domingo, 22 de febrero de 2026

Sirenas varadas

 

Fue un flechazo de película.
Se tropezaron casi, bajando la escalera de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de  solicitarlas con un susurro, con bastante vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel. Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía, si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la actividad y acudir a la piscina a su aire.  
 
Martes y jueves, a última hora de la mañana, cuando la piscina quedaba desocupada de la marea de clases, llegaban las dos mujeres y, con toda la flema del mundo, se apropiaban de una de las calles laterales, al paso tranquilo que les permitían sus gordezuelas y poco ejercitadas piernas, para desesperación de la socorrista que veía como aquel espacio quedaba completamente invadido.
 
Curiosamente, Sonsoles y Maríasol, a pesar de haber fijado la hora,  no coincidían ni siquiera en el vestuario, una porque llegaba antes y le gustaba meterse unos minutos en el spa, para calentar, -aclaraba- la otra porque “los chorros” los dejaba para el final -para relajarse-. ¿Acuerdo tácito o vergüenza?
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable que se sentía por haberla odiado tanto y  lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja. Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba, con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al menos – le dijo-  me ayuda con algunos papeleos.
 
¿De qué hablaban en realidad? se preguntaban por la noche cada una desde la profundidad de sus camas, y ¿por qué no sabían más de la otra? Si hablaban sin cortarse de temas de salud propios o de desconocidos, si destripaban a sus vecinas, algunas primas lejanas, o cotilleaban con recochineo sobre la reina Leticia y las bodas tan bonitas que salían en el Hola. Si hasta compartían recetas y dietas milagro.  Todo, antes que centrarse en sus días a días.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que no merecía la pena mencionarlas?
 
A pesar de todo Sonsoles y Mariasol esperaban los martes y jueves como una liberación ansiada de la rutina.
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera, esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-. Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
  
Un día, comentaron la posibilidad de ir después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en un estado total de confusión y vergüenza. No volvieron a proponerlo.

 
 
 

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