Esta nana procede de La Reunión, una isla francesa situada cerca de Madagascar.
Dice así:
Y se juega de la siguiente manera;
1) Se mima el gesto de dormir
2) Se amenaza al niño con el dedo
3) Al final de la historia se hacen palmas
Esta nana procede de La Reunión, una isla francesa situada cerca de Madagascar.
Dice así:
Y se juega de la siguiente manera;
1) Se mima el gesto de dormir
2) Se amenaza al niño con el dedo
3) Al final de la historia se hacen palmas
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| Maravillosa gallina dibujada por Endre Penovac |
La huérfana era de todo menos tonta. La huérfana era pequeñita, menúa y un poquito contrahecha, no era para menos después de la vida que había llevado. Tenía sólo siete años cuando adquirió, por derecho, su primera condición de huérfana, porque fue siendo huérfana a peazos: primero se le murió su madre y se quedó con un padre descabalao que estaba sobrio dos días de cada nueve, de los cuatro hermanos que quedaban vivos de su, en principio, enorme familia, se le fueron yendo por el mundo, unos por encima y otros por abajo, a lo largo de los años.
Huérfana del tó, como ella señalaba,
ocurrió una mañana de primavera cuando el padre entre embolao y borracho se fue
a meté bajo las ruedas del carro del panadero, ¡yaesmalasuerte! Así que, ella
misma en ese momento y, a los catorce años, se declaró oficialmente huérfana huérfana,
que tiene como mucho más peso.
En el barrio en que la niña vivía no
iban a llegar los civiles, ni las señoritas de la caridá preocupadas por su
situación, en aquel barrio por no entrar, no entraban ni los gatos por miedo a
acabar en el puchero, por eso Mariquilla la huérfana, se tuvo que buscar la
vida como fuera y, a pesar de reunirlo to, el ser pequeñica, feucha,
contrahecha y huérfana huérfana, arremetió contra unos y contra otros hasta que
consiguió lo que quería, una preciosa gallina parda, hermosa, remolonda, abrigaíta,
que por lo menos por estricto compromiso entre ambas le diera un huevo diario.
Mariquilla no era como la del cuento
de la lechera, la chiquilla tenía los pies en el suelo y una casucha que
levantar, así que cuidaba a su Hermosona como oro en paño. Mientras la niña se
comía una papa la gallina daba cuenta de la peladura, eso si cortadita a
trocitos regulares, no juera a ser que satragantara, compartían el pan duro que conseguía ande
pillaba y los tronchos de la col que no merecían ni un puchero.
Así las conocían en el barrio, pasito
a pasito, la huérfana huérfana y su gallina, siempre juntas, una al lado de la
otra, correteando felices, acompañándose, picoteándose con cariño al oído
cotilleos y zalamerías, quién mejor que Hermosona iba a comprender lo que es
sentirse sola en el mundo.
Con los días y la paciencia, la huérfana, en una esquina de la plaza, colocó un cajón de fruta con un cartel
«Ze venden guevos a 1 leuro uno»
y un cojín. Sobre el cojín acomodó a su gallinita,
para ella una piedra era suficiente, que Mariquilla
aunque menúa y contrahecha, tenía bien claro quién era aquí la importante. En
una cesta de juncos, recogidos en sus paseos galliniles por los arrabales y
tejida por sus manos, cuidadosamente depositados, los huevos, unos huevos que
de perfectos eran casi redondos, incluso alguno, hasta de dos yemas. La gente
de la ciudad venía a comprar de vez en cuando porque se le atribuían propiedades
milagrosas.
¿Qué no es capaz de hacer el amor?
BONJOUR- DRAGEIAS DE LICOR
Si tenéis la oportunidad de pasar por esta ciudad no dejéis de pasar a visitarla porque lo
que encontraréis allí es inencontrable.
Pero me voy
a mi regalo.
No son unas
grajeas normales y corrientes, son toda una historia, una cajita llena de historias,
son como almendras de azúcar rellenas de una pizquita de licor apenas
apreciable, sólo para darles un poquito de aroma. Cada almendra, cada grajea es
única porque están pintadas a mano con una manga pastelera.
He abierto
mi cajita y se ha provocado un revuelo, ya que todos sus integrantes han
querido contarme su historia y su viaje y los empellones que se producen cuando
alguien la mueve, y las risas que le dan a unos y las rabietas y enfadillos de
otros.
