras nos repetía incansable: Estoy aquí,
no me voy a ir, no voy a ir a ningún sitio, y con las mismas se iba a la calle
sin mirar atrás, con un abandono absoluto como aceptando lo inevitable.
En
febrero un profesor de la universidad de Almería vino al instituto a presentar
un documental, para darnos a conocer un trágico suceso que ocurrió en estas
costas durante la Guerra Civil.
Yo
prestaba poca atención contenta de librarme del latazo de la física, que tan
poco me gusta, pero aquellas escenas eran conmovedoras.
Conforme
fue avanzando la película no sé qué me pasó, de repente sentí un pálpito
extraño, el corazón se me volvió medio loco y sin poderme controlar empecé a llorar
desconsolada.
Sentí
que conocía algunos detalles que había ido recopilando casi sin darme cuenta,
en los momentos en que mi abuela comentaba frases sueltas mientras me trenzaba
el pelo o hacíamos juntas las Tortas Locas.
Lo
que yo vaticinaba se cumplió. Unos días más tarde fue ella la que acudió al
instituto a hablarnos a los segundos de bachillerato. La presentaron como una de
las pocas supervivientes de aquella penosa marcha ocurrida en febrero del 37, conocida
como La Desbandá.
Aquella
tarde, mi querida Paca, preciosa con su traje eterno de luto y en él prendida, una
biznaga de plata regalo de su marido, en el salón de actos, cogida de mi mano y
con un hilito de voz comenzó su relató.
Nos
contó que un miliciano la había encontrado, aquel invierno, con apenas nueve
años, abandonada, llena de barro, famélica y tiritando de frío, escondida entre
los retoños del único algarrobo cercano al pueblo. Que mientras las bombas
tronaban sobre sus cabezas gimoteaba aterrada y buscaba a gritos a su hermano
pequeño y a su madre. Que cuando la trajeron al pueblo tardó varias semanas en poder
decir su nombre, de donde venía y qué le había ocurrido, que la mujer que la acogió
fue para ella –desde ese día- una madre. Que recordaba una huida confusa y terriblemente
dolorosa y sobre todo, que cuando oía hablar de Málaga –ciudad a la que nunca
regresó- le embargaba una enorme tristeza.
Se
me quedó el corazón extraviado.
Mi
abuela continuó desgranando recuerdos aterradores que me hicieron comprender
mejor su silenciosa historia y quererla aún más si eso es posible.
Sé
que a muchos de mis compañeros de clase, ese día, les cambió la forma de pensar
para siempre.
Días
después fue cuando empezaron a acentuarse aún más sus desvaríos y ahora me
aferro más a su presencia antes de que se aleje definitivamente de nuestro lado.
Por
eso aprovechamos toda la familia y mientras yo le trenzo el cabello escuchamos
los recuerdos que a ratos le vienen a la cabeza sobre su primera madre, nos reímos
juntos de las anécdotas de nuestra infancia y le inventamos mil y una travesuras
a Toñito, el hermano de tres años al que nunca vio crecer.
Tal
vez un día, los dos pasen por el pueblo camino de Almería, para llevársela por
fin con ellos.