domingo, 25 de octubre de 2026

Noche inquieta

 Lo mejor era dejarse llevar por lo que son las costumbres, es la manera de no tener que preocuparse ni agobiarse… Así, el vaso de leche con café descafeinado que llama al sueño, la pastilla última que ayude un poco más a Morfeo, el agua, revisar la puerta de la calle -para qué  servirá tanto blindaje si la cerradura es pésima-,  apagar la tele, el libro, que no se olvide el libro. Última visita al baño. La crema para la cara, siempre olvida ponérsela a pesar de tenerla sobre el lavabo con el riesgo de que acabe en el suelo -con lo que valen estos productos-.

Llegada al dormitorio, el despertador, el camisón, las zapatillas a los pies de la cama para los levantares nocturnos y ya está. Por fin el cobijo de las sabanas de franela que impiden que la cama se enfríe en este invierno desangelado.

El sueño que llega, se arremolina a la entrada de la habitación y se adueña de ella.

De repente, a las tres de la mañana, algo la ha despertado. No han sido las ganas de ir al baño -ya por desgracia cada vez más frecuentes-. No, hay un rumor que no identifica. Un sonido de pasos, una respiración demasiado cercana. Imagina que es el gato -que ya no tiene- que vuelve a hacerle reproches desde el más allá y una sonrisa tonta distrae su preocupación.

Pero no, en la casa hay alguien más, lo presiente primero y se hace evidente después. Alguien que se mueve con pasos cautelosos, que respira con un gemido casi lastimero.

Se asusta y mucho. Respira profundo e intenta calmarse. Duda si será su hijo que se ha presentado sin avisar y no quiere despertarla. Rápidamente recuerda -con terror- que está de viaje y que es inviable. De la vecina de enfrente, que tiene su llave, descarta la posible intromisión -qué iba a hacer Antonie en su casa a estas horas de la noche-.

Su corazón se dispara a un ritmo vertiginoso. Se queda inmóvil, paralizada. Cualquier movimiento le revelaría a la persona que está en la casa que ella también lo está.

Actúa con rapidez y sin percatarse casi, ha cogido el móvil que cada noche deposita sobre la mesita. Lo desbloquea como una autómata metiéndolo bajo las sabanas para evitar cualquier atisbo de luz.

Su pensamiento -siempre tan indomable- alcanza una velocidad aterradora; se ve maniatada, golpeada… y,  haciendo un esfuerzo, se niega a vaticinar otras cosas peores. Lo primero esconderse, pero dónde hacerlo sin que se oiga nada, con la puerta del dormitorio completamente abierta como a ella le gusta dormir.

Se desliza centímetro a centímetro hacia el lado de la cama más alejado de la puerta. Resbala hasta el suelo. Basta con que el intruso llegue allí y vea las sábanas desechas para que comprenda su proximidad.

Medio envuelta en la sábana se sumerge debajo del lecho. Necesita tiempo, para calmarse, para  llamar a la policía. Sigue escuchando ruidos, luces que parpadean, se mueven, pisadas silenciosamente firmes  –al menos le parecen solitarias-, muebles que se desplazan ligeramente… algún gruñido, un tropiezo.

Desde la profundidad de su escondite marca el 112, pero, ahora, cómo hablar sin que se le oiga. Todas las películas americanas han aparecido en su mente… ¿Sabrán quién llama solo por el número? Al mismo tiempo se pregunta qué puede haber de valor para ofrecer en una negociación… Si en su casa no hay nada, ni joyas ni cubiertos de plata ni abrigos de pieles ni más de cincuenta euros en su bolso… ¿Quién? ¿Por qué?

Oye el rumor de pisadas por el pasillo que se van acercando hacia su posición. El teléfono en su oreja con el volumen al mínimo emite una señal lejana. ¿No habrá nadie que pueda socorrerla? Llamar a alguna amiga le parece inútil.

Una voz de una chica joven responde a su mensaje, pero ella está paralizada, percibe al intruso que está ya en la puerta del dormitorio… Con la escasa luz que entra por las rendijas de las persianas descubre desde su escondite la figura a contraluz de Antonio, un antiguo conocido que lleva acosándola, con mensajes de wasaps –que hasta ahora le habían parecido inofensivos-, los últimos meses.

Contiene un sollozo mezcla en parte de horror y a la vez de alivio y con determinación, aparta la cama como puede y sale sin soltar el móvil, a la vez que exclama con voz neutra pero enérgica:

«¡Antonio, cómo se te ocurre aparecer a estas horas, y romper la puerta de mi casa! ¿Cómo has sabido que vivo en la calle Marqués de Falces número 8, 3C? No ves que me has dado un susto de muerte».

No hay comentarios:

Publicar un comentario