Me he
encontrado dos preciosos bebés, con sus gorritos y todo, cuatro limones, bueno tres porque me he comido uno, dos habichuelas
blancas, una verde y una roja, dos tomates y cuatro preciosa fresas, y además naranjas, guisantes, altramuces y
lentejas…
Me han
contado las conversaciones nocturnas que
se traen cuando se hace el silencio a su alrededor y las carcajadas que se producen
cuando el tomate espachurra al guisante, los altramuces hacen equipo y quieren
jugar a los bolos con las habichuelas.
La
curiosidad me ha llevado a internet
donde he encontrado una página con todas las fotos de estas maravillosas
grajeas.
Los gemelos
duermen su sueño de
mecidos por
el aromático ronroneo de fresa,
mientras limones
y naranjas
ruedan ruidosos y risueños.
Tal vez
mañana,
los gemelos desayunen
una papilla
dulce
de lentejas y zanahorias.
O prefieran simplemente
jugar a las
canicas con guisantes,
mientras la
tímida violeta
les cante una canción
acompañada de un coro de altramuces.
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| Portada del libro |
"Cerca del bosque hay un jardín. En este jardín hay una casa: Es la casa de Gallina pelirroja. En su cocina y en su dormitorio, todo está limpio y ordenado. Gallina pelirroja es una buena ama de casa, no hay una sola mota de polvo en los muebles. Hay flores en los jarrones y en las ventanas preciosas cortinas muy bien planchaditas.
Qué gusto da ir a su casa. Su amiga la tórtola viene a visitarla todos los días; ¡toc, toc, toc! llama a la puerta y las dos amigas se abrazan y comienza un: ¡coco, coco, coro cocó! Y ¡cu,cu,ru,cú! De no acabar, tienen mucho que contarse. Se sientan una frente a la otra y se toman un vasito de vino dulce con pastas.
Cantan y juegan al dominó, trabaja y charlan, la tórtola tricota, Gallina pelirroja prefiere coser o apañar algo. Por eso siempre lleva en su bolsillo una aguja puntiaguda y una de sus tijeritas. Así puede usarlas en cualquier momento con cualquiera que lo necesite, aquí o allá.
Todo el mundo habla bien de ella.
El zorro oye un día gracias a su buen oído: ¡qué buena es Gallina pelirroja, qué guapa y qué gordita está, gordita, gordita!, el zorro piensa; ¡oh!, ¡ay, ay, gordita, gordita!.
Se le hace la boca de agua, corre rápido a su casa y entra bailando como un loco; -¡Gordita, gordita, está bien gordita!
-¿Pero qué te pasa?- le dice la zorra - ¿estás loco?
-¡Tarara!, hay una gallina pelirroja cerca del bosque, una gallina como tiene que ser gordita, en su punto, voy a cazarla enseguida. Dame un saco, prepara la marmita, pon agua a hervir, la vamos a cocinar y nos vamos a comer a esta Gallina pelirroja.
-¡Qué grande eres!- grita la zorra con alegría y le entrega un saco.
El zorro corre como el viento. Ve la casa de Gallina pelirroja, se acerca con prudencia y se oculta detrás de un árbol. En ese mismo momento la puerta se abre.
–¡Co, co, co, hasta mañana querida tórtola!
-¡Hasta mañana, hasta mañana, mi querida Gallina pelirroja, adiós!
La tórtola se va, la gallina va a buscar leña a la leñera. El zorro se mete en la cocina sin hacer ruido y se oculta detrás de la puerta, la gallinita entra tranquilamente en la casa, el zorro la atrapa y la mete en el saco a tal velocidad que el pobre animalito no tiene tiempo de ni de abrir el pico.
-¡Te atrapé, te pillé!
El zorro anuda el saco, se lo echa a la espalada y se va silbando. Gallina pelirroja se ahoga y se agita en el saco, lanza un ¡Co,co,co,co,có¡ lleno de terror. Pero quién le escuchará, quién va a escucharla.
La tórtola está por allí cerca posada en una rama del manzano. Se percata que el zorro ha cazado a la gallina para comérsela. Su corazón late con fuerza, sus alas tiemblan, no puede siquiera abrirlas. Por fin vuela, da un gritito y se posa a unos pasos, en el suelo, delante del zorro. Vuela y salta, tirando de un ala como si estuviera herida.
-Una tórtola herida, qué suerte, espera pequeña todavía hay un sitio para ti en la marmita.
El zorro coloca el saco en el suelo y se acerca a la tórtola, cree que la va a pillar pero, ¡hop!, salta y se posa unos metros más adelante, ¡hop, hop!, y saltando canta, «¡cu,cu,ru,cú!» que quiere decir, «coraje, Gallina pelirroja, sálvate».
