miércoles, 12 de marzo de 2025

Amistad traidora

 Además del nombre, lo tenía todo para ser princesa: el cabello largo rubio y ligeramente ondulado, unas ligeras pecas en la nariz y los ojos claros.

Sería por eso por lo que, de todas mis compañeras de infancia, es la única que me quedó en el recuerdo.

Como vivíamos en la misma manzana yo adelantaba mi horario matutino para esperarla, cada día a la misma hora, en la puerta de su casa, para caminar juntas el corto trayecto que nos separaba de la escuela.

Teníamos nueve años, éramos compañeras de curso, soportábamos a las mismas horrendas maestras, estudiábamos los mismos libros y proveníamos de familia numerosa, pero ante ella, yo me sentía  eclipsada por una especie de fascinación amorosa. Sencillamente, la adoraba.

Aurora, era mi princesa, la que se lucía en las funciones escolares con el precioso hábito de la virgen María. Elegida por rubia, por su cabello largo y sus ojos azules. Yo, por el contrario, con mi pelito corto, lacio y escaso, color castaño y ojos avellana, debía contentarme con el papel de narradora.

¿Cómo nunca me percaté de quién era realmente la protagonista de las funciones? Mientras Aurora permanecía hierática en escena yo, en primera línea, sobre una tarima, detrás del atril, defendía una preciosa narración que a todos conmovía. Con vestido nuevo o con el arreglo realizado por la modista de uno de los trajes de mis hermanas, lucía mis mejores galas. Valiente, decidida, sin que me temblara un ápice la voz, leía convencida de que todas las miradas iban destinadas a mi querida amiga.

Su casa, tan sencilla como la nuestra, siempre me parecía diferente. Encontraba que en ella se podía reír más fuerte, sin miedo a molestar a nadie. Su madre nos recibía, siempre, con los brazos abiertos y nos ofrecía el mejor pan y chocolate. Nunca hacía falta pedir permiso para acometer los juegos más disparatados y ruidosos.

Era todo tan distinto a lo que yo estaba acostumbrada que observaba asombrada aquel caos ordenado, en que las carcajadas me sonaban más alegres, las bromas menos pesadas y el trato familiar más bullanguero y risueño.

Que la cama del que estuviera enfermo pasara a ocupar un lugar privilegiado en el salón, me parecía el colmo de los colmos. De esta forma, me aclararon, siempre estaba acompañado por unos o por otros y si no, estaba la radio, y más tarde, la televisión para hacer más soportables aquellas tediosas horas sin colegio.

Estaba habituada a penar una gripe o un resfriado adormecida en mi cama, con apenas un par de cortas visitas que, desde la  puerta, preguntaban en susurros si me iba a levantar a comer. Dicen mis hermanas que todo esto me lo he inventado y que no es verdad que en nuestra casa se viviera así la enfermedad.

¿Quién soy yo para contradecirles, acaso sufrieron ellas mis enfermedades? ¿Quién manda en el olvido o en los recuerdos de nadie?

 Puede ocurrir, tal vez, que mi princesa querida y mi mejor amiga no fuera Aurora y yo, en realidad, pasara por mi propia infancia sin enterarme.

Pero no, porque me vienen a la mente los medios días en que se nos hacían cortísimos los regresos del colegio de tantas cosas que teníamos que contarnos, como si el tiempo del recreo, los papelitos pasados en clase o los juegos de la tarde no fueran suficientes y apurábamos los minutos llegando a casa para acompañarnos de una vivienda a la otra, en un juego interminable en el que parecíamos una pareja de enamoradas incapaces de despedirnos.

Seguimos hilando durante el curso escolar, los juegos por la tarde en su casa, con paseos para hacer mandados, porque entonces en las calles no vivían los lobos y los coches eran menos veloces. Y aunque las calzadas no estaban asfaltadas, al menos las de mi barrio, siempre había mil motivos para salir a jugar y planear nuevas aventuras.

De pronto, en un momento dado, mi princesa se volvió misteriosa. Mi Aurora de cabellos rubios y ojos claros me fue enredando en una trama de la que aun no he conseguido liberarme.

Un día empezó a contarme una historia. Un relato de algo importante que su familia estaba viviendo. Estaban implicadas personas que tenían que ver con ellos pero que yo no conocía. Seguramente fue una historia con un toque morboso y prohibido que logró atraer mi atención desde el primer momento.

En cada ocasión de nuestros paseos colegiales, fue aumentando con fragmentos su devenir, como aquellos capítulos interminables que seguíamos en la cocina durante la emisión de la radionovela.

Poco a poco me fue descubriendo acontecimientos de aquella familia, para mí, desconocida.

Con toda mi inocencia fui creyéndome a pie juntillas lo que escuchaba, de tal forma que  empecé a relatárselo a mi familia. Si Aurora era capaz de atraparme con una historia ajena a mi vida, por qué no iba a ser yo la protagonista, durante la comida del medio día, relatando aquellos capítulos ya sabidos y todos los que, suponía, estaban por llegar.

Así fue como iniciamos esa transmisión.  No hicieron falta redes sociales… Aurora me mantenía en vilo y yo transmitía esa emoción a los míos.

En la puerta de su casa o en la mía se despedía  diariamente con unos puntos suspensivos…

No sé cuánto tiempo transcurrió, si fueron solo unas semanas o duraron meses. Por la calidad del recuerdo debió ser un periodo importante. Solo sé que, de repente, un día algo pasó y Aurora, mi princesa, mirándome a los ojos con una mirada fría no exenta de desafío exclamó: “Bueno, chica, lo siento, todo lo que te he estado contando hasta ahora, es una gran mentira”, y dignamente se dio media vuelta y se metió en su casa.

 Incapaz de moverme, mis sentimientos por Aurora, se hicieron añicos.

 Con qué rostro me vieron llegar a casa para que nadie preguntara por la continuación del culebrón  relatado hasta el momento. Nadie expresó una mala palabra sobre la ingrata princesa ni quiso saber más de ella o de su familia.

No volví a verla. ¿Desapareció acaso, aquel día, de mi vida? ¿De mi escuela?

Probablemente no fue nunca una princesa digna ni de su nombre, ni de un cuento malévolo de Disney.

¿Por qué de todas las compañeras que tuve en el colegio, es el recuerdo de la traición de Aurora el que más se quedó grabado en mi memoria? ¿Dónde quedaron nuestros ratos de juegos y de risas compartidas, no pesaron acaso más que sus mentiras?

La princesa desapareció del barrio, incluso de la ciudad. Tal vez sí que traspuso el largo pasillo hasta  la torre del castillo, donde la esperaba el huso mágico, se pinchó con él y durmió un sueño del que nunca nadie se molestó en despertarla.

 

 

2 comentarios:

  1. Yo conozco la historia que te contó tu princesa y no era mentira, era tan real como tu princesa. Lo que no es cierto es que la princesa fuera una princesa, era una niña como tu y como yo. Lo se porque yo jugaba con su hermana y compartía las meriendas de pan y chocolate. Esto si es real.
    Tu imaginación te lleva lejos y eso está bien, pero a veces esos países imaginarios que visitas son bastante tristes.

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  2. Jajaja.... Cada una
    tiene su percepción.

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