domingo, 28 de junio de 2026

Cada día a la misma hora

Que frío el escalón, que frío.
Mañana, sin falta, me traigo un cojín para seguir con este libro que se me está haciendo insoportable. Me va a costar un resfriado esta situación, pero no puedo evitarlo. Me escondo detrás de mi novela y espero. Cada mañana espero, desde hace cuatro meses espero. Excepto los días de mercado- que sé que no vendrá-, y también cuando llueve o cuando la pesada de mi hija se empeña en que la acompañe a la ciudad, como si no supiera que lo que quiere es que cuide de los nietos. ¿Sospecha de mis intenciones? Aunque se entrometa en lo que hago o deje de hacer, yo espero.
Paso la hoja y disimulo.
Merece la pena disimular. ¿Va a estar alguien pendiente de este viejo amante de las letras? Lo notará ella- que nunca antes me veía coger un libro-. Se percatará, acaso de mi presencia, de la regularidad diaria de mi espera. Cada día a la misma hora, atento por si pasa, por si me dedica un leve gesto, un ligero movimiento de cabeza, o bien una pequeña señal, un buen día cargado de su habitual timidez.
Acaricio la hoja y divago.
Atento, no me vaya a pasar como el otro día, que con los nervios por verla puse el libro al revés. Fue tan evidente, que el chico de la Tomasa me llamó la atención con una carcajada. No importa, tampoco creo que nadie se fije mucho en mi presencia.
Conozco perfectamente bien sus recorridos: los lunes, a la tahona, a por el pan de la semana, -una hogaza que guarda, en un paño inmaculado, dentro de su cesta-, los martes, el pescado, -la furgoneta avisa a golpes de claxon de su presencia en la plaza -. Me pregunto si serán los jureles sus preferidos o es en realidad lo único que puede permitirse. ¿Cómo saberlo?
Tendré el atrevimiento suficiente –un día- para soltar el libro y enfrentarme a ella y a mi enorme deseo de recuperarla.
Los miércoles, la eterna duda; ¿aparecerá? Unas veces sí y otras no… Nunca consigo averiguar el por qué de su ausencia. No quiero indagar entre las comadres, ni siquiera me atrevo a preguntarle a mi hermana, definitivamente no. Prefiero esperar. Esperar siempre, aunque llegue tarde, como antaño. ¿O no la esperé durante ocho años en la puerta de la escuela? Incluso la esperé cuando regresé del frente, herido y tarde a esta inútil espera.
El jueves, pasa delante de mí con la mirada baja y un paso ligeramente cantarino -Sé que va a la maldita iglesia a ayudar al sacristán con las flores y el rosario de las once-. La observo con disimulo por si lleva el traje color verde que tanto le favorece y los pendientes de perlas herencia de su madre. Levanto el libro como queriendo descansar mi vieja espalda y con ese disimulado gesto la observo sin miedo. Su falda ondea por entre sus piernas e irremediablemente me sonrojo al sentirla tan cerca. Qué bien ha envejecido, mejor que yo.
Me dirige la mirada y mi corazón casi se detiene, pero enseguida comprendo que ni siquiera me ha visto. Casi me palpo los brazos para comprobar que no soy invisible, que ya desapareció -hace mucho- el torpe Damián a quien los chicos del pueblo jamás elegían para sus juegos.
Poco a poco mi corazón se recupera del momento y doy un buen trago al carajillo que me he traído de casa, está tan fuerte que me hace toser, pero me ayuda a recomponerme.  No ha escuchado siquiera mis sonoros aspavientos. ¿Me estaré desvaneciendo, por días,  en esta lenta espera?
El viernes, soy yo el que falto, la partida de dominó –en el casino- mi único acto social de la semana. El sábado, día de compras en el mercado, cambio el libro por la cesta. No necesito muchas cosas, pero me gusta acercarme al camión de la verdura y comprar los productos frescos de la huerta de mi viejo amigo Antonio y de paso, intercambiar con él las novedades. El domingo, no salgo, no quiero verla engalanada como una novia, yendo del brazo a misa de doce con las cotillas de sus amigas. La iglesia, por mis muertos, ni pisarla.
¿Cómo ha cambiado tanto ella?, ¿qué la cambió?, la boda que hizo de emergencia, según dicen medio a escondidas, o ese apaño familiar sobre las tierras de su suegro que comentó todo el pueblo durante meses.
Vuelven al paso las semanas y sigo en  mi ronda lectora, en el frio escalón de la puerta de mi casa y en la espera. El dominó, las compras, las acelgas que dan paso a las habas y ya pronto cogerán sabor los tomates y colorearán las cerezas, y yo continúo en el mismo escalón, más viejo, más cansado, casi con la misma lectura de siempre.
La veo acercarse desde el fondo de la calle; espalda recta, orgullosa, taconeo firme, diría que con gesto hasta valiente.
Y –no sé como- presiento que hoy es el gran día, tiene que serlo, y se me eriza el vello de los brazos y un profundo escalofrío se me agarra en la nuca.  
Levanto apenas los ojos desde la infinita página del libro que no leo.
Hoy – porque puede que no haya otro día- es cuando me atreveré a hablarle.  
Me invade un terror absoluto, ¿tendremos, en realidad, algo que decirnos? Puede que nos enseñemos las fotos de nuestros nietos, hablemos sobre los hijos ausentes- huidos a la capital-, o sobre como se desarrolla nuestra vida, actual, de viudos. Tal vez nos preguntemos por los amigos que perdimos en la espera o –quizás- por aquellas viejas y dulces promesas que nunca cumplimos.  
Presiento su inminente cercanía por el ligero aroma de agua de rosas que invade mi espacio.
Aturullado me levanto con la dificultad que me permiten mis artríticas rodillas, -mientras el libro, sujeto entre mis dedos, resbala inútil contra el empedrado-. 
Por fin, de pie frente a ella, carraspeo y apenas me sale la voz del cuerpo. Tengo tanto, tanto que decir que me atabalato y logro mascullar:
-Úrsula, ¿me has perdonado?
Y su risa inmensa inunda la plaza.

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