-¡Cuernos, es preciso que te atrape!, ¡estúpida! ¡esta vez….!
Pero nada, la tórtola vuela más alto, lo suficiente para ver a la gallina entrar en su casa, entonces tranquila se va hacia el cielo.
El zorro callado y furioso regresa a por el saco que coloca en su espalda y gruñe,
-¡Al menos la que está dentro no se me escapa!
Y regresa a su casa muy cansado. La mesa está puesta y el agua bulle en la marmita.
-¿La has cazado?- pregunta la zorra echándose a su cuello.
-¿Qué si la he cogido?, toma coge y verás lo pesada que es- y le entrega el saco.
-¡Cielos, qué comilona nos vamos a dar!
Se aproximan a la marmita, abren el saco y lo sacuden sobre el agua, la piedra cae y el agua hirviendo les salpica, se queman tanto que salen corriendo por el bosque gritando como locos. Nunca más volvieron.
Y desde ese día Gallina pelirroja y tórtola no se separaron nunca más."
En el siguiente enlace lo podéis ver en francés.
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| Portada del libro El gato del molinero |
Dentro del granero,
cuando estaban dispuestos a llenar la despensa de su casa, la ratita se dirigió
al ratoncito y le dijo:
—Mira,
querido mío, será mejor que yo me quede fuera vigilando mientras tú coges la
mayor cantidad de grano que puedas. Micifuz está últimamente de unas malas
pulgas terribles y si nos pilla poco a va quedar de nosotros.
—¡No, no! —le
respondió el ratón— Tú eres demasiado despistada, enseguida te pones a soñar
con cualquier tontería y en cuanto veas las nubes que pasan por el cielo,
sientas el aroma del heno recién recortado o admires la belleza de las flores, te quedarás tan
alelada que no serás capaz de reaccionar ni aunque un toro rabioso pasara por
tu lado.
—Ay,
ratoncito, no me gusta nada que me digas eso, bien que me gusta apreciar la
belleza de las cosas, pero cuando yo me pongo a una tarea lo hago con todos mis
sentidos bien despiertos —dijo la ratona, un tanto molesta por los comentarios
de su compañero.
Y así
estuvieron discute que te discute, hasta que por fin la ratoncita cedió y dejó a
su pareja vigilando.
El
ratoncillo se colocó a la entrada del granero muy pendiente de lo que por allí
ocurría, tan atento estaba que no tardó en observar a la señora gallina que
pasaba muy ufana, seguida de sus cinco pollitos y rápidamente le cotilleó:
—¡Qué
hermosura de hijitos tiene! Son realmente preciosos y educados. No es por ser
indiscreto, señora Gallina, pero ¿de quién son?
—Del gallo
Tuerto –respondió la gallina, muy orgullosa, mientras se alisaba las plumas con
el pico. —Como bien puede usted imaginar, no tengo tratos con otros gallos del
gallinero y menos aun con el gallo Pelao que es un inútil y un enterao.
Al poco
rato pasó por allí la señora Oca y el ratoncillo volvió de nuevo a charlar con
ella:
—Señora
Oca, ¿sabe usted que los polluelos de la
señora gallina son del gallo Tuerto?,
ella misma me lo acaba de decir. Por cierto, nosotros también estamos
esperando para dentro de poco.
—Seguro que
tendréis una camada extraordinaria —alabó zalamera la señora Oca, bien contenta
de las cosas que iba escuchando en su
paseo matinal.
Tan
entretenido estaba el ratoncito con unas y con otras, que no se dio cuenta de
que Micifuz estaba por allí cerca muy atento a la conversación y qué,
aprovechando su distracción, cayó de
repente sobre él, que al sentirlo cerca pegó un terrible chillido de angustia y
de un brinco saltó sobre una de las vigas del granero logrando escapar de
milagro.
En el
interior, la ratita escuchando, a tiempo, el terrible lamento de su maridito
puso pies en polvorosa y dejando caer el precioso grano que llevaba entre las
patas, tuvo los minutos necesarios para ponerse a salvo en su madriguera.
Es de listo bien sabido que el chisme a
nadie hace bien
y más aun cuando de ello depende tu buen
comer.
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| Dibujo de mi compañera Carmen para contar el cuento de Barriendo, barriendo |
Cuentan que, una mañana de abril, estando el conde de Pastrani preparándose para las audiencias diarias, su ayuda de cámara le advirtió:
—Señor
conde, no sé si ha visto a usted a su hijo hace poco, pero me temo que su
estado requiera de su pronta intervención.
