Fue un flechazo de película.
Se tropezaron casi, bajando la escalera
de la piscina cubierta, sintiéndose totalmente ridículas de sus generosos
cuerpos y aquellos gorritos tan poco favorecedores. Eso fue lo que primero que constataron
Sonsoles y Mariasol en apenas veinte segundos, con aquel repaso de arriba a
abajo que se echaron, de los que acostumbran a hacer algunas mujeres.
Fue como mirarse en el espejo, ¿quién
era una y quién la otra? Y enseguida fueron conscientes de que llevaban el mismo
modelo de bañador conseguido en una de las mejores corseterías de Granada. La
única por cierto, que vendía tallas extras, no de las XL ni XXL, sino las
excepcionales, tallas que se extraen de debajo del mostrador, después de solicitarlas con un susurro, con bastante
vergüenza y con la certeza de que te las puedes probar en tu propia casa.
Llevaban un gorrito ligero de licra, de
los que no aplastan las permanentes, de color acorde con alguno de los pocos
adornos concedidos al bañador. Y eso sí, ambas lucían unos vistosos pendientes
de perlas, tamaño garbanzo. Una de ellas auténticos, la otra por el contrario, de
imitación –de los del chino- convencida de que cumplían honrosamente su papel.
Para completar el look, escarpines para evitar resbalones y labios rabiosamente
rojos.
¿Qué hacían allí aquel martes a mediodía,
si no era su sitio ni su lugar de costumbre, junto a aquella algarabía de
mujeres que cloqueaban contentas mientras ocupaban su lugar en el agua a la
espera del monitor de turno?
De partida y sin proponérselo, se cobijaron
en una de las calles menos concurridas, esperando pasar desapercibidas, superar
el trance y ver qué les deparaba la clase.
Para colmo, fue idéntico su rubor al
reconocer ante Alberto, el chaval que coordinaba la actividad, que eran las
únicas que nunca habían hecho acuadinamic y también al comprobar, pasados los
primeros cinco minutos, que les era imposible seguir el ritmo de la clase.
Después de una semana de varios aburridos
intentos por adaptarse al grupo, en la misma escalera donde se vieron por
primera vez, se presentaron- por fin- formalmente y decidieron abandonar la
actividad y acudir a la piscina a su aire.
En sus paseos “pisciniles” charlaban, charlaban tanto que después de cinco meses
de rutina sin faltar ni un solo día, las socorristas pensaban que debían de
conocer sus vidas respectivas al milímetro.
No era cierto. Sonsoles habló veladamente
de Paco, mencionó lo descontento que estaba con su trabajo y contradictoriamente
las pocas ganas que tenía de jubilarse. Obvió las barbaridades que le decía siempre
referidas a su físico y tampoco mencionó cómo la trataba. La ausencia perenne
de Martín, su único hijo, tampoco fue tema de conversación.
Mariasol relató pormenorizadamente la
muerte de su hermana ocurrida el año anterior, la única por cierto. Calló lo culpable
que se sentía por haberla odiado tanto y lo que ahora la echaba de menos. Tampoco explicó
nada sobre la maldita herencia de la preciosa casa del pueblo, que se caía de vieja.
Mencionó con cierta sorna a su única sobrina, que iba a comer a su casa los
miércoles y, el buen filete de atún freso que le compraba en el Merca 80. Pero callaba,
con vergüenza, la mala educación de la niñata que comía pendiente del móvil. Al
menos – le dijo- me ayuda con algunos
papeleos.
¿Eran tan anodinas sus propias vidas que
no merecía la pena mencionarlas?
Sonsoles se alegraba de que Paco fuera,
esos días, a comer a casa de su madre - la pobre tan mayor y tan insoportable-.
Ella con cualquier cosa se contentaba.
Mariasol recalentaba su famosa sopita de
picadillo con fideos - receta de su abuela-. Bien que se ocupaba de tener una
buena olla siempre prevista, sobre todo pensando en las cenas.
Un día, comentaron la posibilidad de ir
después de la piscina a tomar unas cervecitas juntas o quedar una tarde para ir
de compras, por aquello de variar. Ambas, nada más mencionarlo, se sumieron en
un estado total de confusión y vergüenza. No volvieron a proponerlo.
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