—¿Qué
ocurre, pues?—preguntó solícito, mientras se arreglaba las chorreras del traje
de ceremonias.
—La verdad
es que ni se sabe, lleva varios días encerrado en sus aposentos, no sale, solo
mira por la ventana y suspira entre apenado y meditabundo.
—¡Estará
enamorado, pardiez!—exclamó el conde, no sin cierta sorna.
—Todo puede
ser.
Haciendo
caso a los comentarios de su fiel segundo, se acercó a las dependencias de
Nicomedes y sin llamar a la puerta se coló de rondón en sus aposentos.
Efectivamente, el muchacho ni siquiera se enteró de la presencia de su padre
absorto como estaba, con la mirada perdida en lontananza, arrellanado
cómodamente en una poltrona.
—Querido
muchacho—saludó su padre, observando que efectivamente el chico no tenía muy
buen aspecto, no solo por la palidez que presentaba su rostro, sino porque su
eminente tripita indicaba más de un exceso en la manducatoria y en el bebercio.
—Buenos
días, padre—exclamó con un hilo de voz Nicomedes volviéndose ligeramente a
mirar al conde.
—¿Se puede
saber qué te acontece?
—¡Ay!—suspiró
el chaval—, mi vida no tiene sentido, los días pasan y no encuentro motivo para
salir al exterior.
—¿Acaso
estás enfermo?
—No, padre,
gozo de buen apetito y duermo bien.
—¿Pues
entonces?
—No sé, he
pensado que si usted me cediera las tierras del Molino Alto, tal vez yo, podría
dedicarme a la cetrería y ocupar mis horas en organizar partidas de caza.
—¡Ay, no
sería mala idea!—respondió prudentemente el conde conocedor de las aficiones
pasajeras de su hijo.
—¿Verdad,
padre? Esta vez le prometo que no abandonaré tamaña empresa.
—Nicomedes—le
dijo con dulzura, paciencia y un cierto grado de irritación en la voz—, escucha
lo que te voy a relatar que aconteció en Villarrobledales de Abajo, pueblecito
de la comarca de Burgos, famoso por sus morcillas.
“Un día el
sacristán, muchachito con más o menos tu edad, estando barriendo en la puerta
de la iglesia encontró en el suelo una moneda. Qué contento se puso. Enseguida
su febril imaginación empezó a maquinar y pensó, con este dinero me compraré
una gallina, la cuidaré amorosamente y
no pasará mucho tiempo en que no me regale diariamente con un huevo.
Cuando
consiga algunas docenas las venderé y adquiriré una oveja, iré cada día a
llevarla al prado donde crezca la mejor hierba y allí la dejaré pastando hasta
que se harte y así cuando se haga grande la cambiaré por un cordero.
Con el
cordero conseguiré un choto, y más tarde
con el choto un ternero. Qué feliz y orgulloso estaré yo con mi ternero,
tan hermoso será y tantos premios ganará que no será difícil que, en breve, con
lo que consiga, pueda adquirir un molino, por supuesto con su molinero y todo.
Pondré mi
molino en marcha y con las ganancias de la molienda diaria, seré pronto el dueño
de una aldea entera con su consiguiente
torre en el centro de la plaza.
Y allí se
quedó el muchacho, mirando al cielo cuando las campanas empezaron a sonar y a
sonar despertándolo de sus ensoñaciones. Y ahora el pobre chico barre que barre
a ver si encuentra de nuevo otra moneda…”
El conde
Pastrani quedó anonadado al escuchar el ligero ronquido que su hijo emitía
desde su regio sillón y de un grito y una buena sacudida lo despertó, ¡vaya si
lo hizo!, mientras le gritaba al oído:
—¡Qué se te
acabaron las historias Nicomedín!, ¡qué ya te hemos malcriado bastante tu madre
y yo! Mañana al alba tendrás tu caballo presto esperándote y una soldada
correspondiente a tres meses. Arréglatelas como puedas y vuelve a casa cuando
sepas qué hacer con tu vida.
El muchacho
todavía medio adormilado, sin entender muy bien lo que farfullaba su padre,
preguntó bobalicón:
—¿Pero qué
hizo con la moneda?
En los ríos apretados de agua
se hundieron gozosos los caballos.
Venían despacito,
descasando de la faena durísima
y encontraron
las limpias corrientes tranquilas.
Eran unos esplendidos caballos de ebonita.
Tenían los ojos retallados de paisajes.
Cuando emergieron,
para salpicar de agua el césped
y las campanillas doradas,
la tarde se llenó del olor ácido
a tierra
llovida.